“No te voy a engañar. La «realidad» me atrapó tanto en sus redes de vez en cuando durante los últimos seis meses, que olvidé mi «sentencia» (o tal vez no quería pensar en ella) y de hecho me entretuve con asuntos cotidianos.
“Una palabra sobre mis circunstancias. Cuando, hace ocho meses, me puse muy enfermo, rompí con todas mis antiguas relaciones y abandoné a todos mis viejos compañeros. Como siempre he sido un tipo sombrío y hosco, mis amigos me olvidaron fácilmente; por supuesto, me habrían olvidado de todos modos, sin esa excusa. Mi posición en casa era bastante solitaria. Hace cinco meses me separé por completo de la familia, y nadie se atrevía a entrar en mi habitación excepto a horas determinadas, para limpiarla y ordenarla, y cosas así, y para traerme la comida. Mi madre no se atrevía a desobedecerme; mantenía a los niños callados por mi culpa, y les pegaba si se atrevían a hacer ruido y a molestarme. Me he quejado tanto de ellos que supongo que a estas alturas me deben de tener muchísimo cariño. Creo que también debí de atormentar bastante a «mi fiel Colia» (como lo llamaba). Últimamente me ha atormentado él a mí; podía ver que siempre soportaba mis arrebatos como si hubiera decidido «compadecer al pobre enfermo». Esto, naturalmente, me irritaba. ¡Parecía habérsele metido en la cabeza imitar al príncipe en su mansedumbre cristiana! Surikoff, que vivía arriba, también me molestaba. Era tan miserablemente pobre, y yo solía demostrarle que no tenía a nadie más que a sí mismo a quien culpar de su pobreza. Solía enfadarme tanto que creo que acabé asustándolo, pues dejó de venir a verme. Era un hombre de lo más manso y humilde, Surikoff. (N. B. —Dicen que la mansedumbre es una gran fuerza. Debo preguntarle al príncipe sobre esto, pues la expresión es suya). Pero recuerdo un día de marzo, cuando subí a su habitación para ver si era verdad que uno de sus hijos se había muerto de hambre y de frío, que comencé a disertarle sobre que su pobreza era culpa suya y, en el transcurso de mis observaciones, sonreí por accidente ante el cadáver de su hijo. Bueno, los labios del pobre infeliz empezaron a temblar, me cogió por el hombro y me empujó hacia la puerta. «Vete», dijo en un susurro. Me fui, por supuesto, y te juro que me gustó. Me gustó en el mismo momento en que me echaron. Pero sus palabras me llenaron de una extraña sensación de despectiva compasión hacia él cada vez que las recordaba, un sentimiento que no deseaba en absoluto albergar. En el mismo momento del insulto (pues admito que lo insulté, aunque no era mi intención), este hombre no pudo perder los modales. Sus labios le habían temblado, pero juro que no era de rabia. Me había tomado del brazo y dicho: «Vete», sin la menor ira. Había dignidad, muchísima dignidad en él, y era tan incoherente con su aspecto que, te aseguro, resultaba de lo más cómico. Pero no había ira. Tal vez simplemente empezó a despreciarme en ese momento.
“Desde entonces siempre me saluda quitándose el sombrero en la escalera cada vez que nos cruzamos, cosa que nunca antes había hecho; pero siempre se aparta de mí tan rápido como puede, como si se sintiera confundido. Si me despreciaba, me despreciaba «con mansedumbre», a su manera.
“Supongo que solo se quitaba el sombrero por miedo, por decirlo así, al hijo de su acreedor; pues siempre le debía dinero a mi madre. Pensé en tener una charla aclaratoria con él, pero sabía que, si lo hacía, empezaría a disculparse en un minuto o dos, así que decidí dejarlo en paz.
“Justo por esa época, es decir, a mediados de marzo, de repente me sentí mucho mejor; esto continuó durante un par de semanas. Solía salir al anochecer. Me gusta la penumbra, especialmente en marzo, cuando la escarcha nocturna empieza a endurecer los charcos del día y las farolas de gas están encendidas.
“Pues bien, una noche en la calle Shestilavochnaya, un hombre pasó a mi lado con un paquete de papel bajo el brazo. No lo observé con mucha atención, pero parecía ir vestido con algún abrigo de verano raído, demasiado ligero para la temporada. Cuando estaba frente a la farola, a unos diez metros de distancia, observé que algo se le caía del bolsillo. Me apresuré a recogerlo, justo a tiempo, porque un viejo desgraciado con un caftán largo se precipitó también. No discutió el asunto, sino que miró lo que tenía en la mano y desapareció.
“Era una cartera grande y anticuada, atiborrada; pero adiviné a primera vista que dentro tenía cualquier cosa en el mundo menos dinero.
“El dueño estaba ya a unos cuarenta metros de mí y muy pronto se perdió entre la multitud. Eché a correr detrás de él y empecé a llamar; pero como no sabía decir otra cosa que «¡eh!», no se dio la vuelta. De repente dobló hacia el portal de una casa a la izquierda; y cuando me lancé tras él, el zaguán era tan oscuro que no se veía absolutamente nada. Era una de esas grandes casas divididas en pequeños pisos, de las que debía de haber al menos un centenar.
