El sol estaba tan alto cuando desperté que calculé que pasarían de las ocho.
Me quedé allí tendido en la hierba y a la fresca sombra, pensando en mis cosas, y sintiéndome descansado, bastante a gusto y satisfecho.
Podía ver el sol por uno o dos huecos, pero en su mayoría eran grandes árboles por todas partes, y reinaba la penumbra allí entre ellos.
Había manchitas moteadas en el suelo donde la luz se filtraba a través de las hojas, y las manchitas se movían un poco de aquí para allá, mostrando que soplaba una brisita allá arriba.
Un par de ardillas se posaron en una rama y me chistaron muy amigablemente.
Estaba terriblemente perezoso y a gusto—no tenía ganas de levantarme a cocinar el desayuno. Bueno, estaba volviéndome a quedar dormido cuando me parece que oigo un sonido sordo de «¡pum!» río arriba. Me incorporo, me apoyo en el codo y escucho; al poco rato lo vuelvo a oír. Di un salto, fui a mirar por un hueco entre las hojas y vi una nubecita de humo flotando sobre el agua a lo lejos—más o menos a la altura del transbordador. Y allí iba el transbordador lleno de gente, río abajo. Ya supe lo que pasaba. «¡Pum!» Veo salir el humo blanco del costado del transbordador. Verán, estaban disparando cañones sobre el agua, tratando de hacer que mi cadáver subiera a la superficie.
Tenía bastante hambre, pero no me convenía encender una lumbre, porque podían ver el humo. Así que me quedé allí sentado mirando el humo del cañón y escuchando los estruendos. El río tenía una milla de ancho en ese lugar, y siempre se ve bonito en una mañana de verano, así que me lo estaba pasando bastante bien viendo cómo buscaban mis restos, con tal de haberme llevado algo a la boca.
Bueno, entonces se me ocurrió pensar en cómo siempre le meten azogue a las hogazas de pan y las dejan flotando, porque siempre van derechitas al cadáver ahogado y se paran allí. Así que, me dije, estaré atento, y si anda flotando por ahí alguna hogaza buscándome, le daré una oportunidad.
Me pasé a la orilla de Illinois de la isla para ver qué suerte corría, y no me descepcioné. Vino flotando una hogaza doble bien grande y casi la alcanzo con una vara larga, pero se me resbaló el pie y se alejó más. Por supuesto, yo estaba donde la corriente arrimaba más a la orilla; de eso sí sabía yo lo suficiente.
Pero al rato viene pasando otra, y esta vez gané. Le saqué el tapón y sacudí el poquito de azogue, y le hinqué el diente. Era «pan de panadería», de lo que come la gente fina; nada de sus tortillas de maíz de baja categoría.
Encontré un buen escondite entre las hojas, me senté allí en un tronco, masticando el pan y mirando el transbordador, de lo más satisfecho.
Y entonces caí en la cuenta de algo. Me dije: ahora resulta que la viuda o el reverendo o alguien rezó para que este pan me encontrara, y míralo, ya ves que lo hizo. Así que no hay duda de que hay algo en eso de la oración —es decir, que hay algo en eso cuando una persona como la viuda o el reverendo rezan, pero a mí no me funciona, y supongo que no le funciona más que a la clase de gente apropiada.
Encendí una pipa, me fumé un buen rato con calma y seguí observando. El transbordador venía flotando con la corriente, y pensé que tendría la oportunidad de ver quién iba a bordo cuando pasara, porque arrimaría bien a la orilla, que era por donde andaba el pan.
Cuando ya se hubo acercado bastante hacia donde yo estaba, apagué la pipa y fui hasta donde había sacado el pan, y me tendí en un pequeño claro de la orilla, detrás de un tronco. Por la horqueta del tronco podía mirar a través.
Al rato ella se arrimó, y se acercó tanto a la orilla que bien habrían podido sacar una tabla y caminar hasta tierra firme. Casi todo el mundo estaba en el barco. Papá, y el juez Thatcher, y Bessie Thatcher, y Jo Harper, y Tom Sawyer, y su vieja tía Polly, y Sid y Mary, y muchos más. Todo el mundo hablaba del asesinato, pero el capitán intervino y dijo:
—Abran bien los ojos ahora; la corriente es más fuerte aquí cerca, y tal vez haya sido arrojado a la orilla y se haya enredado entre la maleza al borde del agua. Eso espero, al menos.
