Él se queda de pie al lado de un árbol. Lástima que el Señor cometiera el error de dar raíces a los árboles y dar pies y piernas a los Anse Bundren que fabrica. Si simplemente los hubiera intercambiado, jamás habría que preocuparse de que este país sufriera la deforestación algún día. Ni ningún otro país. —¿Qué pretendes que haga? —digo—. ¿Quedarme aquí y salir volando bien lejos del condado cuando reviente esa nube? Ni con el caballo me tomaría menos de quince minutos subir a través del pasto hasta la cima de la cresta y llegar a la casa. El sendero parece una rama torcida soplada contra el risco. Anse no ha estado en el pueblo en doce años. Y cómo habrá hecho su madre para subir allá arriba a parirlo, siendo él hijo de su madre.
—Vardaman va a buscar la soga —dice—.
Al rato aparece Vardaman con la soga de arar. Le da el extremo a Anse y baja por el sendero, desenrollándola.
—Agárralo bien —le digo—. Yo ya tengo anotada esta visita en mis libros, así que te voy a cobrar igual, llegue o no llegue.
—Me dieron —dice Anse—. Ya pueden subir.
Me condenen si logro entender por qué no renuncio. Un hombre de setenta años, que pesa más de doscientas libras, siendo arrastrado arriba y abajo por una maldita montaña atado a una cuerda. Supongo que es porque debo alcanzar la cifra de cincuenta mil dólares en cuentas incobrables en mis libros antes de poder retirarme.
—¿Qué diablos se supone que quiere decir tu mujer —digo—, enfermándose en la cima de una maldita montaña?