principales, aguardándonos en unas chozas con comida; que, aunque son indios, vieron y entendieron que la justicia es santa y buena, y que las palabras que Cortés les habia dicho, que veniamos á desagraviar y quitar tiranías, conformaban con lo que pasó en aquella entrada, y tuviéronnos en mucho más que de ántes, y allí dormimos en aquellas chozas, y todos los caciques nos llevaron acompañando hasta los aposentos de su pueblo; y verdaderamente quisieran que no saliéramos de su tierra, porque se temian de Montezuma no enviase su gente de guerra contra ellos; y dijeron á Cortés, pues éramos ya sus amigos, que nos quieren tener por hermanos, que será bien que tomásemos de sus hijas é parientas para hacer generacion; y que para que más fijas sean las amistades trujeron ocho indias, todas hijas de caciques, y dieron á Cortés una de aquellas cacicas, y era sobrina del mismo cacique gordo, y otra dieron á Alonso Hernandez Puertocarrero y era hija de otro gran cacique que se decia Cuesco en su lengua; y traíanlas vestidas á todas ocho con ricas camisas de la tierra y bien ataviadas á su usanza, y cada una dellas un collar de oro al cuello, y en las orejas cercillos de oro, y venian acompañadas de otras indias para se servir dellas; y cuando el cacique gordo las presentó, dijo á Cortés:
—«Tecle (que quiere decir en su lengua señor), estas siete mujeres son para los capitanes que tienes, y esta, que es mi sobrina, es para tí, que es señora de pueblos y vasallos.»
Cortés las recibió con alegre semblante y les dijo que se lo tenian en merced; mas para tomallas, como dice que seamos hermanos, que hay necesidad que no tengan aquellos ídolos en que creen y adoran, que los traen engañados, y que no les sacrifiquen; y que como él no vea aquellas cosas malísimas en el suelo y que no sacrifiquen, que luego ternán con nosotros muy más fija la hermandad; y que aquellas mujeres que se volverán cristianas primero que las recibamos; y que tambien habian de ser limpios de sodomías, porque tenian muchachos vestidos en hábito de mujeres que andaban á ganar en aquel maldito oficio; y cada dia sacrificaban delante de nosotros tres ó cuatro y cinco indios, y los corazones ofrecian á sus ídolos y la sangre pegaban por las paredes, y cortábanles las piernas y brazos y muslos, y los comian como vaca que se trae de las carnicerías en nuestra tierra, y aun tengo creido que lo vendian por menudo en los tiangues, que son mercados; y que como estas maldades se quiten y que no lo usen, que no solamente les seremos amigos, más que les hará que sean señores de otras provincias; y todos los caciques, papas y principales respondieron que no