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Libro IV

El corazón de Macaón se conmovió, y salieron a través de la gran muchedumbre, el ejército de los griegos. Y cuando llegaron a donde el belicoso hijo de Atreo estaba herido, percibieron al hombre semejante a un dios de pie en medio de un círculo de jefes, los más valientes de los aqueos, que de inmediato se habían reunido. Sin demora extrajo la flecha del cinto bien ceñido. Las púas se doblaron al extraerla. Luego desató el bordado cinto, la casaca acolchada debajo, y la coraza —obra del armero— y cuidadosamente examinó la herida donde cayó el amargo dardo, la limpió de sangre y esparció sobre ella con destreza los bálsamos calmantes que antaño el amistoso Quirón diera a su padre.

Mientras en torno al belicoso Menelao los jefes andaban ocupados, todos los troyanos se pusieron en orden de batalla; se vistieron con sus armaduras y anhelaban el combate. Entonces no habrías visto, de haber estado allí, al rey Agamenón dormitando, ni con miedo, ni escurriéndose del combate, sino alerta, preparándose para las gloriosas tareas de la guerra. Sus caballos y su carro brillante de bronce los dejó, y ordenó a Eurimedonte, su escudero, hijo de Ptolomeo Piraídes, que los tuviera a un lado, aún jadeantes, mas con el encargo de mantenerlos cerca de su amo, hasta la hora en que los necesitara, exhausto por la fatiga de un mando tan vasto. Entretanto, iba a pie entre sus filas de soldados, y a cuantos hallaba con corceles fogosos apresurándose a la batalla, los animaba de este modo:⁠—

“¡Argivos! No dejéis que vuestro ardiente valor se enfríe, pues el padre Jove jamás tomará partido por la traición. Quienesquiera que hayan sido los primeros en romper el pacto, sobre sus miembros sin vida se banquetearán los buitres; y no dudéis que llevaremos en nuestras buenas naves a las esposas que aman y a sus tiernos hijos, cuando tomemos su ciudad.”

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