No lo esperaba. Todos se amontonaron y se recostaron sobre las barandillas, casi en mi cara, y se quedaron quietos, mirando con todas sus fuerzas. Yo podía verlos de primera, pero ellos no podían verme a mí. Entonces el capitán cantó:
—¡Apártense! —y el cañón soltó un estampido tan justo frente a mí que me dejó sordo con el ruido y poco menos que ciego con el humo, y creí que ya había colgado los tenis. Si le hubieran metido unas cuantas balas, me figuro que habrían conseguido el cadáver que andaban buscando.
Bueno, vi que no estaba herido, gracias a Dios. El bote siguió flotando y se perdió de vista al doblar la punta de la isla. Podía oír los cañonazos de vez en cuando, cada vez más lejos, y al rato, pasada una hora, ya no los oí más.
La isla tenía tres millas de largo. Calculé que habrían llegado al extremo y se estarían dando por vencidos. Pero todavía no por un rato. Dieron la vuelta por la punta de la isla y enfilaron canal arriba por el lado de Misuri, a todo vapor, y pegando algún que otro cañonazo a medida que avanzaban.
Me crucé a ese lado y me puse a verlos. Cuando se pusieron a la altura del extremo norte de la isla, dejaron de disparar, se arrimaron a la orilla de Misuri y se volvieron al pueblo.
Sabía que ya estaba a salvo. Ya nadie vendría a buscarme.
Saqué mis bartulos de la canoa y me armé un buen campamento en lo más espeso del bosque.
Me hice una especie de tienda con mis mantas para meter mis cosas debajo y que la lluvia no las mojara.
Pescé un siluro y lo abrí a trozos con la sierra, y al caer la tarde encendí la hoguera y cené.
Luego puse un sedal para pescar algo para el desayuno.
Cuando oscureció me senté junto a mi hoguera a fumar, sintiéndome bastante satisfecho; pero al poco rato se volvió como solitario, así que fui a sentarme en la orilla y escuché la corriente golpeando al pasar, y conté las estrellas y los troncos flotantes y las balsas que bajaban, y luego me fui a la cama; no hay mejor manera de pasar el tiempo cuando uno está solo; no se puede seguir así, uno se le pasa pronto.
Y así durante tres días y tres noches. Sin diferencia—exactamente lo mismo. Pero al día siguiente me fui a explorar por la isla abajo. Yo mandaba allí; era toda mía, por decirlo así, y quería conocerla a fondo; pero sobre todo quería matar el tiempo. Encontré montones de fresas, maduras y en su punto; y uvas verdes de verano, y frambuesas verdes; y las zarzamoras verdes apenas empezaban a asomar. Todo eso vendría bien más adelante, a mi parecer.
Bueno, anduve curioseando por el fondo del bosque hasta que calculé que no estaba lejos del pie de la isla.
Llevaba la escopeta conmigo, pero no había tirado a nada; era por protección; pensé que mataría algo de caza cerca de casa.
Por ese entonces estuve a nada de pisar una serpiente bastante grande, y salió deslizándose entre la hierba y las flores, y yo tras ella, intentando tirarle.
Di unos pasos rápidos y, de repente, caí de golpe sobre las cenizas de una fogata que todavía humeaba.
El corazón me saltó a la boca. Ni me detuve a mirar más, sino que desarmé el martillo del arma y volví a hurtadillas, de puntillas, tan rápido como pude.
De vez en cuando me detenía un segundo entre las espesas hojas y escuchaba, pero me costaba tanto respirar que no podía oír ninguna otra cosa. Avancé sigilosamente un trecho más, luego volví a escuchar; y así una y otra vez, y otra vez.
Si veía un tronco, lo tomaba por un hombre; si pisaba una rama y la rompía, sentía como si alguien me hubiera partido la respiración en dos y solo me tocara la mitad, y encima la más corta.
Cuando llegué al campamento no me sentía muy animado, no me sobraban las agallas precisamente; pero me dije, este no es momento para andar con pamplinas. Así que metí todos mis achiperres en la canoa otra vez para que no estuvieran a la vista, apagué el fuego y esparcí las cenizas para que pareciera un viejo campamento del año pasado, y luego me trepé a un árbol.
