y, muy a lo lejos, un destello de cielo pintado al atardecer brillaba como un gran rosetón al fondo de la nave de una catedral.
Su belleza pareció dejar muda a la niña. Se recostó en el carricoche, con las delgadas manos entrelazadas ante sí, el rostro levantado con éxtasis hacia el blanco esplendor de lo alto.
Aun cuando hubieron salido y bajaban por la larga pendiente hacia Newbridge, ella no se movió ni habló. Todavía con el rostro extasiado, miraba a lo lejos hacia el poniente crepuscular, con unos ojos que veían visiones desfilar espléndidamente sobre aquel fondo resplandeciente.
Cruzaron Newbridge, un pueblecito ajetreado donde los perros les ladraban, los chiquillos los abucheaban y rostros curiosos seasomaban por las ventanas, todavía en silencio.
Cuando otras tres millas quedaron atrás, la niña no había hablado. Podía guardar silencio, era evidente, con tanta energía como podía hablar.