—Lo siento de veras —dice. Soltó la soga, simplemente la dejó caer, y se ha vuelto hacia la casa.
Aquí arriba aún queda un poco de luz del día, del color de las cerillas de azufre. Las tablas parecen tiras de azufre. Cash no mira atrás.
Vernon Tull dice que él sube cada tabla hasta la ventana para que ella la vea y diga que está bien. El muchacho nos alcanza. Anse lo mira por encima del hombro. —¿Dónde está la soga? —dice.
—Está donde la dejaste —digo—. Pero ni te molestes con esa soga. Tengo que bajar otra vez por ese risco. No pienso dejar que me alcance la tormenta aquí arriba. Volaría demasiado lejos en cuanto empezara a rodar.
La muchacha está de pie junto a la cama, abanicándola. Cuando entramos, vuelve la cabeza y nos mira. Lleva diez días muerta.
Supongo que es haber formado parte de Anse durante tanto tiempo lo que hace que ni siquiera pueda experimentar ese cambio, si cambio es. Puedo recordar cómo, cuando era joven, creía que la muerte era un fenómeno del cuerpo; ahora sé que es meramente una función de la mente —y de las mentes de aquellos que sufren la pérdida—.
Los nihilistas dicen que es el fin; los fundamentalistas, el principio; cuando en realidad no es más que un único inquilino o una familia que se muda de un inquilinato o de un pueblo.
Ella nos mira. Solo sus ojos parecen moverse. Es como si nos tocaran, no con la vista ni con el sentido, sino como el chorro de una manguera te toca, el chorro en el instante del impacto tan desconectado de la boquilla como si jamás hubiera estado allí.
No mira a Anse en absoluto. Me mira a mí, luego al muchacho. Bajo la colcha no es más que un atado de palos podridos.