hendiendo el gran tronco, las ataron a las mulas, que golpeaban la tierra con apresurados pasos por el bosque enmarañado, impacientes por llegar al llano. Cada leñador se echó un árbol al hombro, pues así Meríones, compañero del bravo Idomeneo, lo mandó, y por fin las depositaron en orden sobre la orilla, donde el hijo de Peleo planeó que se levantara un poderoso sepulcro tanto para su amigo Patroclo como para sí mismo.
Así llevaron al lugar grandes montones de leña, y se sentaron, muchedumbre numerosa. Mas entonces Aquiles mandó a sus valientes mirmidones que vistieran sus bronces y uncieran sus corceles. Al punto se levantaron y se pusieron las corazas, y los que combatían desde carros subieron a sus puestos junto a los que guiaban los caballos. Estos iban en vanguardia, y tras ellos una nube de infantes por millares les seguían. En medio era llevado Patroclo por sus compañeros. Cortándose los cabellos, los esparcieron, cubriendo al difunto. Detrás del cadáver, Aquiles entre sus manos sostenía la cabeza y lloraba, pues en aquel día entregaba al Hades a su más querido amigo. Y cuando llegaron al sitio que el hijo de Peleo había elegido,