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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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VIII. El Jefe

El Jefe

Estar investido de una autoridad enorme es algo excelente; pero lograr que el mundo observador consienta en ello es algo aún mejor. El episodio de la torre consolidó mi poder y lo hizo inexpugnable.

Si acaso algunos hubieran estado dispuestos a mostrarse celosos y críticos antes de aquello, experimentaron un cambio de parecer ahora. No había nadie en el reino que hubiera considerado de buen juicio entrometerse en mis asuntos.

Me iba acostumbrando con rapidez a mi situación y circunstancias. Durante un tiempo, solía despertarme por las mañanas y sonreír ante mi «sueño», y aguzaba el oído para escuchar el silbato de la fábrica Colt; pero esa clase de cosas se fue esfumando poco a poco y, al fin, fui plenamente capaz de comprender que en realidad vivía en el siglo VI, en la corte del rey Arturo, y no en un manicomio.

Después de eso, me sentía tan a gusto en aquel siglo como podría haberme sentido en cualquier otro; y en cuanto a preferencias, no lo habría cambiado por el vigésimo.

Fijaos en las oportunidades que hay aquí para un hombre con conocimientos, cerebro, valor y empresa para lanzarse de lleno y crecer con el país. El campo más magnífico que jamás haya existido; y todo para mí; ni un solo competidor; ni un solo hombre que no fuera un crío en comparación conmigo en cuanto a instrucción y capacidades; en cambio, ¿qué valdría yo en el siglo XX? Sería capataz en una fábrica, y eso es todo; y podría echar una red barredera por la calle cualquier día y pescar a cien hombres mejores que yo.

¡Qué salto había dado! No podía dejar de pensar en ello y de contemplarlo, tal como hace uno con quien ha dado con un filón de petróleo.

No había nada en mi pasado que pudiera compararse, a no ser quizás el caso de José; y el de José solo se le acercaba, no llegaba a igualarlo del todo. Pues es lógico suponer que, como las espléndidas genialidades financieras de José no beneficiaron a nadie más que al rey, el público en general debió de mirarlo con bastante desaprobación, mientras que yo le había hecho un favor a todo mi público al perdonar el sol, y por ello era popular.

No era yo la sombra de un rey; era la sustancia; el rey en persona era la sombra. Mi poder era colosal; y no era un mero nombre, como tales cosas suelen serlo por lo general, sino el artículo auténtico.

Me encontraba aquí, en el mismo manantial y origen del segundo gran período de la historia del mundo; y podía ver el hilo de agua de esa historia acumularse, profundizarse, ensancharse y hacer rodar sus poderosas mareas a lo largo de los lejanos siglos; y podía advertir el surgimiento de aventureros como yo al amparo de su larga serie de tronos:

  • De Montforts, Gavestons, Mortimers, Villierses;
  • las rameras belicosas y directoras de campañas de Francia, y las furcias empuñadoras de cetros de Carlos Segundo;

pero en ninguna parte de la procesión se vislumbraba a alguien de mi talla. Yo era un ejemplar único; y me alegraba saber que ese hecho no podía ser desplazado ni disputado durante trece siglos y medio, con toda seguridad.

Sí, en cuanto a poder, yo era igual al rey. Al mismo tiempo había otro poder que era un ápice más fuerte que los dos juntos. Ese poder era la Iglesia. No deseo disimular ese hecho. No podría, aunque quisiera. Pero no importa eso ahora; ya se dejará ver, en su debido lugar, más adelante. Al principio no me causó ningún problema, al menos ninguno de consecuencia.

Bien, era un país curioso y lleno de interés. ¡Y la gente! Eran la raza más pintoresca, simple y confiada; vaya, no eran más que conejos. ¡Daba lástima que una persona nacida en una atmósfera sana y libre escuchara sus humildes y fervientes muestras de lealtad hacia su rey, su Iglesia y su nobleza; como si tuviesen más motivos para amar y honrar al rey, a la Iglesia y al noble que los que tiene un esclavo para amar y honrar el látigo, o un perro para amar y honrar al extraño que lo patea! Vaya, Dios mío, cualquier clase de realeza, por muy moderada que sea, cualquier clase de aristocracia, por muy podada que esté, es legítimamente un insulto; pero si uno nace y se cría bajo ese tipo de sistema, probablemente nunca se dé cuenta por sí mismo, ni lo crea cuando se lo dice otra persona. Es como para hacer que uno se avergüence de su raza pensar en la clase de escoria que siempre ha ocupado sus tronos sin sombra de derecho ni razón, y en la gente de séptima categoría que siempre ha figurado como sus aristocracias⁠—una compañía de monarcas y nobles que, por lo general, solo habrían alcanzado la pobreza y la oscuridad si se los hubiera dejado, como a sus superiores, a su propio esfuerzo.

