lanzaron un grito de execración triunfante ante el cual todos sus gritos anteriores no habían sido más que un susurro. Una y otra vez se alzó. Los que estaban demasiado lejos para conocer su significado se sumaron al sonido; este resonó de un confín a otro; parecía como si toda la ciudad hubiera volcado a su población para maldecirlo.
Apretaba la gente desde adelante; ¡adelante, adelante, adelante!, en una fuerte y forcejeante corriente de rostros iracundos, con antorchas llameantes aquí y allá para iluminarlos y mostrarlos en toda su ira y pasión. Las casas al otro lado del foso habían sido invadidas por la turba; los marcos de las ventanas se abrían de golpe o se arrancaban de cuajo; había hileras e hileras de rostros en cada ventana; racimos y racimos de gente aferrados a cada tejado. Cada pequeño puente (y había tres a la vista) se doblaba bajo el peso de la multitud que lo abarrotaba. Aun así, la corriente seguía fluyendo para encontrar algún rincón o rendija desde donde desahogar sus gritos y ver al infeliz tan solo un instante.
—Ya lo tienen —gritó un hombre en el puente más cercano—. ¡Hurra!
La multitud se animó con las cabezas descubiertas; y de nuevo se alzó el grito.
—Daré cincuenta libras —gritó un viejo caballero desde el mismo sector— al hombre que lo tome con vida. Me quedaré aquí hasta que venga a pedírmelas.
Hubo otro rugido. En ese momento corrió la voz entre la multitud de que la puerta había sido forzada por fin, y de que aquel que primero había pedido la escalera había subido a la habitación. La marea viró bruscamente, a medida que esta noticia corría de boca en boca; y la gente de las ventanas, al ver a los que estaban sobre los