Sikes continuó derecho, hasta que estuvieron muy cerca del puente; luego torció repentinamente por una pendiente a la izquierda.
«¡El agua! —pensó Oliver, sintiéndose enfermo de terror—. ¡Me ha traído a este lugar solitario para asesinarme!»
Iba a arrojarse al suelo y hacer un último esfuerzo por su joven vida, cuando vio que se encontraban ante una casa solitaria: totalmente en ruinas y deteriorada.
- Había una ventana a cada lado de la destartalada entrada y un piso más arriba, pero no se veía ninguna luz.
- La casa estaba oscura, desmantelada y, por lo que parecía, deshabitada.
Sikes, con la mano de Oliver todavía en la suya, se acercó silenciosamente al bajo porche y levantó el picaporte. La puerta cedió a la presión y entraron juntos.