reglas y normas de la junta pronto les bajarían los humos”.
“Déjelos por cuenta de eso”, respondió el enterrador.
Dicho esto, sonrió aprobatoriamente, para calmar la ira creciente del indignado funcionario parroquial.
El señor Bumble se quitó el sombrero de tres picos; sacó un pañuelo del interior de la copa; se secó de la frente el sudor que su ira había engendrado; volvió a colocarse el sombrero de tres picos y, dirigiéndose al enterrador, dijo con voz más calmada:
—Bien; ¿y qué hay del muchacho?
—¡Oh! —respondió el enterrador—; bueno, ya sabe usted, señor Bumble, que yo pago una buena suma para los impuestos de los pobres.