La mayor parte de la nación británica del rey Arturo era esclava, ni más ni menos, y llevaba ese nombre, y portaba el collar de hierro en el cuello; y el resto eran esclavos de hecho, pero sin el nombre; se imaginaban a sí mismos hombres y hombres libres, y se llamaban así.

La verdad era que la nación como un todo estaba en el mundo con un solo objetivo, y uno solo: postrarse ante el rey, la Iglesia y la nobleza; esclavizar para ellos, sudar sangre por ellos, pasar hambre para que ellos estuvieran alimentados, trabajar para que ellos jugaran, beber la miseria hasta las heces para que ellos fueran felices, ir desnudos para que ellos vistieran sedas y joyas, pagar impuestos para librar a estos de pagarlos, estar familiarizados toda su vida con el lenguaje degradante y las posturas de adulación para que aquellos pudieran caminar con orgullo y creerse los dioses de este mundo.

Y a cambio de todo esto, las gracias que recibían eran bofetadas y desprecio; y tan pusilánimes eran que aceptaban incluso esta clase de atención como un honor.

Las ideas heredadas son algo curioso, y resulta interesante observarlas y examinarlas. Yo tenía las mías; el rey y su pueblo tenían las suyas. En ambos casos discurrían por surcos profundamente cavados por el tiempo y la costumbre, y el hombre que se hubiera propuesto desviarlas mediante la razón y los argumentos habría tenido una ardua tarea por delante.

Por ejemplo, aquella gente había heredado la idea de que todos los hombres sin título y de largo linaje, tuvieran o no grandes dotes naturales y conocimientos, no eran criaturas dignas de mayor consideración que tantos animales, bichos o insectos; mientras que yo había heredado la idea de que las Cornejas humanas que pueden consentir en disfrazarse con las farsas de pavo real de las dignidades heredadas y los títulos inmerecidos, no sirven para otra cosa que para ser objeto de burla.

La forma en que me miraban era extraña, pero era natural. Ya sabéis cómo el cuidador y el público consideran al elefante en la casa de fieras: bueno, esa es la idea. Están llenos de admiración por su inmensa mole y su prodigiosa fuerza; hablan con orgullo del hecho de que puede hacer cien maravillas que superan con creces sus propias facultades; y hablan con el mismo orgullo del hecho de que, en su cólera, es capaz de poner en fuga a mil hombres. ¿Pero acaso eso lo convierte en uno de ellos? No; el pordiosero más harapiento de la galería se sonreiría ante la idea. No podía comprenderlo; no podía asimilarlo; no podía concebirlo de ninguna manera remota.

Pues ante el rey, los nobles y toda la nación, desde los mismísimos esclavos y vagabundos, yo no era más que esa clase de elefante, y nada más.

Fui admirado y también temido; pero era como se admira y teme a un animal. Al animal no se le venera, y a mí tampoco; ni siquiera se me respetaba.

No tenía linaje ni título heredado; así que a los ojos del rey y de los nobles yo era pura basura; la gente me miraba con asombro y temor reverente, pero no había ninguna veneración mezclada con ello; debido a la fuerza de las ideas heredadas, eran incapaces de concebir que algo tuviera derecho a eso salvo el linaje y el señorío.

Ahí veis la mano de ese terrible poder, la Iglesia católica romana.

En dos o tres siglos escasos había convertido a una nación de hombres en una nación de gusanos.

Antes de los días de la supremacía de la Iglesia en el mundo, los hombres eran hombres, y levantaban la cabeza, y tenían el orgullo, el espíritu y la independencia propios de un hombre; y la grandeza y la posición que uno conseguía, las conseguía principalmente por sus logros, no por su cuna.

