Es innecesario explayarse sobre la contrariedad de ideales entre las bestias de presa y aquellas de las que se alimentan, entre los animales que tienen que trabajar duro por su comida y los parásitos sedentarios que se aferran a sus cuerpos y chupan su sangre, y así sucesivamente. Se obtendría un gran número de sufragios a favor del afecto maternal, pero la mayoría de las especies de peces lo repudiarían, mientras que entre las voces de los pájaros se oiría la protesta musical del cuco.
Aunque no se pudo llegar a un acuerdo sobre la moralidad absoluta, los fundamentos de la eugenesia pueden definirse fácilmente. Todas las criaturas estarían de acuerdo en que es mejor estar sano que enfermo, vigoroso que débil, bien adaptado que mal adaptado para su papel en la vida. En resumen, que es mejor ser buenos que malos especímenes de su especie, sea cual fuere esa especie.
Lo mismo ocurre con los hombres. Hay una vasta cantidad de ideales en conflicto sobre caracteres alternativos, de civilizaciones incompatibles; pero todos son necesarios para dar plenitud e interés a la vida. La sociedad sería muy aburrida si todos los hombres se parecieran al muy estimable Marco Aurelio o a Adam Bede.
El objetivo de la eugenesia es representar a cada clase o secta mediante sus mejores especímenes; hecho esto, dejar que desarrollen su civilización común a su manera.
Se puede recopilar fácilmente una lista considerable de cualidades que casi todo el mundo, salvo los «excéntricos», tomaría en cuenta al elegir a los mejores ejemplares de su clase. Incluiría la salud, la energía, la capacidad, la hombría y una disposición cortés. Recuérdese que las diferencias naturales entre los perros están muy marcadas en todos estos aspectos, y que los hombres son tan variables por naturaleza como otros animales en sus respectivas especies. Las