“Cuando entré en el patio me pareció ver a una persona que caminaba por el fondo; pero estaba tan oscuro que no pude distinguir su figura.
“Crucé hacia esa esquina y encontré una escalera sucia y oscura. Oí a un hombre subir por encima de mí, bastante más arriba, y pensando que lo alcanzaría antes de que le abrieran la puerta, me lancé tras él. Oí abrir y cerrar una puerta en el quinto piso mientras avanzaba jadeando; la escalera era estrecha y los escalones innumerables, pero por fin llegué a la puerta que creía la correcta. Pasaron unos momentos hasta que encontré el timbre y conseguí hacerlo sonar.
“Una anciana campesina abrió la puerta; estaba ocupada encendiendo el samovar en una cocinita. Escuchó en silencio mis preguntas, no entendió ni una palabra, por supuesto, y abrió otra puerta que conducía a una habitación diminuta, baja y casi sin muebles, pero con una cama grande y ancha, con cortinas. En esta cama yacía un tal Teréntich, como lo llamó la anciana, borracho, según me pareció. Sobre la mesa había un cabo de vela en un candelero de hierro y media botella de vodka, casi acabada. Teréntich me murmuró algo y señaló hacia la habitación contigua. La anciana había desaparecido, así que no me quedó más remedio que abrir la puerta indicada. Lo hice y entré en la siguiente estancia.
“Esta era todavía más pequeña que la otra, tan estrecha que apenas podía dar la vuelta; una cama individual dispuesta a un lado ocupaba casi todo el espacio. Además de la cama, solo había tres sillas corrientes y una miserable mesa de cocina vieja colocada ante un pequeño sofá. Apenas se podía pasar entre la mesa y la cama.
“Sobre la mesa, igual que en el otro cuarto, ardía un cabo de vela de sebo en un candelero de hierro; y sobre la cama gemía un bebé de apenas tres semanas. Una mujer de aspecto pálido estaba vistiendo al crío, probablemente la madre; parecía como si aún no se hubiera recuperado de las fatigas del parto, se la veía muy débil y vestida con descuido. Otro niño, una niña de unos tres años, yacía en el sofá, cubierto con lo que parecía el viejo abrigo de un hombre.
“Junto a la mesa había un hombre en mangas de camisa; se había quitado la chaqueta, que yacía sobre la cama, y estaba desatando un paquete de papel azul que contenía un par de libras de pan y unas salchichitas.
“En la mesa, junto a estas cosas, había unos viejos trozos de pan negro y algo de té en una tetera. Debajo de la cama sobresalía una maleta abierta y llena de atados de trapos. En una palabra, la confusión y el desorden de la habitación eran indescriptibles.
“A primera vista, me pareció que tanto el hombre como la mujer eran personas respetables, pero llevadas a ese grado de pobreza en el que el desorden parece vencer a cualquier esfuerzo por combatirlo, hasta que al final uno le toma una especie de amarga satisfacción. Cuando entré en el dormitorio, el hombre, que había entrado un instante antes que yo y aún estaba deshebrando sus paquetes, le decía algo a su mujer de manera agitada. Las noticias al parecer eran malas, como de costumbre, pues la mujer rompió a sollozar. El rostro del hombre me pareció fino y hasta agradable. Era moreno y tendría unos veintiocho años; llevaba patillas negras, y tenía el labio y la barbilla afeitados. Parecía hosco, pero con cierta expresión de orgullo. Siguió una escena curiosa.
“Hay gente que encuentra satisfacción en su propia susceptibilidad, especialmente cuando acaban de recibir la ofensa más profunda; en esos momentos sienten que prefieren ser ofendidos a no serlo. Estas naturalezas de mecha corta, si son sensatas, se llenan siempre de remordimientos después, al reflexionar que se han mostrado diez veces más enfadadas de lo necesario.
“El caballero que tenía enfrente me miró durante unos segundos con asombro, y su mujer con terror; como si hubiera algo alarmantemente extraordinario en el hecho de que alguien fuera a visitarlos. Pero de repente se me vino encima casi con furia; yo no había tenido tiempo de mascullar más de un par de palabras; pero sin duda había observado que yo iba vestido decentemente y, por lo tanto, se sintió profundamente ofendido de que yo me hubiera atrevido a entrar en su guarida sin ceremonias y a espiar su miseria y desorden.
“Por supuesto, estaba encantado de encontrar a alguien con quien desahogar su rabia contra el mundo en general.
“Por un momento pensé que me iba a agredir; se puso tan pálido que parecía una mujer a punto de sufrir un ataque de histeria; su esposa estaba aterrorizada.
“—¿Cómo te atreves a entrar así? ¡Fuera! —gritó, temblando de rabia de arriba abajo y apenas capaz de articular las palabras. Sin embargo, de pronto reparó en la cartera que llevaba en la mano.
