—Yo tampoco. Nunca puedo decidirme. Pero en realidad no importa mucho, porque no es probable que llegue a ser ninguna de las dos cosas. Lo que sí es seguro es que jamás seré angelicalmente buena. La señora Spencer dice... ¡oh, señor Cuthbert! ¡¡Oh, señor Cuthbert!! ¡¡¡Oh, señor Cuthbert!!!
Eso no era lo que la señora Spencer había dicho; ni la niña se había caído del carruaje ni Matthew había hecho nada asombroso. Simplemente habían doblado una curva en el camino y se habían encontrado en la «Avenida».
La «Avenida», como la llamaba la gente de Newbridge, era un trecho de camino de cuatro o quinientas yardas de largo, completamente arqueado por enormes y abiertos manzanos, plantados años atrás por un excéntrico viejo granjero. Por encima se extendía un largo dosel de flores blancas y perfumadas. Debajo de las ramas, el aire estaba lleno de un crepúsculo púrpura