Cuando la sombra toca los escalones, él dice: «Son las cinco».
Apenas me levanto, Cora se acerca a la puerta y dice que es hora de ponerse en marcha. Anse estira la mano hacia los zapatos.
—Ahora no, señor Bundren —dice Cora—, no se levante ahora.
Se calza los zapatos, metiendo los pies a pisotones, como hace todo, como si esperara todo el tiempo que de veras no pueda hacerlo y pueda dejar de intentarlo. Cuando subimos por el pasillo podemos oír cómo resuenan en el suelo como si fueran zapatos de hierro. Se acerca a la puerta donde ella está, parpadeando, mirando un poco hacia adelante de sí mismo antes de ver, como si esperara encontrarla levantada, en una silla tal vez o quizás barriendo, y mira hacia la puerta con esa expresión de sorpresa con la que mira y la encuentra todavía en cama cada vez y a Dewey Dell todavía abanicándola con el abanico. Se queda ahí plantado, como si no tuviera la intención de volverse a mover ni nada de nada.
—Bueno, creo que más nos vale seguir —dice Cora—. Tengo que echarles de comer a las gallinas.
Va a llover también. Nubes así no mienten, y el algodón creciendo todos los días que Dios manda. Eso será otra cosa para él.
Cash sigue recortando las tablas.
—Si hay algo que podamos hacer —dice Cora—.
—Anse nos avisará —digo.
Anse no nos mira. Mira a su alrededor, parpadeando, con ese aire de sorpresa, como si se hubiera gastado a base de estar sorprendido y hasta de eso se sorprendiera. Si Cash trabajara así de cuidadoso en mi granero.