La constitución gentilicia en su época de mayor florecimiento, tal como la vimos en América, presupone un estado de producción muy poco desarrollado y, por consiguiente, una población escasamente diseminada en una amplia extensión.
El hombre estaba casi completamente dominado por la naturaleza, un enigma extraño e incomprensible para él. Sus sencillas concepciones religiosas reflejan claramente esto.
La tribu seguía siendo la línea fronteriza para el hombre, tanto respecto a sí mismo como respecto a los extraños de afuera. La gens, la tribu y sus instituciones eran sagradas e inviolables. Eran un poder superior instituido por la naturaleza, y los sentimientos, pensamientos y acciones del individuo permanecían incondicionalmente sujetos a ellas.
Por imponentes que nos parezcan los hombres de esta época, nada distingue a unos de otros. Todavía están unidos, como dice Marx, al cordón umbilical de la comunidad primitiva.
El poder de estas comunidades naturales y espontáneas tenía que ser quebrantado, y lo fue. Pero se llevó a cabo mediante influencias que desde el principio llevan el sello de la degradación, de una caída desde la sencilla grandeza moral de la antigua sociedad gentilicia. El nuevo sistema de clases se inaugura mediante los más mezquinos impulsos: codicia vulgar, lujuria brutal, sórdida avaricia, egoísta expoliación de la riqueza común.