Cuando Anse al fin me mandó a llamar por su propia voluntad, dije: «Al fin la ha agotado». Y dije que maldita sea una buena cosa y al principio no quise ir porque podría haber algo que yo pudiera hacer y tendría que traerla de vuelta, por Dios.
Pensé que tal vez tienen en el cielo la misma clase de ética estúpida que tienen en el Colegio Médico y que tal vez era Vernon Tull el que me mandaba a llamar otra vez, haciéndome llegar en el momento justo, como Vernon siempre hace las cosas, sacándole el mayor provecho al dinero de Anse como hace con el suyo.
Pero cuando el día avanzó lo suficiente como para que yo pudiera leer las señales del tiempo supe que no podía haber sido nadie más que Anse quien mandaba. Supe que nadie salvo un hombre desdichado podría necesitar jamás a un médico en vísperas de un ciclón. Y supe que si por fin se le había ocurrido al propio Anse que necesitaba uno, ya era demasiado tarde.
Cuando llego al manantial y desengancho y ato a la yunta, el sol se ha puesto tras un banco de nubes negras como una cordillera desproporcionada, como un cargamento de cenizas descargado por ahí, y no hay viento. Pude oír a Cash serrando a una milla antes de llegar. Anse está de pie en lo alto del despeñadero, sobre el sendero.
—¿Dónde está el caballo? —digo.
—Jewel se ha pirado y se lo ha llevado —dice—. No hay Dios que lo alcance. Tendrá que subir a pie, me parece.
—¿Yo, subir pesando doscientas veinticinco libras? —digo—. ¿Subir por ese muro quemado?