“Hasta una promesa hecha a mí es una promesa. Has jurado en nombre de alguien para mí innombrable. No lo olvides. Tienes tres días. Adiós”.
Hablando así con el tono cortés de quien ha dejado en ridículo a alguien, el Diablo le hizo deliberadamente una muy educada reverencia al tratante de ganado.
El traficante de ganado lamentaba haber caído en la trampa del Diablo con tanta insensatez. Si dejaba las cosas tal como estaban, terminaría siendo atrapado por aquel «pelambreras» y tendría que arder en cuerpo y alma en los fuegos eternos del infierno. Entonces de nada le serviría haber abandonado su antigua religión y haberse bautizado.
Como, sin embargo, había jurado en el nombre del Señor Jesucristo, no podía romper la promesa que había hecho.
Desde luego, si san Francisco hubiera estado allí, aún se habría podido hacer algo, pero por desgracia estaba ausente.
Luego, durante tres días, en los que no pudo pegar un ojo, trató de pensar en cómo burlar al Diablo. Para lograrlo, no había absolutamente otra manera que aprender el nombre de la planta. ¿Pero dónde podría haber alguien que conociera un nombre desconocido incluso para san Francisco?
Por fin, la última noche, el traficante de ganado, conduciendo de nuevo su vaca amarilla, se acercó a hurtadillas a la casa en la que vivía el Hermano. Estaba junto al campo frente al camino. Cuando llegó allí, parecía que el Hermano ya se había acostado y ninguna luz brillaba en las ventanas. Había luna, pero era una noche brumosa, y aquí y allá en el campo solitario las flores púrpuras se veían tenue y solitariamente en la penumbra.