naves espaciosas? Habla, y no ocultes nada, pues yo también quiero saberlo.
Y tú, oh, caballero Patroclo, con un suspiro profundo, respondiste así:
«¡No te acures, Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de todo el ejército aqueo! Pues los griegos soportan una amarga suerte. Los jefes que antes eran tenidos por los más poderosos están en las naves, heridos o abatidos. Allí yace Diomedes, el gallardo hijo de Tideo, y allí Ulises, el gran lancero, ambos heridos; y Agamenón; y Eurípilo, expulsado del campo, con una flecha en el muslo. A su alrededor los curanderos, diestros en remedios, atienden y curan sus dolorosas heridas, mientras tú, Aquiles, estás sentado aquí implacable. ¡Oh, no caigan jamás en mí tan fieros resentimientos como los que tú guardas, tú que solo eres valiente para el daño! ¿A quién ayudarás en adelante, si ahora no salvas a los griegos que perecen? ¡Oh, desalmado! No puede ser en verdad que Peleo haya sido tu padre, ni la reina Tetis tu madre; el mar verdoso en su lugar y los escarpados precipicios te engendraron, pues salvaje es tu corazón. Mas si atiendes a la advertencia de algún dios, si has oído algo que tu madre divisa haya recibido de Jove, envíame al menos a la guerra, y déjame guiar a tus mirmidones, para que así los griegos tengan algún rayo de esperanza. Y dame la armadura de tus hombros. Vestiré tu cota, y entonces los troyanos, al verla, podrán pensar que soy Aquiles, y cesarán de combatir, y los belicosos hijos de Grecia, cansados como están, respirarán una vez más y ganarán un respiro en el conflicto. Nuestras tropas frescas podrán hacer retroceder fácilmente hacia su ciudad a los fatigados troyanos lejos de nuestras tiendas y flota».