“—Creo que se le ha caído esto —le comenté, con la mayor calma y sequedad posibles. (Me pareció lo mejor para tratarlo). Durante un buen rato se quedó plantado ante mí presa de un auténtico pánico, y parecía incapaz de entender. Luego se abalanzó de repente sobre el bolsillo lateral, abrió la boca asustado y se dio un manotazo en la frente.
“—¡Dios mío! —exclamó—. ¿Dónde la ha encontrado? ¿Cómo? —Expliqué con las palabras más breves posibles, y con la mayor sequedad, cómo la había visto y recogido; cómo había corrido tras él y le había llamado, y cómo le había seguido escaleras arriba a tientas hasta su puerta.
“—¡Bendito cielo! —gritó—. ¡Todos nuestros papeles están dentro! ¡Querido caballero, no sabe lo que ha hecho por nosotros! ¡Habría estado perdido, perdido!
“Mientras tanto, yo había asído el pomo de la puerta con la intención de marcharme sin responder; pero venía jadeando por la carrera escaleras arriba, y mi agotamiento culminó en un violento ataque de tos, tan fuerte que apenas podía mantenerme en pie.
“Vi cómo el hombre corría de un lado a otro de la habitación para buscarme una silla vacía, cómo apartaba de un patinazo los harapos que cubrían un asiento, me lo acercaba y me ayudaba a sentarme; pero mi tos continuó durante otros tres minutos más o menos. Cuando volví en mí, él estaba sentado a mi lado en otra silla, que también había despejado de trastos tirándolos por todo el suelo, y me observaba fijamente.
“—Me temo que está enfermo —comentó, con el tono que usan los médicos cuando se dirigen a un paciente—. Yo mismo soy médico (no dijo «doctor»), y al pronunciar estas palabras agitó las manos hacia la habitación y su contenido como en señal de protesta por su situación actual—. Veo que usted...
“—Tengo tisis —dije lacónicamente, levantándome del asiento.
“Él también se puso de pie de un salto.
“—Tal vez esté exagerando... si tomara las medidas adecuadas tal vez...
“Estaba terriblemente confuso y parecía incapaz de concentrar sus ideas dispersas; la cartera seguía en su mano izquierda.
“—Ah, no se preocupe por mí —dije—. El doctor B... me vio la semana pasada (lo volví a meter en escena), y lo mío ya no tiene remedio; discúlpeme... —Así de nuevo el pomo de la puerta. Estaba a punto de abrirla y dejar a mi agradecido pero confuso amigo el médico a solas consigo mismo y con su vergüenza, cuando mi maldita tos se apoderó de mí otra vez.
“Mi médico insistió en que volviera a sentarme para recuperar el aliento. Ahora le dijo algo a su mujer quien, sin moverse de su sitio, me dirigió unas palabras de agradecimiento y cortesía. Parecía muy cohibida al hacerlo, y su rostro enfermizo se sonrojó de confusión. Me quedé, pero con el aire de alguien que sabe que está importunando y desea marcharse. Los remordimientos del médico por fin parecieron necesitar una vía de escape, pude notarlo.
“—Si yo... —comenzó, interrumpiéndose bruscamente a cada instante y empezando otra frase—. Yo... le estoy tan muy agradecido, y tengo tanta culpa ante sus ojos, estoy seguro, yo... ya ve... (señaló de nuevo la habitación) en este momento me encuentro en una posición tal...
“—¡Oh! —dije—, no hay nada que ver; es un caso bastante claro: ¡ha perdido su destino y ha venido a dar explicaciones y a conseguir otro, si puede!
“—¿Cómo lo sabe? —preguntó asombrado.
“—Ah, se saltó a la vista desde el primer momento —dije irónicamente, aunque sin intención de serlo—. Hay montones de personas que vienen de provincias llenas de esperanza, corretean por la ciudad y tienen que vivir como buenamente pueden.
“Empezó a hablar de golpe, con excitación y los labios temblorosos; se puso a quejarse y a contarme su historia. Confieso que me interesó; me quedé allí cerca de una hora. Su relato era muy corriente. Había sido médico de provincia; tenía un cargo oficial y, apenas asumido, empezaron las intrigas. Hasta su mujer se vio arrastrada en ellas. Él era orgulloso y se encolerizaba; hubo un cambio en el gobierno local que favoreció a sus oponentes; su posición fue socavada, se presentaron quejas contra él; perdió su puesto y vino a Petersburgo con su último dinero restante para apelar ante las autoridades superiores. Por supuesto, nadie quiso escucharle durante mucho tiempo; venía a contar su caso un día y se lo rechazaban de inmediato; otro día lo alimentaban con falsas promesas; a continuación lo trataban con dureza; luego le decían que firmara unos documentos; después firmaba el papel y lo entregaba, y se negaban a recibirlo, ordenándole que presentara una petición formal. En una palabra, lo habían traído de oficina en oficina durante cinco meses y se había gastado hasta el último céntimo; los últimos harapos de su mujer acababan de ser empeñados; y entretanto les había nacido un hijo y... y «hoy tengo una negativa definitiva a mi petición, y apenas me queda una miga de pan, no me queda nada; mi mujer ha dado a luz hace poco y yo... yo...»
