“¿Cuánto te falta?”, dice papá. Cash no responde. Entra cargando el serrucho. “Creo que más vale que te pongas a trabajar”, dice papá. “Tendrás que hacer lo mejor que puedas, con esos muchachos que se han largado de esa manera”. Cash baja la vista hacia el rostro de ella. No le presta atención a papá en absoluto. No se acerca a la cama. Se detiene en medio del piso, el serrucho contra la pierna, los brazos sudorosos cubiertos levemente de polvo de madera, el rostro sereno. “Si te ves en un apuro, a lo mejor alguno llega mañana y te ayuda”, dice papá. “Vernon podría”. Cash no está escuchando. Mira hacia abajo, al rostro de ella, pacífico, rígido, que se desvanece en la penumbra como si la oscuridad fuera la antesala de la tierra definitiva, hasta que al fin el rostro parece flotar desprendido sobre ella, leve como el reflejo de una hoja muerta. “Hay cristianos suficientes para ayudarte”, dice papá. Cash no está escuchando. Al rato da media vuelta sin mirar a papá y sale de la habitación. Entonces el serrucho vuelve a roncar. “Nos ayudarán en nuestra pena”, dice papá.
El sonido de la sierra es constante, competente, sin prisas, agitando la luz moribunda de modo que a cada golpe su rostro parece despertar un poco en una expresión de escucha y de espera, como si estuviera contando los golpes. Pa baja la mirada hacia el rostro, hacia el desparramo negro del pelo de Dewey Dell, los brazos abiertos de par en par, el abanico estrujado ahora inmóvil sobre la colcha que se apaga.