Acuérdome que traiamos allí con nosotros á unos marineros levantiscos, y les deciamos:
—«Hermanos, ayudad á sacar la bomba, pues veis que estamos muy mal heridos y cansados de la noche y el dia, porque nos vamos á fondo.»
Y respondian los levantiscos:
—«Facételo vos, pues no ganamos sueldo, sino hambre y sed y trabajos y heridas, como vosotros.»
Por manera que les haciamos dar á la bomba aunque no querian, y malos heridos como íbamos, mareábamos las velas y dábamos á la bomba, hasta que nuestro Señor Jesucristo nos llevó á Puerto de Carenas, donde ahora está poblada la villa de la Habana, que en otro tiempo Puerto de Carenas se solia llamar, y no Habana.
Y cuando nos vimos en tierra dimos muchas gracias á Dios, y luego se tomó el agua de la capitana un buzano portugués que estaba en otro navío en aquel puerto, y escribimos á Diego Velazquez, gobernador de aquella isla, muy en posta, haciéndole saber que habiamos descubierto tierras de grandes poblaciones y casas de cal y canto, y las gentes naturales dellas andaban vestidos de ropa de algodon y cubiertas sus vergüenzas, y tenian oro y labranzas de maizales; y desde la Habana se fué nuestro capitan Francisco Hernandez por tierra á la villa de Santispíritus, que así se dice, donde tenia su encomienda de indios; y como iba mal herido, murió dende allí á diez dias que habia llegado á su casa; y todos los demás soldados nos desparecimos, y nos fuimos unos por una parte y otros por otra de la isla adelante; y en la Habana se murieron tres soldados de las heridas, y los navíos fueron á Santiago de Cuba, donde estaba el gobernador, y desque hubieron desembarcado los dos indios que hubimos en la Punta de Cotoche, que ya he dicho que se decian Melchorillo y Julianillo, y en el arquilla con las diademas y ánades y pescadillos, y con los ídolos de oro, que aunque era bajo y poca cosa, sublimábanlo de arte, que en todas las islas de Santo Domingo y en Cuba y aun en Castilla llegó la fama dello, y decian que otras tierras en el mundo no se habian descubierto mejores, ni casas de cal y canto; y como vió los ídolos de barro y de tantas maneras de figuras, decian que eran del tiempo de los gentiles; otros decian que eran de los indios que desterró Tito y Vespasiano de Jerusalen, y que habian aportado con los navíos rotos en que les echaron en aquella tierra; y como en aquel tiempo no era descubierto el Perú, teníase en mucha estima aquella tierra.