“Saltó de la silla y se dio la vuelta. Su mujer lloraba en el rincón; el niño había vuelto a gimotear. Saqué mi cuaderno y comencé a escribir en él. Cuando hube terminado y me levanté de la silla, él estaba de pie ante mí con una expresión de curiosidad alarmada.
“—He apuntado su nombre —le dije—, y todo lo demás: el lugar donde sirvió, el distrito, la fecha y todo. Tengo un amigo, Bajmatov, cuyo tío es consejero de estado y tiene que ver con estos asuntos, un tal Piotr Matvéievitch Bajmatov.
“—¡Piotr Matvéievitch Bajmatov! —gritó, temblando de emoción de pies a cabeza—. ¡Pero si casi todo depende de ese mismo hombre!
“¡Es muy curiosa esta historia del médico, y mi visita, y el feliz final al que contribuí por accidente! Todo encajaba como en una novela. Les dije a los pobres que no pusieran muchas esperanzas en mí, porque yo no era más que un pobre estudiante —(en realidad no lo soy, pero me humillé todo lo posible para que se hicieran menos ilusiones)—, pero que iría inmediatamente a la isla Vasílievski a ver a mi amigo; y que, como sabía de buena tinta que su tío lo adoraba y le profesaba absoluta devoción como última esperanza y rama de la familia, tal vez el viejo pudiera hacer algo para complacer a su sobrino.
“—¡Con tal de que me permitieran explicárselo todo a su excelencia! ¡Si al menos se me permitiera contarle mi historia! —gritaba, temblando de agitación febril y con los ojos brillantes de entusiasmo. Repetí una vez más que no podía albergar muchas esperanzas, que probablemente acabaría en agua de borrascas, y que si yo no aparecía a la mañana siguiente, debían resignarse a que ya no había nada más que hacer en el asunto.
“Me despidieron con reverencias y toda clase de respetos; parecían fuera de sí. ¡Jamás olvidaré la expresión de sus rostros!
“Tomé un simón y me dirigí a la isla Vasílievski de inmediato. Desde hacía algunos años yo había estado enemistado con este joven Bajmatov en la escuela. Lo considerábamos un aristócrata; en todo caso, yo lo llamaba así. Vestía elegantemente y siempre iba a la escuela en un carruaje privado. Era un buen compañero, y siempre estaba alegre y divertido, a veces incluso ingenioso, a pesar de que no era muy intelectual, a pesar de que siempre iba el primero de la clase; ¡yo nunca fui el primero en nada! A todos sus compañeros les caía muy bien, excepto a mí. Se me había acercado varias veces durante aquellos años para intentar entablar amistad; pero yo siempre me había apartado hoscamente y me había negado a tener nada que ver con él. Hacía ya un año entero que no lo veía; estaba en la universidad. Cuando, hacia las nueve de esa noche, llegué y me hicieron subir a verlo con gran ceremonia, primero me recibió con asombro y no muy afablemente, pero enseguida se animó, me miró fijamente de pronto y rompió a reír.
“—Pero hombre, ¿qué se te habrá metido en la cabeza para venir a verme, Teréntiev? —gritó con su habitual familiaridad agradable, a veces audaz, pero nunca ofensiva, que en el fondo me gustaba, aunque por ella también lo detestaba—. Pero, ¿qué pasa? —gritó alarmado—. ¿Estás enfermo?
“Aquel maldito tosido mío había vuelto a aparecer; me dejé caer en una silla y recuperé el aliento con dificultad. —¡No pasa nada, es solo tisis! —dije—. ¡He venido a verte con una petición!
“Se sentó asombrado, y no perdí tiempo en contarle la historia del médico; le expliqué que él, con la influencia que tenía sobre su tío, podía hacerle algún bien al pobre hombre.
“—¡Lo haré, claro que lo haré! —dijo—. Mañana mismo abordaré a mi tío con este asunto, y me alegro mucho de que me hayas contado la historia. Pero, ¿cómo se te ocurrió venir a verme por esto, Teréntiev?
“—De tu tío depende mucho —dije—. Y además siempre hemos sido enemigos, Bajmatov; y como tú eres un tipo generoso, pensé que no rechazarías mi petición por ser yo tu enemigo —añadí con ironía.
“—Como Napoleón yendo a Inglaterra, ¿eh? —exclamó riendo—. ¡Lo haré, sin embargo, claro que sí, e inmediatamente si puedo! —añadió al ver que yo me levantaba formalmente de la silla en ese punto.
“Y, efectivamente, el asunto terminó de la manera más satisfactoria posible. Al cabo de un mes más o menos, mi amigo el médico fue destinado a otro puesto. Le pagaron los gastos de viaje y algo para ayudarle a empezar de nuevo en la vida. Creo que Bajmatov debió de convencer al doctor para que aceptara un préstamo suyo. Vi a Bajmatov dos o tres veces por esta época, la tercera vez cuando ofreció una cena de despedida al médico y a su esposa antes de su marcha, una cena con champán.
