Lenta tortura
De buenas a primeras, estábamos en el campo. Era de lo más hermoso y agradable en aquellas soledades silvestres a primera hora de la fresca mañana, en la primera frescura del otoño.
Desde las cimas de las colinas veíamos hermosos valles verdes extendidos abajo, con arroyos serpenteando a través de ellos, bosquecillos insulares de árboles aquí y allá, y enormes robles solitarios esparcidos por todas partes que proyectaban manchas negras de sombra; y más allá de los valles veíamos las cordilleras de colinas, azules por la bruma, que se extendían en perspectiva ondulante hasta el horizonte, con, a amplios intervalos, una tenue mota blanca o gris en la cresta de una ola, que sabíamos que era un castillo.
Cruzábamos amplios prados naturales que brillaban con rocío, y nos movíamos como espíritus, sin que el césped acolchado produjera sonido alguno de pisadas; vagábamos soñadores por claros cubiertos por una neblina de luz verde que obtenía su tono del techo de hojas inundado de sol allá arriba, y a nuestros pies los arroyuelos más limpios y fríos corrían juguetones y parlanchines sobre sus rocas, haciendo una suerte de música susurrante, agradable de oír; y a veces dejábamos el mundo atrás y entrábamos en las solemnes y grandes profundidades y la rica penumbra del bosque, donde huidizas criaturas salvajes se escurrían y corrían velozmente para desaparecer antes de que uno pudiera siquiera fijar la vista en el lugar de donde provenía el ruido; y donde solo los pájaros más madrugadores se levantaban y se ponían manos a la obra con una canción aquí y una disputa allá, y un misterioso martilleo y tamborileo lejano en busca de gusanos sobre el tronco de un árbol en alguna parte de las impenetrables lejanías del bosque.
Y al rato volveríamos a salir a oscilaciones hacia el fulgor.
Alrededor de la tercera, cuarta o quinta vez que salimos a la luz deslumbrująca —fue por allí en algún momento, un par de horas más o menos después de la salida del sol— ya no era tan agradable como antes. Empezaba a hacer calor. Esto se hacía bastante notable. Tuvimos una tirada muy larga, después de eso, sin nada de sombra.
Ahora bien, resulta curioso cómo las pequeñas molestias crecen y se multiplican progresivamente una vez que consiguen empezar. Las cosas que al principio no me importaban en absoluto, empezaron a importarme ahora —y cada vez más, además, todo el tiempo—. Las primeras diez o quince veces que necesité mi pañuelo pareció no importarme; salí del paso y dije no importa, no pasa nada, y lo borré de mi mente. Pero ahora era diferente; lo quería todo el tiempo; era comezón, comezón, comezón, continuamente, y sin tregua; no podía sacármelo de la cabeza; y así al final perdí los estribos y dije maldito el hombre que fabricaría una armadura sin bolsillos.
Verán, llevaba el pañuelo en el casco; y algunas otras cosas; pero era esa clase de casco que uno no se puede quitar solo. No se me había ocurrido cuando lo puse ahí; de hecho, no lo sabía. Supuse que sería particularmente conveniente llevarlo allí.
Y así, ahora, el hecho de pensar que estaba ahí, tan a mano y tan cerca, y sin embargo inalcanzable, empeoraba las cosas y las hacía más difíciles de soportar. Sí, lo que uno no puede alcanzar es precisamente lo que más desea; todo el mundo lo ha notado.
Pues bien, eso apartó mi mente de todo lo demás; la apartó por completo y la concentró en mi casco; y milla tras milla, allí se quedó, imaginando el pañuelo, visualizando el pañuelo; y era amargo y exasperante que el sudor salado me goteara constantemente en los ojos y no pudiera hacer nada al respecto.
Parece una tontería sobre el papel, pero no era ninguna tontería; era la miseria en su estado más real. No lo diría si no fuera así.
Me propuse llevar un bolso de mano la próxima vez, por muy ridículo que pareciera y digera la gente lo que dijera.
Por supuesto, estos tíos de hierro de la Mesa Redonda habrían pensado que era un escándalo, y tal vez habrían armando la de San Quintín por ello, pero en lo que a mí respecta, primero la comodidad y después el estilo.
Así que fuimos avanzando trotecito a trotecito, y de vez en cuando dábamos con un trecho polvoriento, y aquello se levantaba en nubes y se me metía en la nariz y me hacía estornudar y llorar; y claro que dije cosas que no debía haber dicho, no lo niego. No soy mejor que los demás.
Parecía que no podíamos encontrarnos con nadie en esta solitaria Bretaña, ni siquiera con un ogro; y, tal como andaba de humor entonces, fue una suerte para el ogro; es decir, un ogro con pañuelo.
La mayoría de los caballeros no habrían pensado en otra cosa que en apoderarse de su armadura; pero con tal de conseguir su pañuelo, por mí se podía quedar con sus fierros.
Entre tanto, allí dentro hacía cada vez más calor. Verás, el sol estaba pegando fuerte y calentando el hierro más y más a cada momento.
