—Si todo el mundo no estuviera quemándose los infiernos por llevarla —dice Jewel con esa voz áspera y salvaje—. Con Cash todo el santo día justo debajo de la ventana, martillando y serrando ese...
—Fue su deseo —dice papá—.
«No tienes afecto ni dulzura por ella. Nunca los tuviste. No estaríamos en deuda con ningún hombre —dice—, ella y yo. Jamás lo hemos estado, y descansará más tranquila al saberlo y al ver que fue su propia sangre la que aserró las tablas y clavó los clavos. Ella siempre fue de las que recogen lo suyo».
“Significa tres dólares”, digo. “¿Quieren que nos vayamos, o no?”
Papá se frota las rodillas. “Estaremos de regreso mañana al atardecer”.
—Bueno... —dice papá. Mira hacia el horizonte, con los pelos revueltos, moviendo lentamente el rapé contra sus encías.
—Vamos —dice Jewel. Baja los escalones. Vernon escupe con pulcritud en el polvo.
—Para la puesta de sol, ahora —dice papá—. No quisiera hacerla esperar.
Jewel mira hacia atrás, luego sigue bordeando la casa. Entro en el vestíbulo, oyendo las voces antes de llegar a la puerta.
Inclinada un poco cuenca abajo, como está nuestra casa, una brisa cruza el vestíbulo todo el tiempo, en diagonal ascendente. Una pluma caída cerca de la puerta principal se elevará y rozará el cielorraso, inclinándose hacia atrás, hasta alcanzar la corriente descendente de la puerta trasera: lo mismo pasa con las voces.
Al entrar al vestíbulo, parece que hablaran desde el aire por encima de tu cabeza.