Al día siguiente (habiendo sido la familia socorrida entretanto con una hogaza de dos libras y media y un trozo de queso, que el propio señor Bumble les había dejado), Oliver y su amo regresaron a la mísera vivienda, donde el señor Bumble ya había llegado, acompañado por cuatro hombres del hospicio que harían de porteadores.
Un viejo manto negro había sido arrojado sobre los harapos de la anciana y del hombre; y el ataúd desprovisto de adornos, una vez atornillado, fue izado sobre los hombros de los porteadores y llevado a la calle.
—¡Ahora hay que dar el primer paso con buen pie, viejecita! —le susurró Sowerberry a la vieja al oído—; vamos con algo de retraso, y no conviene hacer esperar al clérigo. ¡En marcha, muchachos, tan rápido como quieran!
Así guiados, los porteadores trotaron bajo su ligera carga; y los dos dolientes se mantuvieron tan cerca de ellos como pudieron. El señor Bumble y Sowerberry caminaban a buen ritmo y con paso vivo al frente; y Oliver, cuyas piernas no eran tan largas como las de su amo, iba corriendo al lado.
No había tanta necesidad de darse prisa como el señor Sowerberry había previsto, sin embargo; pues cuando llegaron al rincón oscuro del camposanto donde crecían las ortigas y se hacían las tumbas de la parroquia, el clérigo no había llegado; y el sacristán, que estaba sentado junto al fuego de la sacristía, parecía considerar muy poco improbable que tardara una hora más o menos en venir. Así pues, colocaron las parihuelas al borde de la fosa, y los dos dolientes esperaron pacientemente sobre la arcilla húmeda, con una fría