El sol, a una hora del horizonte, se balancea como un huevo sangriento sobre una cresta de nubarrones; la luz se ha vuelto cobriza: a los ojos portentosamente, a la nariz sulfurosa, con olor a relámpago.
Cuando llegue Peabody, tendrán que usar la cuerda. Se ha reventado la panza a base de verduras frías. Con la cuerda lo arrastrarán sendero arriba, flotando como un globo por el aire sulfuroso.
—Jewel —digo—, ¿sabes que Addie Bundren va a morirse? ¿Addie Bundren va a morirse?