familia y mis obligaciones para que alguien estuviera con ella en sus últimos momentos y no tuviera que enfrentarse al Gran Desconocido sin un rostro familiar que le diera valor. No es que merezca mérito por ello: esperaré lo mismo para mí. Pero gracias a Dios serán los rostros de mis seres queridos, de mi sangre y carne, pues en mi esposo y mis hijos he sido más bendecida que la mayoría, por más que hayan sido una prueba a veces.
Vivía, una mujer sola, sola con su orgullo, tratando de hacer creer lo contrario, ocultando el hecho de que simplemente la soportaban, porque ni bien se había enfriado en el ataúd ya la estaban acarreando a cuarenta millas de distancia para enterrarla, burlándose de la voluntad de Dios al hacerlo.
Negándose a dejarla yacer en la misma tierra que esos Bundren.
—Pero ella quería irse —dijo el señor Tull—. Fue su propio deseo descansar entre los suyos.
—Entonces, ¿por qué no se fue viva? —dije—. Ni uno solo la habría detenido, con incluso esa pequeña casi con la edad suficiente ahora para ser egoísta y de corazón de piedra como el resto de ellos.
—Fue deseo de ella misma —dijo el señor Tull—. Le oí a Anse decir que lo era.
—Y le creerías a Anse, por supuesto —dije—. Un hombre como tú lo haría. No me digas nada.
—Le creería en algo respecto a lo cual no pudiera esperar sacar ningún provecho de mí si no lo dijera —dijo el señor Tull.
—No me digas —dije—. El lugar de una mujer es con su esposo y sus hijos, viva o muerta. ¿Esperarías que quisiera volver a Alabama y dejarte a