—”
“Oh, no me digas —interrumpió ella sin aliento, asiéndose del brazo medio levantado de él y cerrando los ojos para no ver su gesto—. Déjame adivinar. Seguro que lo adivino”.
Abrió los ojos y miró a su alrededor. Se encontraban en la cresta de una colina. El sol se había puesto hacía un rato, pero el paisaje aún se veía nítido bajo la suave luz del crepúsculo.
Hacia el oeste, la oscura aguja de una iglesia se alzaba contra un cielo color caléndula. Abajo se extendía un pequeño valle y, más allá, una larga pendiente de suave ascenso con acogedoras granjas salpicadas a lo largo de ella. De una a otra iban los ojos de la niña, ávidos y melancólicos.
Por fin se detuvieron en una situada a la izquierda, muy retirada del camino, tenuemente blanca por los árboles en flor en la penumbra de los bosques circundantes. Sobre ella, en el inmaculado cielo del suroeste, una gran estrella blanca como el cristal brillaba como una lámpara de guía y promesa.