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Libro XXIII

El hijo de Peleo dio inicio al duelo; sobre el pecho de su amigo muerto puso sus manos homicidas y dijo:⁠—

—¡Salve, oh Patroclo, aun entre las sombras! Pues ahora cumpliré lo que una vez prometí:

Que, arrastrando a Héctor aquí, daré Su cadáver a los perros, y desgarrarán su carne; y ante tu pira funeraria serán degollados doce nobles jóvenes troyanos, para vengar tu muerte.

Así habló, meditando ultrajes contra el noble cadáver de Héctor, al que había arrojado junto al lecho de Menetíades, en medio del polvo. Los mirmidones desabrocharon sus brillantes armaduras de bronce, desyugaron sus relinchantes bridones y se sentaron en espeso grupo junto a la nave del veloz Eácida, mientras él disponía un suntuoso banquete fúnebre.

Muchos bueyes blancos, aquel día, bajo el hacha cayeron a la tierra, y muchas cabras baladoras y ovejas fueron sacrificadas, y muchos cerdos engordados, de blancos dientes, fueron tendidos para asarse ante la llama de Vulcano, y alrededor del cadáver la tierra se anegaba de sangre.

Mientras tanto, los jefes griegos a la real tienda del noble Agamenón condujeron al veloz hijo de Peleo, aunque iba a regañadientes, pues tanta ira por la muerte de su compañero ardía en su corazón.

Tan pronto como hubieron llegado a su tienda, el rey ordenó a los claros heraldos que sobre el fuego pusieran un gran trípode, para que Pelida allí pudiera lavar las manchas de sangre que llevaba. Mas él no quiso, y con un juramento respondió:⁠—

«¡No! ¡Por el mayor y el mejor de los dioses, por Júpiter, no sumergiré mi cabeza en el baño antes de colocar a mi amigo Patroclo en la pira, y

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