Bueno, por la mañana la vieja solterona de la señorita Watson me pegó una buena reprimenda por culpa de la ropa; pero la viuda no me regañó, sino que solo me quitó la grasa y la arcilla, y puso cara de tanta tristeza que pensé en portarme bien un tiempo si es que podía.
Luego la señorita Watson me metió en el armario y rezó, pero no sirvió de nada. Me dijo que rezara todos los días, y que todo lo que pidiera lo conseguiría. Pero no era así. Lo intenté.
- Una vez conseguí un cordel de pescar, pero ningún anzuelo. No me servía de nada sin anzuelos.
- Lo intenté para conseguir los anzuelos tres o cuatro veces, pero de algún modo no pude hacer que funcionara.
Al poco tiempo, un día, le pedí a la señorita Watson que lo intentara por mí, pero dijo que era un tonto. Nunca me dijo por qué, y yo no lograba entenderlo de ninguna manera.
Me senté una vez allá en los montes, y lo pensé largo y tendido. Me dije a mí mismo: si uno consigue cualquier cosa por la que reza, ¿por qué el diácono Winn no recobra el dinero que perdió en la carne de cerdo? ¿Por qué la viuda no recobra su tabaquera de plata que le robaron? ¿Por qué la señorita Watson no engorda? No, me dije a mí mismo, no hay nada de cierto en eso.
Fui y se lo conté a la viuda, y ella dijo que lo que uno podía conseguir rogando por ello eran «dones espirituales». Esto era demasiado para mí, pero me explicó a qué se refería: tenía que ayudar a los demás, y hacer todo lo posible por los demás, y pendiente de ellos todo el tiempo, y no pensar nunca en mí mismo. Esto incluía a la señorita Watson, según entendí. Me fui al bosque y le di muchas vueltas en la cabeza durante un buen rato, pero no le vi ninguna ventaja —salvo para los otros—; así que al final pensé que ya no me preocuparía más por el asunto, y que lo dejaría estar.
A veces la viuda me tomaba a solas y me hablaba de la Providencia de un modo que a uno se le hacía la boca agua; pero tal vez al día siguiente la señorita Watson intervenía y echaba todo por tierra otra vez.
Me pareció que podía ver que había dos Providencias, y que un pobre muchacho tendría bastantes posibilidades con la Providencia de la viuda, pero que si la de la señorita Watson lo atrapaba, ya no había salvación para él.
Lo pensé bien todo, y calculé que me pasaría a la de la viuda si ella me quería, aunque no lograba entender de qué forma iba a estar mejor entonces que antes, dado que era tan ignorante, y tan poca cosa y ruin.
Pap hacía más de un año que no se le veía, y eso era un alivio para mí; no quería volver a verle ni en pintura. Siempre solía darme una paliza cuando estaba sobrio y podía echarme mano; aunque yo solía meterme en el monte casi siempre que él andaba cerca.
Pues bien, por entonces lo encontraron ahogado en el río, como a unas doce millas río arriba del pueblo, según decía la gente. Juzgaban que era él, de todos modos; decían que aquel ahogado era de su mismo tamaño, y que iba en harapos, y tenía el pelo desacostumbradamente largo, todo lo cual era igual que pap; pero no pudieron sacarle nada en claro a la cara, porque había estado tanto tiempo en el agua que ya no se parecía mucho a una cara. Decían que estaba flotando boca arriba en el agua. Lo sacaron y lo enterraron en la orilla.
Pero la tranquilidad no me duró mucho, porque se me ocurrió pensar en una cosa. Yo sabía muy bien que un ahogado no flota boca arriba, sino boca abajo. Así que supe entonces que aquel no era pap, sino una mujer disfrazada con ropa de hombre. De modo que volví a estar intranquilo. Calculé que el viejo volvería a aparecer de un momento a otro, aunque yo deseaba que no lo hiciera.
Jugábamos a los ladrones de vez en cuando desde hacía un mes más o menos, y entonces dimití. Todos los muchachos lo hicieron. No habíamos robado a nadie, no habíamos matado a nadie, sino que solo fingíamos.
Solíamos saltar de los bosques y lanzarnos a la carga contra porquerizos y mujeres en carretas que llevaban productos de la huerta al mercado, pero nunca atrapábamos a ninguno. Tom Sawyer llamaba a los cerdos «lingotes», y llamaba a los nabos y todo eso «joyerío», y nos íbamos a la cueva a parlamentar sobre lo que habíamos hecho y a cuántas personas habíamos matado y marcado.
Pero yo no le veía ninguna ganancia.
Una vez Tom mandó a un muchacho a correr por el pueblo con un palo ardiendo, al que llamó consigna (que era la señal para que la Banda se reuniera), y luego dijo que sus espías le habían traído noticias secretas de que al día siguiente todo un cargamento de mercaderes españoles y ricos á-rabes iba a acampar en el Hondonada de la Cueva con doscientos elefantes, y seiscientos camellos, y más de mil mulas de carga, todas repletas de diamantes, y que solo llevaban una guardia de cuatro soldados, y que entonces le haríamos una emboscada, como él la llamaba, y mataríamos a todos y nos apoderaríamos de las cosas.
