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Libro II

los varones atenienses con el retorno de los años giran a rendir culto en sus altares, trayendo toros y corderos para en ellos ofrecer—; a estos mandaba Menesteo, hijo de Peteo, a quien ningún caudillo en la tierra igualaba en el arte de ordenar las escuadras de hombres y caballos para el combate. Tan solo Néstor aspiraba a compartir esta gloria, pero Néstor era el más anciano. Cincuenta negras galeras vinieron con Menesteo.

Áyax había traído doce naves desde Salamina, Y estas las situó cerca del ejército ateniense.

Pero los que habitaban Argos o dentro de la Tirinto de fuertes murallas, o Hermíona y Ásine con sus profundas bahías protectoras, Trecén y Eiónae, y las colinas de Epidauro sembradas de vides, y los que labraban Egina y la costa de Mases —guerreros griegos—, sobre estos mandaba el valiente Diomedes, con Esténelo, el amado hijo del ilustre Capaneo, y, tercero en el mando, Euríalo, que parecía un dios, el real hijo de Mecisteo, descendiente de Tálao; sin embargo, el mando supremo fue dado a Diomedes, el grande en la guerra. Una flota de ochenta galeras vino con ellos.

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