—Lo soy —repitió el Artful Dodger—. También Charley. También Fagin. También Sikes. También Nancy. También Bet. Todos lo somos, hasta el perro. ¡Y es el más avispado de todos!
—Y el menos dado a cantar las cuarenta —añadió Charley Bates.
—No soltaría ni un ladrido en el estrado de los testigos por miedo a comprometerse; no, ni aunque lo ataras allí y lo dejaras sin bocado durante quince días —dijo el Artful.
—Ni por asomo —observó Charley.
«Es un perro raro. ¡A que pone cara feroz con cualquier desconocido que se ríe o canta cuando él está presente! —prosiguió el Artful Dodger—. ¡Y cómo gruñe en cuanto oye tocar un violín! ¡Y cómo odia a los demás perros que no son de su raza! ¡Qué va!»
—Es un cristiano de pura cepa —dijo Charley.
Esto pretendía ser meramente un tributo a las habilidades del animal, pero era un comentario oportuno en otro sentido, si el maestro Bates tan solo lo hubiera sabido; pues hay un buen número de caballeros y damas, que se dicen cristianos de pura cepa, entre los cuales y el perro del señor Sikes existen fuertes y singulares puntos de semejanza.
“Vaya, vaya —dijo el Artful Dodger, volviendo al punto del que se habían desviado: con esa profesionalidad que guiaba todos sus actos—. Esto no tiene nada que ver con el joven Green aquí presente”.
—Pues no señor, no lo tiene —dijo Charley—. ¿Por qué no te pones bajo las órdenes de Fagin, Oliver?
—¿Y hacerte una fortuna de la noche a la mañana? —añadió el Artful Dodger, con una sonrisa burlona.