Dijo que teníamos que sacarle brillo a nuestras espadas y pistolas, y prepararnos. Nunca iba tras ni tan solo un carro de nabos sin que tuviera que pulir todas las espadas y pistolas para la ocasión, aunque no fueran más que listones y palos de escoba, y uno podía frotarlas hasta pudrirse y aun así no valían ni un bocado de ceniza más de lo que valían antes.
Yo no creía que fuéramos capaces de derrotar a semejante gentuza de españoles y árabes, pero tenía ganas de ver los camellos y los elefantes, así que al día siguiente, sábado, acudí puntual a la emboscada; y cuando nos dieron la señal, salimos corriendo del bosque y bajamos la colina.
Pero no había ni españoles ni árabes, ni tampoco camellos ni elefantes. No era más que un pícnic de la escuela dominical, y encima de párvulos.
La disolvimos y perseguimos a los niños barranca arriba; pero no conseguimos más que unos rosquillos y mermelada, aunque Ben Rogers se llevó una muñeca de trapo y Jo Harper, un himnario y un tratado religioso; y entonces la maestra arremetió contra nosotros y nos hizo soltarlo todo y poner los pies en polvorosa.
No vi ningún diamante, y se lo dije a Tom Sawyer. Él dijo que había montones de ellos allí de todos modos; y dijo que había árabes allí también, y elefantes y cosas por el estilo. Yo dije, entonces ¿por qué no podíamos verlos? Él dijo que si yo no fuera tan ignorante, sino que hubiera leído un libro llamado Don Quijote, lo sabría sin preguntar. Dijo que todo era obra de un encantamiento. Dijo que había cientos de soldados allí, y elefantes y tesoros, y todo eso, pero teníamos enemigos a los que llamaba magos; y habían convertido todo el asunto en una escuela dominical de párvulos, solo por pura maldad. Yo dije, está bien; entonces lo que teníamos que hacer era ir a por los magos. Tom Sawyer dijo que era un imbécil.
—Pues —dijo él—, un mago podría invocar a un montón de genios, y te picarían como si nada antes de que pudieras decir Jesús. Son tan altos como un árbol y tan corpulentos como una iglesia.
—Bueno —digo—, ¿y si conseguimos unos genios que nos ayuden?, ¿no podemos vencer a la otra pandilla entonces?
“¿Cómo vas a conseguirlos?”
“No lo sé. ¿Cómo los consiguen?”
—Pues mire, frotan una vieja lámpara de hojalata o un anillo de hierro, y entonces los genios se aparecen a toda velocidad, con truenos y relámpagos por todas partes y humo por doquier, y todo lo que se les ordena lo hacen de inmediato. No les importa un bledo arrancar una torre de perdigones de cuajo y darle con ella en la cabeza al superintendente de la escuela dominical —o a cualquier otro cristiano—.
“¿Quién hace que corran tanto por ahí?”
—Pues, cualquiera que frote la lámpara o el anillo. Le pertenecen a quien sea que frote la lámpara o el anillo, y tienen que hacer lo que él les diga. Si les manda construir un palacio de cuarenta millas de largo hecho de diamantes, y llenarlo de chicle, o lo que uno quiera, y traerle la hija de un emperador desde China para que se case con uno, tienen que hacerlo; y además tienen que hacerlo antes del amanecer de la mañana siguiente. Y hay más: tienen que pasear ese palacio por todo el país a donde uno quiera, ¿entiendes?
—Pues —digo yo—, me parece que son una pandilla de alcornoques por no quedarse con el palacio ellos mismos en vez de andarlo regalando de esa manera. Y lo que es más: si yo fuera uno de ellos, mandaría a freír espárragos a cualquiera antes de dejar mis asuntos y acudir a su llamada por frotar una vieja lámpara de latón.
—¡Cómo hablas, Huck Finn! Vaya, tendrías que ir cuando lo frotara, quisieras o no.
¡Qué! ¿Y yo tan alto como un árbol y tan grande como una iglesia? Está bien, pues; iría; pero te apuesto a que haría que ese hombre trepara al árbol más alto que hubiera en el país.
—Vaya, no sirve de nada hablar contigo, Huck Finn. De algún modo parece que no sabes nada... un completo zoquete.
Pensé en todo esto durante dos o tres días, y luego calculé que iría a ver si había algo de verdad en ello.
Conseguí una vieja lámpara de hojalata y un aro de hierro, me fui al bosque y froté y froté hasta sudar como un indio, con la intención de construir un palacio y venderlo; pero no sirvió de nada, ninguno de los genios apareció.
Así que entonces juzgué que todo ese asunto no era más que otra de las mentiras de Tom Sawyer. Calculé que él creía en los a-rabes y en los elefantes, pero en cuanto a mí, pienso distinto. Tenía todas las características de una escuela dominical.