“Bajmatov me acompañó a casa después de la cena y cruzamos el puente Nikoláievski. Ambos íbamos un poco alegres. Me habló de su dicha, de la dichosa sensación de haber hecho una buena acción; dijo que era gracias a mí por lo que podía sentir esa satisfacción; y discurrió sobre lo absurdo de la teoría de que la caridad individual es inútil.
“¡Yo también ardía en deseos de decir la mía!
“—En Moscú —dije—, había un viejo consejero de estado, un general civil, que durante toda su vida había tenido la costumbre de visitar las prisiones y hablar con los criminales. Cada partida de convictos de camino a Siberia sabía de antemano que en las colinas de Vorobiov el «viejo general» les haría una visita. Hacía todo lo que emprendía con seriedad y entrega. Caminaba entre las filas de los prisioneros desafortunados, se detenía ante cada individuo y le preguntaba por sus necesidades; nunca les daba sermones; les hablaba con amabilidad, les daba dinero, les traía toda clase de artículos de primera necesidad para el viaje y les regalaba libros devocionales, eligiendo a los que sabían leer bajo la firme convicción de que se los leerían a los que no sabían durante el trayecto.
“Casi nunca hablaba del delito particular de ninguno de ellos, pero escuchaba si alguno ofrecía información voluntaria al respecto. Todos los convictos eran iguales para él y no hacía distinciones. Les hablaba a todos como a hermanos, y cada uno de ellos lo consideraba un padre. Cuando observaba entre los exiliados a alguna pobre mujer con un niño, siempre se adelantaba, acariciaba al pequeño y lo hacía reír. ¡Continuó con estos actos de misericordia hasta su misma muerte; y para entonces todos los criminales, en toda Rusia y Siberia, lo conocían!
“Un conocido mío que había estado en Siberia y regresado me contó que él mismo había sido testigo de cómo hasta los criminales más empedernidos recordaban al viejo general, a pesar de que, por supuesto, jamás pudo haber distribuido más de unas pocas monedas a cada miembro de un convoy. Su recuerdo de él no era sentimental ni especialmente devoto. Algún desgraciado, por ejemplo, que había sido un asesino —habiendo cortado la garganta a una docena de semejantes, pongamos por caso, o apuñalado a seis niños pequeños por su propio entretenimiento (¡los ha habido tales hombres!)—, tal vez, sin ton ni son, suspiraba de repente y decía: «¡Me pregunto si seguirá vivo ese viejo general!», ¡aunque quizás no hubiera pensado en mencionarlo en una docena de años antes! ¿Cómo se puede saber qué semilla de bien puede haber caído en su alma para no morir jamás?
“Continué en ese tono durante un buen rato, señalándole a Bajmatov lo imposible que es seguir el rastro de los efectos de cualquier buena acción aislada que uno pueda hacer, en todas sus influencias y sutiles repercusiones en el corazón y las acciones posteriores de los demás.
“—¡Y pensar que estás llamado a ser apartado de la vida! —observó Bajmatov en tono de reproche, como si quisiera encontrar a alguien con quien desquitarse por mi culpa.
“En ese momento estábamos apoyados en la balaustrada del puente, mirando las aguas del Neva.
“—¿Sabes lo que se me acaba de pasar por la cabeza? —dije de repente, inclinándome cada vez más sobre la barandilla.
“—No pensarás en tirarte al río, ¿verdad? —gritó Bajmatov alarmado. Tal vez leyó mi pensamiento en mi cara.
“—No, todavía no. Por ahora nada más que la siguiente consideración. Verás, me quedan unos dos o tres meses de vida, tal vez cuatro; bueno, supongamos que cuando me falten solo uno o dos meses, me da por hacer alguna «buena acción» que requiera esfuerzo y tiempo, como este asunto de nuestro amigo el médico, por ejemplo: vaya, tendré que abandonar la idea y dedicarme a otra cosa... alguna pequeña buena acción más a mi alcance, ¿eh? ¡No me digas que no es una idea divertida!
“El pobre Bajmatov quedó muy impresionado, dolorosamente. Me acompañó hasta la misma puerta de casa, sin intentar consolarme, pero portándose con la mayor delicadeza. Al despedirse, me apretó la mano con calidez y me pidió permiso para venir a visitarme. Le respondí que si venía a verme como «consolador», por así decirlo (pues ejercería ese papel tanto si me hablaba con tono calmado como si se limitaba a guardar silencio, tal como le señalé), ¡no haría más que recordarme en cada ocasión mi inminente muerte! Se encogió de hombros, pero estuvo completamente de acuerdo conmigo; y nos despedimos siendo más amigos de lo que había esperado.
“Pero aquella tarde y aquella noche se sembraron las primeras semillas de mi «última convicción». Me aferré con avidez a mi nueva idea; bebí con sed todos sus matices (¡no pegué ojo en toda la noche!), y cuanto más profundizaba en ella, más parecía fundirse mi ser en la misma, y más me asustaba. Al final se apoderó de mí un terror espantoso, que no me abandonó en todo el día siguiente.
