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nydus/The Principles of SciencePublic
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CAPÍTULO I. INTRODUCCIÓN.

LOS PRINCIPIOS DE LA CIENCIA.

La ciencia surge del descubrimiento de la Identidad en medio de la Diversidad.

El proceso puede describirse con diferentes palabras, pero nuestro lenguaje debe implicar siempre la presencia de un elemento común y necesario. En cada acto de inferencia o método científico nos ocupamos de una cierta identidad, mismidad, semejanza, parecido, parecido, parecido familiar, analogía, equivalencia o igualdad aparente entre dos objetos.

Es dudoso que un fenómeno enteramente aislado pueda presentarse ante nuestra atención, puesto que siempre debe haber algunos puntos de semejanza entre objeto y objeto. Pero, en cualquier caso, un fenómeno aislado no podría estudiarse con ningún propósito útil.

Todo el valor de la ciencia consiste en el poder que nos confiere de aplicar a un objeto el conocimiento adquirido a partir de objetos semejantes; y solo en la medida, por tanto, en que podamos descubrir y registrar semejanzas podremos aprovechar nuestras observaciones.

La naturaleza es un espectáculo que se exhibe continuamente ante nuestros sentidos, en el cual los fenómenos se mezclan en combinaciones de infinita variedad y novedad.

El asombro fija la atención de la mente; la memoria almacena el registro de cada impresión distinta; las facultades de asociación hacen brotar el registro cuando se vuelve a sentir algo semejante.

Mediante las facultades superiores del juicio y el razonamiento, la mente compara lo nuevo con lo viejo, reconoce la identidad esencial —incluso cuando está disfrazada por diversas circunstancias— y espera volver a encontrar lo que experimentó antes.

Debe ser el fundamento de todo razonamiento e inferencia que lo que es verdad para una cosa lo será para su equivalente, y que bajo condiciones cuidadosamente comprobadas la naturaleza se repite.

Were this indeed a Chaotic Universe, the powers of mind employed in science would be useless to us. Did Chance wholly take the place of order, and did all phenomena come out of an Infinite Lottery, to use Condorcet’s expression, there could be no reason to expect the like result in like circumstances. It is possible to conceive a world in which no two things should be associated more often, in the long run, than any other two things. The frequent conjunction of any two events would then be purely fortuitous, and if we expected conjunctions to recur continually, we should be disappointed. In such a world we might recognise the same kind of phenomenon as it appeared from time to time, just as we might recognise a marked ball as it was occasionally drawn and re-drawn from a ballot-box; but the approach of any phenomenon would be in no way indicated by what had gone before, nor would it be a sign of what was to come after. In

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