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Libro XXI

la guerra A los peonios de largas lanzas, y esta Es ya la undécima mañana desde que vine A unirme a la guerra en Troya. Reclamo ser descendiente De Axio, el ancho Axio, que vierte El río más hermoso sobre la tierra. Su hijo Fue Pelégon, experto en esgrimir la lanza, Y yo nací de Pelégon. Y ahora, Ilustre hijo de Peleo, peleemos».

Él habló: Aquiles alzó el fresno pelio para golpear; Asteropeo le arrojó ambas lanzas, pues con ambas manos se servía por igual. Una golpeó el escudo del griego, mas no lo atravesó, detenida por el oro divino; la otra desgarró levemente el codo de su brazo derecho; la sangre negra brotó, la lanza pasó de largo más allá de él, y, ávida aún de su presa, quedó clavada en la tierra. Aquiles entonces, empeñado en matar a Asteropeo, le arrojó su fiel lanza. El arma erró el blanco, y, al golpear la alta orilla, quedó allí enterrada hasta la mitad de su asta de fresno. Aquiles desenvainó la aguda espada de su muslo y voló con furia hacia su enemigo, que bregaba en vano con su brazo vigoroso por arrancar aquella lanza de la orilla; y tres veces sacudió el madero con fiereza,

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