Pero entonces la Iglesia pasó a ocupar el primer plano, con intereses ocultos; y era sabia, sutil y conocía más de un modo de desollar a un gato —o a una nación—; se inventó el «derecho divino de los reyes», y lo amuralló por todas partes, ladrillo a ladrillo, con las Bienaventuranzas —arrancándolas de su noble propósito para hacer que fortificaran uno malvado—; predicó (al plebeyo) la humildad, la obediencia a los superiores, la belleza del sacrificio propio; predicó (al plebeyo) la mansedumbre ante el insulto; predicó (siempre al plebeyo, siempre al plebeyo) la paciencia, la pequeñez de espíritu, la no resistencia ante la opresión; e introdujo los rangos hereditarios y las aristocracias, y enseñó a todas las poblaciones cristianas de la Tierra a inclinarse ante ellos y a adorarlos.

Aun en el siglo de mi nacimiento ese veneno seguía en la sangre de la Cristiandad, y el mejor de los plebeyos ingleses aún se contentaba con ver a sus inferiores seguir ocupando descaradamente varios cargos, tales como señoríos y el trono, a los que las grotescas leyes de su país no le permitían aspirar; de hecho, no solo se contentaba con este extraño estado de cosas, sino que incluso era capaz de autoconvencerse de que estaba orgulloso de él. Esto parece demostrar que no hay nada que uno no pueda soportar, con tal de que nazca y se críe con ello. Por supuesto que esa mancha, esa reverencia por el rango y el título, también había estado en nuestra sangre estadounidense —lo sé—, pero cuando me fui de América había desaparecido, al menos a todos los efectos prácticos. El remanente de ella quedó reducido a los dudes y dudesses. Cuando una enfermedad ha descendido hasta ese nivel, puede decirse sin dudar que está fuera del organismo.

Pero volviendo a mi anómala posición en el reino del rey Arturo.

Aquí era yo, un gigante entre pigmeos, un hombre entre niños, una inteligencia superior entre topos intelectuales: según toda medida racional, el único hombre verdaderamente grande en todo aquel mundo británico; y sin embargo, allí y entonces, exactamente igual que en la remota Inglaterra de mi tiempo natal, el conde pazguato que podía presumir de una larga estirpe descendiente de la querida de un rey —conseguida de segunda mano en los suburbios de Londres— era mejor hombre que yo.

A semejante personaje se le adulaba en el reino de Arturo y todo el mundo lo miraba con reverencia, aun cuando sus inclinaciones fueran tan mezquinas como su inteligencia, y su moral tan baja como su linaje.

Había momentos en que él podía sentarse en presencia del rey, pero yo no.

Habría podido conseguir un título con bastante facilidad, y eso me habría elevado un gran paso en los ojos de todos; incluso en los del rey, que era quien lo otorgaba.

Pero no lo pedí; y lo rechacé cuando me fue ofrecido. No habría podido disfrutar de semejante cosa con mis ideas; y de todos modos no habría sido justo, porque, desde donde alcanzaba a recordar mi linaje, a nuestra tribu siempre le había faltado la barra siniestra.

No me habría sentido verdaderamente ni satisfactoriamente bien, ni orgulloso ni satisfecho con ningún título que no proviniera de la nación misma, la única fuente legítima; y esperaba ganar uno así; y en el transcurso de años de esfuerzo honesto y honorable, lo gané y lo llevé con un orgullo alto y limpio.

Este título salió casualmente de los labios de un herrero, un día, en una aldea; fue tomado al vuelo como una feliz ocurrencia y arrojado de boca en boca con una risa y un voto afirmativo; en diez días había barrido el reino y se había vuelto tan familiar como el nombre del rey.

Jamás se me conoció por ninguna otra designación después, ni en las conversaciones de la nación ni en los graves debates sobre asuntos de Estado en la mesa del consejo del soberano. Este título, traducido al habla moderna, sería el jefe.

Elegido por la nación. Eso me convenía. Y era un título bastante elevado. Había muy pocos el, y yo era uno de ellos. Si hablabas del duque, del conde o del obispo, ¿cómo podía saber alguien a cuál te referías? Pero si hablabas de El Rey, de La Reina o de El Jefe, la cosa era distinta.

Pues a mí el rey me caía bien, y como rey lo respetaba (respetaba el cargo); al menos lo respetaba tanto como era capaz de respetar cualquier supremacía inmerecida. Pero como hombres, a él y a sus nobles los menospreciaba, en privado. Y a ellos les caía bien yo, y respetaban mi cargo; pero como a un animal, sin alcurnia ni títulos de pega, me menospreciaban, y además sin molestarse en disimular demasiado. Yo no cobraba por mi opinión sobre ellos, y ellos no cobraban por su opinión sobre mí: la cuenta estaba saldada, los libros cuadrados, todo el mundo satisfecho.

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