Jewel y yo subimos del campo, siguiendo el sendero en fila india. Aunque voy quince pies delante de él, cualquiera que nos mire desde la desmontadora de algodón puede ver el sombrero de paja deshilachado y roto de Jewel una cabeza entera por encima del mío.
El sendero corre tan recto como una plomada, pulido por las pisadas y endurecido como ladrillo al horno por el sol de julio, entre las hileras verdes de algodón ya cultivado, hasta la caseta del algodón en el centro del campo, donde tuerce y rodea la caseta en cuatro suaves ángulos rectos y prosigue a través del campo otra vez, así desgastado por los pies con una precisión que se desvanece.
La caseta del algodón es de troncos rústicos, de entre los cuales el viertefuegos hace tiempo que se ha caído. Cuadrada, con un techo roto dispuesto a un solo agua, se inclina en una dilapidación vacía y centelleante bajo la luz del sol, con una sola ventana ancha en dos paredes opuestas que dan a los accesos del sendero.
Cuando llegamos a ella, me giro y sigo el sendero que rodea la casa. Jewel, a quince pies detrás de mí, mirando fijamente al frente, cruza la ventana de una sola zancada. Siguiendo con la mirada fija al frente, con sus ojos pálidos como madera incrustada en su rostro de madera, cruza el suelo en cuatro zancadas con la rígida gravedad de un indio de estanco vestido con un peto remendado y dotado de vida de la cintura para abajo, y atraviesa de una sola zancada la ventana opuesta para volver al sendero justo cuando yo doblo la esquina.
En fila india, a cinco pies de distancia el uno del otro y con Jewel ahora al frente, seguimos sendero arriba hacia la base del desfiladero.