Me parece que estuve arriba en el árbol dos horas; pero no vi nada, no oí nada; solo me pareció que había oído y visto como unas mil cosas. Bueno, no podía quedarme allí arriba para siempre; así que al fin bajé, pero me metí en lo más espeso del bosque y estuve alerta todo el tiempo. Lo único que pude conseguir para comer fueron bayas y lo que había quedado del desayuno.
Para cuando se hizo de noche, tenía bastante hambre. Así que, bien entrada la oscuridad, me deslicé desde la orilla antes de que saliera la luna y crucé a remos hasta la ribera de Illinois —a cosa de un cuarto de milla—. Me metí en el bosque y preparé la cena, y ya casi había tomado la decisión de quedarme allí toda la noche cuando oigo un plun-plún, plun-plún, y me digo a mí mismo: caballos que se acercan; y al momento oigo voces de personas. Metí todo en la canoa lo más rápido que pude y luego me fui arrastrando por el bosque para ver qué podía averiguar. No había avanzado mucho cuando oigo decir a un hombre:
“Más vale que acampemos aquí si encontramos un buen lugar; los caballos están casi agotados. Busquemos por los alrededores”.
No esperé, sino que salí empujando y remé despacio con calma. Até en el viejo lugar y calculé que dormiría en la canoa.
No dormí mucho. No pude, de algún modo, de tanto pensar. Y cada vez que me despertaba creía que alguien me había agarrado del cuello. Así que el sueño no me sirvió de nada.
Al ratito me digo a mí mismo, no puedo vivir de este modo; voy a averiguar quién es el que está aquí en la isla conmigo; lo voy a averiguar o reviento.
Bueno, me sentí mejor enseguida.
Así que tomé el remo y me alejé de la orilla apenas un paso o dos, y luego dejé que la canoa se deslizara río abajo entre las sombras.
La luna brillaba, y fuera de las sombras hacía casi tanta claridad como de día. Fui avanzando sigilosamente durante casi una hora, con todo tan silencioso como las rocas y profundamente dormido.
Bien, para entonces ya casi había llegado al pie de la isla. Empezó a soplar una brisa fresca y con pequeñas ondas, y eso equivalía a decir que la noche estaba a punto de acabar. Le di un giro al remo y acerqué la proa a la orilla; luego tomé mi escopeta y me deslicé afuera, adentrándome en la espesura del bosque.
Me senté allí en un tronco y miré a través de las hojas. Vi a la luna dejar su guardia y a la oscuridad empezar a cubrir el río como una manta. Pero al poco rato vi una franja pálida sobre las copas de los árboles y supe que el día se acercaba.
Así que cogí mi pistola y me escapé hacia donde me había topado con aquella fogata, parándome cada minuto o dos para escuchar. Pero de algún modo no tuve suerte; parecía que no encontraba el lugar. Pero al rato, y tanto, alcancé a ver un destello de fuego a lo lejos entre los árboles. Fui hacia él, con cautela y despacio.
Al rato estuve lo bastante cerca para echar un vistazo, y allí había un hombre tirado en el suelo. Poco faltó para que me diera un ataque de nervios. Tenía una manta alrededor de la cabeza, y la cabeza casi metida en la lumbre. Me senté allí detrás de un matorral, a cosa de seis pies de él, y no le aparté los ojos de encima.
Ya estaba aclarando el día. Al poco rato bostezó, se estiró, se quitó la manta de encima de un empujón, ¡y era el Jim de la señorita Watson! Apuesto a que me alegré de verle. Dije:
—¡Hola, Jim! —y salió dando saltos.
Se levantó de un salto y me miró con los ojos desorbitados. Luego cae de rodillas, junta las manos y dice:
—¡No me hagas daño, no! ¡Yo nunca le he hecho ningún mal a un fantasmas! Siempre me ha gustado la gente muerta, y he hecho todo lo que he podido por ellos. Vete y métete al río otra vez, que es donde perteneces, y no le hagas nada al Viejo Jim, que siempre ha sido tu amigo.
Bueno, no tardé mucho en hacerle entender que no estaba muerto. Me dio muchísimo gusto ver a Jim. Ya no estaba solo. Le dije que no tenía miedo de que le dijera a la gente dónde estaba. Seguí hablando, pero él se quedó allí sentado mirándome; no dijo nada. Entonces le digo:
“Ya es de día. Vamos a desayunar. Enciende bien la fogata”.
—¿Pa qué sirve prender una fogata pa cocinar fresas y esa clase de chucherías? Pero tú tienes una pistola, ¿verdad? Entonces podemos conseguir algo mejor que fresas.
