Los pies de papá están muy abiertos, con los dedos amontonados, torcidos y deformes, sin ninguna uña en los dedos meñiques, a causa de haber trabajado tanto en la humedad con zapatos caseros cuando era un muchacho.
Al lado de su silla están sus zapatos gruesos. Parecen haber sido labrados a hachazos con un hacha roma en hierro colado.
Vernon ha ido al pueblo. Nunca lo he visto ir al pueblo con overol. Su mujer, según dicen. Ella también dio clases alguna vez.
Arrojo los sedimentos del cazo al suelo y me limpio la boca con la manga. Va a llover antes de que amanezca. Tal vez antes de que oscurezca.
—Al granero —digo—. A aparear la yumba.
Allá abajo entretenido con ese caballo. Él atravesará el establo, saldrá al pastizal. El caballo no se verá: está allá arriba entre los pinos pequeños, en la frescura.
Jewel silba, una sola vez y de manera estridente. El caballo respira con fuerza por la nariz, luego Jewel lo ve, brillando por un instante llamativo entre las sombras azules. Jewel vuelve a silbar; el caballo baja la pendiente a tropezones, con las patas rígidas, levantando y sacudiendo las orejas, girando los ojos desparejos, y se detiene a veinte pies de distancia, de costado, mirando a Jewel por encima del hombro en una actitud juguetona y alerta.
—Ven acá, señor —dice Jewel. Él se mueve. Al moverse tan rápido, su pelaje se arruga, las lenguas ondean como tantas llamas. Con la crin y la cola al aire y los ojos desorbitados, el caballo da otra breve caracoleada y vuelve a detenerse, con las patas juntas, mirando a Jewel.