“A veces, al reflexionar sobre esto, me quedaba completamente entumecido por el terror; y bien podría haber deducido de este hecho que mi «última convicción» estaba devorando mi ser con demasiada rapidez y gravedad, y que sin duda llegaría a su clímax antes de mucho. Y para el clímax necesitaba mayor determinación de la que aún poseía.
“Sin embargo, en el espacio de tres semanas tomé mi decisión, debido a una circunstancia de lo más extraña.
“Aquí en mi escrito dejo constancia de todas las cifras y fechas que vienen a cuento en mi explicación. Por supuesto, a mí me da igual, pero ahora mismo —y tal vez solo en este instante— deseo que todos aquellos que vayan a juzgar mi acción vean con claridad a partir de qué secuencia lógica de deducciones ha procedido por fin mi «última convicción».
“He dicho antes que la determinación necesaria para llevar a cabo mi resolución final llegó a mis manos no a través de ninguna cadena de causas, sino gracias a cierta circunstancia extraña que tal vez no tuviera relación alguna con el asunto en cuestión. Hace diez días Rogojin pasó a verme por un asunto suyo que no viene al caso por ahora. Nunca antes había visto a Rogojin, pero había oído hablar mucho de él.
“Le di toda la información que necesitaba y no tardó en marcharse; de modo que, dado que solo había venido con el fin de obtener los datos, el asunto bien podría haber terminado ahí.
“Pero me interesó demasiado y pasé todo ese día bajo la influencia de extraños pensamientos relacionados con él, y decidí devolverle la visita al día siguiente.
“A Rogojin evidentemente no le hizo ninguna gracia verme e insinuó, con delicadeza, que no veía razón alguna para que nuestra relación continuara. A pesar de todo, pasé una hora muy interesante, y supongo que él también. Había un contraste tan grande entre ambos que estoy seguro de que los dos debimos de notarlo; en cualquier caso, yo lo sentí agudamente. Aquí estaba yo, con los días contados, y él, un hombre en el pleno vigor de la vida, viviendo en el presente, sin el menor pensamiento para «convicciones finales», ni cifras, ni días, ni de hecho para nada que no fuera aquello por lo que... por lo que... bueno, por lo que estaba loco perdido, si me disculpa la expresión... como un escritor flojo que no sabe expresar bien sus ideas.
“A pesar de su falta de amabilidad, no pude dejar de ver en Rogojin a un hombre de intelecto y sensatez; y aunque tal vez había pocas cosas en el mundo exterior que le interesaran, aún era claramente un hombre con ojos para ver.
“No le insinué nada acerca de mi «convicción final», pero me pareció que la había adivinado por mis palabras. Guardó silencio; es un hombre terriblemente silencioso. Al levantarme para marcharme, le comenté que, a pesar del contraste y las grandes diferencias entre los dos, les extrémités se touchent («los extremos se tocan», como le expliqué en ruso); de modo que tal vez él no estaba tan lejos de mi convicción final como parecía.
“Su única respuesta a esto fue una mueca agria. Se levantó, buscó mi gorra, me la puso en la mano y me sacó de la casa... de aquella sombría y terrible casa suya... aparentando, por supuesto, que yo me marchaba por mi propia voluntad y que él simplemente me acompañaba a la puerta por cortesía. Su casa me impresionó mucho; es como un camposanto, y parece que a él le gusta, lo cual es, sin embargo, perfectamente natural. Una vida tan plena como la que lleva rebosa de intereses absorbentes que apenas necesita la ayuda de su entorno.
“La visita a Rogojin me agotó terriblemente. Además, me sentía enfermo desde por la mañana; y por la noche estaba tan débil que me encamé, sufriendo fiebre alta a intervalos y hasta delirios. Colia se quedó conmigo hasta las once.
“Aun así, recuerdo todo de lo que habló y cada palabra que dijimos, aunque cada vez que cerraba los ojos por un momento no podía imaginar otra cosa que la imagen de Surikoff justo en el trance de encontrar un millón de rublos. No lograba decidir qué hacer con el dinero y se arrancaba los cabellos por ello. Temblaba de miedo a que alguien lo robara, y al final decidió enterrarlo en la tierra. Le convencí de que, en lugar de guardarlo todo inútilmente bajo tierra, era mejor que lo fundiera y fabricara con él un ataúd de oro para su hijo hambriento, y luego desenterrara a la pequeña y la metiera en el féretro dorado. Surikoff aceptó esta sugerencia, según creí ver, con lágrimas de gratitud, e inmediatamente se puso a ejecutar mi designio.
“Me pareció que escupía en el suelo y lo dejaba con asco. Colia me contó, cuando recuperé por completo el juicio, que no había dormido ni un instante, pero que me había pasado todo el tiempo hablándole de Surikoff.
“A ratos experimentaba un estado de debilidad y desdicha espantoso, de modo que Colia se quedó muy inquieto cuando se marchó.