—Fresas y esa clase de chanchullos —digo—. ¿De eso es de lo que viven?
“No pude conseguir ná más,” dice.
—Pues, ¿cuánto tiempo hace que estás en la isla, Jim?
“Yo vine aquí la noche después de que lo matan a usté.”
“¿Qué, todo ese tiempo?”
—Sí, clarito.
—¿Y no ha comido más que esa clase de porquerías?
—No, señor—ná más.
—Vaya, debes de estar muerta de hambre, ¿no?
“Me figuro que podría comerme un caballo. Creo que sí. ¿Cuánto tiempo hace que estás en la isla?”
“Desde la noche en que me mataron”.
«¡No! Pues, ¿de qué ha vivido? Pero tiene una pistola. Ah, sí, tiene una pistola. Eso es bueno. Ahora mate argo y yo enciendo el fuego».
Así que fuimos hacia donde estaba la canoa, y mientras él encendía una hoguera en un claro cubierto de hierba entre los árboles, yo traje harina de maíz, tocino y café, la cafetera y la sartén, y azúcar y tazas de lata, y el negro se quedó bastante desconcertado, porque creía que todo aquello era cosa de brujería. También atrapé un siluro bastante grande, y Jim lo limpió con su cuchillo y lo frió.
Cuando el almuerzo estuvo listo, nos echamos en la hierba y nos lo comimos bien caliente. Jim le hincó el diente con todas sus fuerzas, porque estaba casi muerto de hambre. Luego, cuando ya estuvimos bastante hartos, nos relajamos y holgazanares. Al rato, Jim dice:
—Pero mire una cosa, Huck, ¿quién jue a quien mataron en esa chocita si no jue usté?
Entonces le conté todo el asunto, y dijo que era una astucia. Dijo que Tom Sawyer no se habría podido inventar un plan mejor que el que yo tenía. Entonces le digo:
—¿Cómo has venido a parar aquí, Jim, y cómo has llegado hasta aquí?
Tenía un aspecto bastante intranquilo y no dijo nada durante un minuto. Luego dice:
“Tal vez sea mejor que no lo diga”.
—¿Por qué, Jim?
—Bueno, hay razones. Pero no me delatarías si te lo contara, ¿verdad, Huck?
—Que me cuelguen si lo haría, Jim.
—Bueno, te creo, Huck. Yo... yo me escapé.
“¡Jim!”
—Pero mira que dijiste que no ibas a decir nada... ya sabes que dijiste que no ibas a decir nada, Huck.
“Pues sí lo hice. Dije que no lo haría, y me mantendré en ello. Palabra de honor que sí. La gente me llamaría abolicionista despreciable y me despreciaría por guardar silencio, pero eso da igual. No voy a decirlo, y de todos modos no voy a volver allí. Así que, ahora, cuéntamelo todo”.
—Bueno, verá, fue de este modo. La vieja ama —o sea la señorita Watson— me anda regañando todo el tiempo y me trata bastante mal, pero siempre decía que no me vendería a Orleans. Pero noté que andaba por el lugar un traficante de negros bastante últimamente, y empecé a ponerme inquieto.
Bueno, una noche me arrastré hasta la puerta bastante tarde, y la puerta no estaba bien cerrada, y oí que la vieja ama le decía a la viuda que iba a venderme a Orleans, que no quería hacerlo, pero que le daban ochocientos dólares por mí, y era tanto dinero que no pudo resistirse.
La viuda intentó convencerla de que no lo hiciera, mas yo no esperé a oír el resto. Salí pitando muy rápido, ya se lo digo.
—Yo me largué escupiendo chispas cuesta abajo, con la intención de robar una barquita orillada más arriba del pueblo, pero todavía andaba gente revoloteando, así que me escondí en la vieja tonelería arruinada en la orilla para esperar a que todo el mundo se fuera.
Pues bien, me pasé allí toda la noche. Siempre había alguien dando vueltas.
Alrededor de las seis de la mañana empezaron a pasar barquitas, y hacia las ocho o las nueve todas las barquitas que pasaban iban hablando de cómo tu tártara había venido al pueblo a decir que te habían matado. Estas últimas barquitas iban llenas de señoras y caballeros que cruzaban para ir a ver el sitio. A veces se arrimaban a la orilla y descansaban un rato antes de empezar a cruzar, así que por la plática me enteré de todo lo de la muerte. Me dio mucha pena que te hubieras muerto, Huck, pero ya no me da ninguna.
