fuera practicable, con las autoridades administrativas locales, se basaba en el supuesto de que los habitantes de los distritos seleccionados como «campo» eugénico poseían un espíritu público propio y un sentido de interés común. Este sentido se vería enormemente fortalecido por la ampliación del conocimiento mutuo y la difusión de la idea eugénica como consecuencia de la actuación cautelosa del comité. No debería ser difícil despertar en los habitantes un justo orgullo por su propia dignidad cívica, análogo al orgullo que siente un soldado por la buena reputación de su regimiento o un muchacho por la de su escuela. Por este medio se podría formar fácilmente una sólida opinión eugénica local. Esta se vería secundada silenciosamente por lecciones prácticas locales, en las cuales se pudieran discernir claramente los beneficios derivados de seguir las reglas eugénicas y los malos efectos de ignorarlas.
El poder de la opinión social tiende a ser subestimado más bien que sobreestimado.
Al igual que la atmósfera que respiramos y en la que nos movemos, la opinión social opera con fuerza sin que seamos conscientes de su peso.
Todo el mundo sabe que los gobiernos, las maneras y las creencias que se consideraban correctas, decorosas y verdaderas en una época han sido juzgadas incorrectas, indecorosas y falsas en otra; y que las opiniones que hemos oído expresar a quienes tenían autoridad sobre nosotros en nuestra infancia y primera juventud tienden a volverse axiomáticas e inmutables en la edad madura.
En las comunidades circunscritas especialmente, la aprobación y la desaprobación social ejercen una fuerza potente. Su presencia se lee con demasiada facilidad por quienes son objeto de una u otra, en los rostros, el porte y los modales de las personas con quienes se encuentran y conversan a diario.