pies de la superficie. El sepulturero echó la tierra con la pala; la pisoteó descuidadamente con los pies; se echó la pala al hombro y se marchó, seguido por los muchachos, que murmuraban protestas muy ruidosas porque la diversión hubiera terminado tan pronto.
“¡Vamos, buen hombre!”, dijo Bumble, dando una palmada en la espalda al hombre. “Quieren cerrar el patio”.
El hombre, que no se había movido ni una sola vez desde que tomara su puesto junto a la tumba, dio un sobresaltó, levantó la cabeza, miró fijamente a la persona que le había hablado, avanzó unos pasos; y cayó desmayado.
La loca anciana estaba demasiado ocupada lamentando la pérdida de su capa (que el funebrero le había quitado), como para prestarle atención alguna; de modo que le echaron un jarro de agua fría encima; y cuando volvió en sí, lo vieron salir a salvo del cementerio, cerraron la puerta con llave y se marcharon por sus respectivos caminos.