“Me quedé allí acurrucado debajo de las virutas todo el día. Tenía hambre, pero no tenía miedo; porque sabía que la vieja ama y la viuda iban a irse al campamento religioso justo después de desayunar y estarían fuera todo el día, y ellas saben que me voy con el ganado como a la salida del sol, así que no esperarían verme por la finca, por lo que no me echarían de faltar hasta después del anochecer. Los demás criados no me habrían echado de menos, porque se habrían esfumado a tomar el día libre tan pronto como los viejos se largaran.
“Bien, en cuanto oscureció me fui subiendo por el camino del río, y caminé unas dos millas o más hasta donde no había casas.
Ya me había hecho a la idea de lo que iba a hacer. Verás, si seguía intentando escapar a pie, los perros me seguirían el rastro; si robaba una chalupa para cruzar, echarían de menos esa chalupa, ya ves, y sabrían más o menos dónde atracaría al otro lado, y por dónde retomar mi rastro.
Así que dije, una balsa es lo que ando buscando; esa no deja rastro.
“Veo una luz que viene arrompiendo la punta de aquí a un rato, así que me metí al agua y empujé un tronco delante de mí y nadé más de la mitad de juera a juera del río, y me metí entre los palos de deriva, y tuve la cabeza bien baha, y más que nadaba contra la corriente hasta que pasó la balsa.
Luego nadé hasta la popa y me agarré. Se puso nublado y estuvo bien escuro por un ratito. Así que me trepé y me acosté en las tablas. Los hombres estaban todos bien lejos en el medio, adonde estaba el farol.
El río venía creciendo, y había buena corriente; así que calculé que pa’ las cuatro de la mañana estaría a veinticinco millas río abajo, y entonces me tiraría abajito antes de que aclarara y nadaría a la orilla, y agarraría monte por el lao de Illinois.
—Pero no tuve ninguna suerte. Cuando ya casi llegábamos a la punta de la isla, un hombre empezó a venir hacia la popa con el farol, vi que no servía de nada esperar, así que me deslicé por la borda y nadé hacia la isla.
Pues bien, se me figuraba que podía desembarcar en casi cualquier parte, pero no pude; la orilla estaba muy empinada. Estaba casi al pie de la isla antes de encontrar un buen lugar.
Me metí en el bosque y juzgué que no volvería a enredarme con balsas, ya que andaban moviendo el farol de ese modo. Tenía mi pipa, un trozo de tabaco negro y unos fósforos en la gorra, y no se habían mojado, así que estaba bien.
—¿Y de modo que no ha probau carne ni pan en todo este tiempo? ¿Por qué no pescó tortugas de fango?
“¿Cómo le va a hacer uno pa' cogerlos? No se les puede llegar a hurtadillas y agarrarlos; ¿y cómo le va a hacer uno pa' pegarles con una piedra? ¿Cómo iba a hacerlo uno en la noche? Y yo no pensaba mostrarme en la orilla a pleno día”.
“Pues así es. Claro que has tenido que quedarte en el bosque todo el tiempo. ¿Oíste disparar el cañón?”
“Ah, sí. Ya sabía yo que venían a por usted. Los vi pasar por aquí... los estuve mirando a través de los arbustos”.
Vienen unos pájaros jóvenes volando a un metro o dos de distancia cada vez y posándose. Jim dijo que era señal de que iba a llover. Dijo que era señal cuando los pollitos volaban de ese modo, y por eso creía que pasaba lo mismo cuando lo hacían los pájaros jóvenes.
Yo iba a atrapar a algunos, pero Jim no me dejó. Dijo que era la muerte. Dijo que su padre cayó una vez muy enfermo, y unos de ahí atraparon un pájaro, y su vieja abuela dijo que su padre iba a morir, y murió.
Y Jim dijo que no debes contar las cosas que vas a cocinar para la cena, porque eso traía mala suerte.
Lo mismo si sacudías el mantel después de la puesta del sol.
Y dijo que si un hombre era dueño de una colmena y ese hombre moría, había que avisarles a las abejas antes de que saliera el sol a la mañana siguiente, o de lo contrario todas las abejas se debilidadrían, dejarían de trabajar y morirían.
Jim dijo que las abejas no picaban a los idiotas; pero yo no creía eso, porque yo mismo las había probado muchas veces, y no me picaban.