Bueno, cuando uno está caliente de esa manera, cualquier pequeñez lo irrita.
- Cuando trotaba, traqueteaba como una caja de platos, y eso me molestaba;
- y además parecía no poder soportar que el escudo se ajetreara y golpeara, ora contra mi pecho, ora contra mi espalda;
- y si pasaba al paso, mis coyunturas crujían y chillaban de esa manera fastidiosa en que lo hace una carretilla, y como a ese tranco no producíamos ninguna brisa, estaba a punto de asarme en esa estufa;
- y además, cuanto más despacio ibas, más pesadamente se te venía encima el hierro y más toneladas parecías pesar a cada minuto.
Y tenías que estar cambiando de mano a cada rato, y pasando la lanza al otro pie, pues se volvía tan fastidioso que una sola mano la sostuviera mucho tiempo seguido.
Pues, ya sabes, cuando sudas de esa manera, a ríos, llega un momento en que tú—en que tú—bueno, en que te da comezón. Estás tú dentro, tus manos están fuera; así que ahí estás; no hay más que hierro de por medio. No es cosa ligera, por mucho que así suene. Primero es en un lugar; luego en otro; luego en algunos más; y sigue extendiéndose y extendiéndose, y al final el territorio está ocupado por completo, y nadie puede imaginarse cómo te sientes, ni lo desagradable que es. Y cuando llegó a lo peor, y me pareció que no podía soportar nada más, se metió una mosca por los barrotes y se posó en mi nariz, y los barrotes se habían atascado y no funcionaban, y no podía levantar la visera; y solo podía mover la cabeza, que a estas alturas estaba que ardía, y la mosca—bueno, ya sabes cómo actúa una mosca cuando tiene algo seguro—solo hizo caso del movimiento lo justo para cambiarse de la nariz al labio, y del labio a la oreja, y zumbar y zumbar por ahí dentro, y seguir posándose y picando, de un modo que una persona, ya de por sí tan angustiada como yo, simplemente no podía soportar. Así que cedí, y le pedí a Alisande que me desarmara el yelmo y me aliviara de él. Luego vació las comodidades que tenía dentro y fue a llenarlo de agua, y bebí y luego me puse de pie, y ella vació el resto por dentro de la armadura. Uno no puede imaginarse lo refrescante que fue. Siguió trayendo y vaciando hasta que quedé bien empapado y sumamente cómodo.
Era bueno descansar, y tener paz. Pero nada es perfecto del todo en esta vida, en ningún momento. Había hecho una pipa hacía un tiempo, y también un tabaco bastante bueno; no el de verdad, sino el que usan algunos indios: la corteza interior del sauce, seca. Esos consortes habían estado en el casco, y ahora los tenía otra vez, pero no tenía cerillas.
Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, un hecho fastidioso se fue abriendo paso en mi entendimiento: estábamos retenidos por el mal tiempo. Un novicio armado no puede montar a caballo sin ayuda y en abundancia. Sandy no bastaba; al menos, no me bastaba a mí. Teníamos que esperar a que alguien apareciera. Esperar, en silencio, habría sido bastante agradable, pues estaba lleno de materia de reflexión y quería darle la oportunidad de surtir efecto. Quería intentar averiguar cómo era posible que unos hombres racionales, o siquiera semirracionales, hubieran aprendido alguna vez a llevar armadura, dadas sus incomodidades; y cómo se las habían arreglado para mantener tal moda durante generaciones, cuando era evidente que lo que yo había sufrido hoy, habían tenido que sufrirlo todos los días de sus vidas. Quería pensar en eso; y además quería idear alguna manera de reformar este mal y persuadir a la gente para que dejara morir esa moda absurda, pero pensar estaba fuera de lugar en esas circunstancias. No se podía pensar con Sandy al lado.
Era una criatura bastante dócil y de buen corazón, pero tenía una verbena tan constante como un molino, que te ponía la cabeza dolorida como los carros y carretas en la ciudad. Si hubiera tenido un corcho, habría sido un consuelo. Pero a esa clase no se les puede corcho; se morirían.
Su cháchara no paraba en todo el día, y uno pensaría que tarde o temprano le pasaría algo a su maquinaria; pero no, nunca se descomponía; y jamás tenía que aflojar por falta de palabras. Podía moler, bombear, batir y zumbar durante semanas enteras, sin parar jamás para echarle aceite o soplar. Y, sin embargo, el resultado no era más que viento.
Nunca tuvo ninguna idea, ni más que la que tiene la niebla. Era una perfecta charlatana; lo digo por tanto cháchara, cháchara, cháchara, bla, bla, bla, cotorreo, cotorreo, cotorreo; pero tan buena como podía serlo.
A esa hora de la mañana no me había importado su molino, debido a tener ese avispero de otros problemas; pero más de una vez por la tarde tuve que decir:
“Tómate un descanso, hija; tal y como estás consumiendo todo el aire doméstico, al reino no le quedará más remedio que empezar a importarlo para mañana, y ya tenemos el tesoro bastante bajo de fondos como para añadir eso”.