La conferencia fue larga. Oliver les contó toda su sencilla historia, y a menudo se veía obligado a detenerse por el dolor y la falta de fuerzas.
Era algo solemne escuchar, en la habitación oscura, la débil voz del niño enfermo relatando un fatigoso catálogo de males y calamidades que los hombres duros le habían infligido.
¡Oh! Si cuando oprimimos y machacamos a nuestros semejantes, dedicáramos tan solo un pensamiento a los oscuros testimonios del error humano que, como nubes densas y pesadas, ascienden, lentamente es verdad, pero no con menos certeza, hacia el Cielo para derramar su futura venganza sobre nuestras cabezas; si escucháramos aunque fuera por un instante, en la imaginación, el profundo testimonio de las voces de los muertos, que ningún poder puede sofocar ni ningún orgullo excluir; ¡dónde quedarían la injuria y la injusticia, el sufrimiento, la miseria, la crueldad y el agravio que la vida de cada día trae consigo!
La almohada de Oliver fue alisada por manos gentiles aquella noche; y la hermosura y la virtud lo velaron mientras dormía. Se sentía tranquilo y feliz, y habría podido morir sin una queja.
Apenas concluida la momentánea entrevista y acomodado otra vez Oliver para descansar, el doctor, tras secarse los ojos y maldecirlos por habérsele vuelto débiles de repente, bajó las escaleras para cantarle las cuarenta al señor Giles. Y como no encontró a nadie por los salones, se le ocurrió que tal vez podría iniciar el procedimiento con mejor efecto en la cocina; así que allá se fue.