Ya había oído hablar de algunas de estas cosas antes, pero no de todas. Jim se sabía toda clase de presagios. Decía que lo sabía casi todo. Le dije que a mí me parecía que todos los presagios eran de mala suerte, y entonces le pregunté si no había ninguno de buena suerte. Él dice:
—Muy poquitos—y de nada le sirven a uno. ¿Para qué quiere uno saber cuándo le va a venir la buena suerte? ¿Acaso para espantarla? Y dijo: —Si tienes los brazos peludos y el pecho peludo, es señal de que vas a ser rico. Bueno, esa clase de señal sí que sirve para algo, porque es a muuuuico plazo. Ya ves, a lo mejor tienes que ser pobre mucho tiempo primero, y entonces podrías desanimarte y matarte si no supieras por la señal que vas a ser rico más adelante.
—¿Tienes los brazos peludos y el pecho peludo, Jim?
“¿Pa’ qué sirve jacer esa pregunta? ¿No ve que ya lo he jecho?”
—Bueno, ¿eres rico?
«No, pero wunst fui rico, y gwyne voy a ser rico agin. Wunst tuve foteen dólares, pero me dio por specalat’n’, y me arruiné por completo».
—¿En qué especulaste, Jim?
—Bueno, lo fiero primero fue el ganado.
“¿Qué clase de caldo?”
“Pues ganado, ya sabe. Invertí diez dólares en una vaca. Pero no voy a arriesgar más dinero en ganado. La vaca va y se me muere en las manos”.
—Así que perdiste los diez dólares.
“No, no lo perdí tó. Solo perdí unas nueve. Vendí el cuero y el sebo por un dólar y diez centavos”.
“Te quedaban cinco dólares y diez centavos. ¿Especulaste algo más?”
—Sí. ¿Sabe usté ese negro cojo que es de vía' el viejo Misto Bradish? Pues puso un banco, y dice que cualquiera que metiera un dólar sacaría cuatro dólares más al fin del año.
Pues, todos los negros entraron, pero no tenían mucho. Yo jue el único que tenía mucho. Así que me planté por más de cuatro dólares, y dije que si no los conseguía pondría un banco yo mismo.
Pues, por supuesto que ese negro quería tenérme juera del negocio, porque dice que no había negocio bastante para dos bancos, así que dijo que podía meter mis cinco dólares y él me pagaría treinta y cinco al fin del año.
—Así que lo hice. Luego creí que invertiría los treinta y cinco dólares de una vez y mantendría la cosa andando. Había un negro llamado Bob, que se había apropiado de una balsa de leña, y su amo no lo sabía; se la compré y le dije que se quedara con los treinta y cinco dólares cuando llegara fin de año; pero alguien se robó la balsa esa misma noche, y al día siguiente el negro cojo dice que el banco quebró. Así que ninguno de nosotros vio ni un centavo.
—¿Qué hiciste con los diez centavos, Jim?
—Bueno, yo iba a gastármelo, pero tuve un sueño, y el sueño me dijo que se lo diera a un negro llamado Balum—al Asno de Balum le llaman abreviado; ya sabe, es uno de esos imbéciles. Pero dicen que tiene suerte, y yo vi que no la tenía. El sueño dijo que dejara que Balum invirtiera los diez centavos y que él conseguiría una ganancia para mí. Bueno, Balum cogió el dinero, y cuando estaba en la iglesia oyó al predicador decir que cualquiera que le da a los pobres le presta al Señor, y seguro que recupera su dinero cien veces. Así que Balum cogió y le dio los diez centavos a los pobres, y se quedó a la espera para ver qué iba a salir de aquello.
—Bien, ¿qué resultó de todo aquello, Jim?
«No salió naíta de aquello. No pude juntar ese dinero de ningune manera; ni Balum tampoco. No pienso prestar ni un céntimo más a menos que vea una garantía. ¡El predicador dice que seguro que recuperas tu dinero cien veces! Si pudiera recuperar los diez centavos, me daría por bien servido y me alegraría de la oportunidad».
“Bueno, de todos modos está bien, Jim, mientras vayas a ser rico otra vez tarde o temprano”.
—Sí; y ahora soy rico, si uno se pone a ver. Me pertenezco a mí mismo, y valgo ochocientos dólares. Ojalá tuviera el dinero; no pediría nada más.