“Al levantarme para cerrar la puerta con llave tras él, me acordé de repente de un cuadro que había visto en casa de Rogojin, en una de sus habitaciones más lúgubre, sobre la puerta. Él mismo me lo había señalado al pasar junto a él, y creo que debí de quedarme plantado un buen espacio de cinco minutos frente a la tela. No tenía nada de artístico, pero el cuadro me produjo una sensación extrañamente incómoda. Representaba a Cristo recién bajado de la cruz. Me parece que los pintores suelen representar al Salvador, tanto en la cruz como bajado de ella, conservando aún una gran belleza en Su rostro. Esta maravillosa belleza se esfuerzan por mantenerla incluso en Sus momentos de mayor agonía y pasión. Pero no había tal belleza en el cuadro de Rogojin. Este era la representación de un cuerpo pobre y maltrecho que evidentemente había sufrido angustias insoportables incluso antes de su crucifixión, lleno de heridas y contusiones, huellas de la violencia de los soldados y del pueblo, y de la amargura del momento en que había caído con la cruz... todo esto combinado con la angustia de la crucifixión misma.
“El rostro estaba representado como si todavía sufriera; como si el cuerpo, apenas muerto, estuviera casi temblando de agonía. El cuadro era de pura naturaleza, pues el rostro no estaba embellecido por el artista, sino que se dejaba tal como sería naturalmente, sea quien fuere el sufriente, tras semejante tormento.
“Sé que la fe cristiana primitiva enseñaba que el Salvador sufrió de verdad y no figuradamente, y que a la naturaleza se le permitió seguir su propio curso incluso mientras Su cuerpo estaba en la cruz.
“Es extraño contemplar este cuadro espantoso del cadáver maltrecho del Salvador y hacerse uno la pregunta: «Suponiendo que los discípulos, los futuros apóstoles, las mujeres que le habían seguido y permanecido junto a la cruz, todos los cuales creían en Él y le adoraban... suponiendo que vieron este cuerpo torturado, este rostro tan magullado, ensangrentado y contusionado (y debieron de verlo así), ¿cómo pudieron contemplar tan terrible espectáculo y seguir creyendo que resucitaría?»
“A uno le asalta el pensamiento, quiéralo o no, de que la muerte es tan terrible y poderosa que ni Aquel que la venció en Sus milagros en vida pudo triunfar sobre ella al final. Aquel que gritó a Lázaro: «¡Lázaro, sal fuera!», y el muerto vivió... Él mismo era ahora presa de la naturaleza y de la muerte. Al contemplar este cuadro, la naturaleza se aparece como un monstruo enorme, implacable y mudo; o mejor aún —una comparación más extraña—, como una inmensa máquina moderna que ha atrapado, aplastado y tragado a un Ser grande e invaluable, un Ser que vale más que la naturaleza y todas sus leyes, que vale más que la tierra entera, la cual tal vez fue creada meramente para la venida de ese Ser.
“Esta fuerza ciega, muda, implacable, eterna e irracional se muestra claramente en el cuadro, y la absoluta subordinación de todos los hombres y cosas a ella está tan bien expresada que la idea surge inconscientemente en la mente de cualquiera que lo mire. Toda esa gente fiel que contemplaba la cruz y a su mutilado ocupante debió de sufrir una agonía mental aquella noche; pues debían de sentir que todas sus esperanzas y casi toda su fe se habían hecho añicos de un solo golpe. Debieron de separarse presas del terror y el espanto aquella noche, aunque cada uno tal vez se llevara consigo un gran pensamiento que jamás se borraría de su mente para siempre jamás. Si este gran Maestro de ellos hubiera podido verse a Sí mismo después de la Crucifixión, ¿cómo habría podido consentir en subir a la cruz y morir como lo hizo? Este pensamiento también acude a la mente del hombre que contempla este cuadro. Pensé en todo esto a saltos, probablemente entre mis ataques de delirio... durante una hora y media más o menos antes de la marcha de Colia.
“¿Puede haber una apariencia de lo que no tiene forma? Y, sin embargo, me pareció, en ciertos momentos, que contemplaba bajo alguna forma extraña e imposible a esa fuerza oscura, muda, irresistiblemente poderosa y eterna.
“Me pareció que alguien me llevaba de la mano y me mostraba, a la luz de una vela, un insecto enorme y repugnante, y me aseguraba que aquello era precisamente esa fuerza, ese Poder omnipotente, mudo e irresistible, riéndose de la indignación con que yo recibía tal información. En mi habitación siempre encienden la lamparita ante mi icono para pasar la noche; da un parpadeo débil, pero es suficiente para ver tenuemente y, si te sientas justo debajo, hasta se puede leer. Creo que eran las doce pasadas o poco más de aquella noche. No había pegado ojo y estaba acostado con los ojos bien abiertos, cuando de repente la puerta se abrió y entró Rogojin.
“Entró y cerró la puerta tras de sí. Luego me miró en silencio, se dirigió rápidamente al rincón de la habitación donde ardía la lamparita y se sentó debajo.
