Fagin —dijo Sikes—; así parece cosa real y verdadera.
—Sí, sí, querida, así es —dijo el judío, colgando una gran llave de puerta de calle en el dedo índice de la mano derecha de la señorita—. ¡Tenga; muy bien! ¡Muy bien de veras, querida! —dijo el judío, frotándose las manos.
—¡Ay, hermano mío! ¡Mi pobre, querido, dulce e inocente hermanito! —exclamó Nancy, rompiendo a llorar y estrujando la cestita y la llave de la puerta de calle en una agonía de angustia—. ¡Qué ha sido de él! ¡A dónde se lo habrán llevado! ¡Oh, tengan piedad y díganme qué han hecho con el querido muchacho, caballeros; se los suplico, señores, por favor, señores!
Habiendo pronunciado esas palabras en un tono de lo más lamentable y desolador: para deleite inmesurable de sus oyentes: la señorita Nancy hizo una pausa, le guiñó un ojo a la compañía, saludó con la cabeza sonriendo a todos lados y desapareció.