“Me sorprendió mucho y lo miré expectante.
“Rogojin se limitó a apoyar el codo en la mesa y a mirarme fijamente en silencio. Pasaron así dos o tres minutos, y recuerdo que su silencio me dolió y me ofendió muchísimo. ¿Por qué no hablaba?
“Puede que su llegada a estas horas de la noche me resultara más o menos extraña; pero recuerdo que no me sorprendió en absoluto. Al contrario, aunque no le había dicho explícitamente mi pensamiento por la mañana, sabía que lo había comprendido; y este pensamiento era de tal naturaleza que no tendría nada de particular que alguien viniera a charlar más sobre él a cualquier hora de la noche, por muy tarde que fuera.
“Pensé que debía de haber venido con ese propósito.
“Por la mañana nos habíamos despedido sin ser los mejores amigos; recuerdo que me miró con desagradable sarcasmo un par de veces; y esta misma mirada la observé en sus ojos ahora, lo cual causó mi enfado.
“No sospeché ni por un momento que estaba delirando y que este Rogojin era solo el resultado de la fiebre y la excitación. Al principio no se me pasó por la cabeza semejante idea.
“Mientras tanto, él seguía sentado mirándome con burla.
“Me volví enfadado en la cama y me propuse no decir una sola palabra a menos que él lo hiciera; así que me quedé en silencio sobre la almohada, decidido a permanecer mudo, aunque fuera hasta la mañana. Me propuse que fuera él quien hablara primero. Probablemente pasaron unos veinte minutos así. De repente se me ocurrió una idea: ¿y si esto es una aparición y no el propio Rogojin?
“Ni durante mi enfermedad ni en ningún momento anterior había visto jamás un fantasma; pero siempre había pensado, tanto cuando era un niño pequeño como ahora, que si llegara a ver uno, me moriría en el acto... aunque no creo en los fantasmas. Y sin embargo ahora, cuando se me ocurrió que esto era un fantasma y no Rogojin en absoluto, no me asusté lo más mínimo. Es más, la idea en realidad me irritó. Curiosamente, la resolución de la cuestión de si aquello era un fantasma o Rogojin no me interesó, por alguna razón u otra, ni de lejos tanto como debería haberlo hecho; creo que empecé a cavilar sobre algo completamente distinto. Por ejemplo, me puse a pensar por qué Rogojin, que iba en bata y zapatillas cuando lo vi en su casa, se había puesto ahora un frac, chaleco blanco y corbata. También pensé, según recuerdo: «Si esto es un fantasma y no le tengo miedo, ¿por qué no me acerco a comprobar mis sospechas? Tal vez tenga miedo...» Y no bien entró esta última idea en mi cabeza, sopló un soplo helado sobre mí; sentí un escalofrío a lo largo de la columna vertebral y las rodillas me temblaron.
“En ese preciso instante, como si adivinara mis pensamientos, Rogojin alzó la cabeza del brazo y abrió los labios como si fuera a reír... pero siguió mirándome tan obstinadamente como antes.
“Sentí tanta furia contra él en ese momento que me entraron unas ganas locas de abalanzarme sobre él; pero como había jurado que hablaría primero, seguí tumbado... y tanto más voluntariamente cuanto que seguía sin estar seguro de si era realmente Rogojin o no.
“No recuerdo cuánto tiempo duró esto; tampoco puedo recordar si la conciencia me abandonó a intervalos o no. Pero por fin Rogojin se levantó, mirándome con la misma fijeza de antes, aunque ya sin sonreír; y caminando muy suavemente, casi de puntillas, hacia la puerta, la abrió, salió y la cerró tras de sí.
“No me levanté de la cama y no sé cuánto tiempo estuve con los ojos abiertos, pensando. No sé en qué pensé, ni cómo me quedé dormido o perdí el sentido; pero me desperté a la mañana siguiente pasada las nueve cuando llamaron a mi puerta. Mi orden general es que si no abro la puerta y llamo para las nueve, Matreona debe venir a traerme el té. Cuando le abrí la puerta en ese momento, me asaltó de repente un pensamiento: ¿cómo pudo entrar, si la puerta estaba cerrada con llave? Hice averiguaciones y descubrí que al propio Rogojin le habría sido totalmente imposible entrar, porque todas las puertas de la casa estaban cerradas por la noche.
“Pues bien, esta extraña circunstancia —que he descrito con tanto detalle— fue la causa última que me llevó a tomar mi resolución final. De modo que ninguna lógica, ni deducciones lógicas, tuvieron nada que ver con mi decisión; fue simplemente una cuestión de asco.
“Me era imposible seguir viviendo cuando la vida estaba llena de formas tan detestables, extrañas y atormentadoras. Este fantasma me había humillado; tampoco podía soportar estar subordinado a esa fuerza oscura y horrible encarnada en la forma del repugnante insecto. Fue solo hacia el atardecer, cuando hube tomado una decisión firme al respecto, cuando empecé a sentirme mejor.”
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VI. Unas palabras sobre mis circunstancias
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