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nydus/A Connecticut Yankee in King Arthur’s CourtPublic
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XX. El Castillo del Ogro

El castillo del ogro

Entre las seis y las nueve recorrimos diez millas, lo cual era bastante para un caballo que llevaba triple carga: hombre, mujer y armadura; luego nos detuvimos para un largo descanso al mediodía bajo unos árboles junto a un arroyo límpido.

Bien, pues vino al cabo un caballero cabalgando; y al acercarse, lanzó un gemido doliente, y por las palabras del mismo advertí que iba maldiciendo y jurando; mas, a pesar de todo, me alegré de su llegada, pues vi que portaba un tablón de anuncios en el cual, con letras de oro reluciente, estaba escrito:

“Use el cepillo de dientes profiláctico Peterson⁠—Lo último.”

Me alegró su llegada, pues ya por este detalle lo reconocí como caballero mío. Era sir Madok de la Montaine, un tipo forzudo y grandullón cuya principal distinción consistía en haber estado a un pelo de derribar a sir Launcelot por la grupa de su caballo.

Jamás pasaba mucho tiempo ante un desconocido sin hallar algún pretexto para soltar tan gran hecho. Pero había otro hecho casi de la misma magnitud, que nunca imponía a nadie sin que se lo pidiesen, aunque jamás lo ocultaba si se lo preguntaban: a saber, que la razón por la que no lo logró del todo fue que lo interrumpieron y lo mandaron a él mismo por la grupa.

Este inocente y grandullón mastuerzo no veía ninguna diferencia particular entre ambos hechos. Me caía bien, pues era diligente en su trabajo y muy valioso. Y era tan gallardo a la vista, con sus amplios hombros revestidos de cota de malla, el porte noble y leonino de su cabeza emplumada, y su gran escudo con el pintoresco emblema de una mano con guantelete que aferraba un cepillo de dientes profiláctico, con el lema: «Prueba Noyoudont».

Se trataba de un dentífrico que yo estaba introduciendo.

Estaba fatigado, dijo, y a la verdad lo parecía; pero no quiso apearse. Dijo que andaba tras el vendedor de betún para estufas; y con esto prorrumpió en maldiciones y juramentos de nuevo.

El hombre del boletín a quien se aludía era sir Ossaise de Surluse, un bravo caballero de considerable renombre debido a que en cierta ocasión se habíase medido en un torneo con nada menos que un magnate de la talla de sir Gaheris en persona⁠—aunque sin éxito. Era de complexión alegre y risueña, y para él nada en este mundo era serio.

Fue por esta razón que lo había elegido para desarrollar un sentimiento en torno al betún para estufas. Aún no había estufas, de modo que no podía haber nada serio en el betún para estufas. Todo lo que el agente necesitaba hacer era preparar al público hábilmente y de manera gradual para el gran cambio, y arraigar en él una predisposición hacia la pulcritud para cuando llegara el momento en que la estufa hiciera su aparición en escena.

Sir Madok estaba muy amargado y prorrumpió de nuevo en maldiciones. Dijo que había maldicho su alma hasta dejarla en harapos; y aun así no quería bajarse del caballo, ni tomar reposo alguno, ni escuchar ningún consuelo, hasta haber encontrado a Sir Ossaise y ajustar cuentas.

Por lo que pude reconstruir de los fragmentos no profanos de su declaración, parecía que se había topado con Sir Ossaise al alba y le habían dicho que, si tomaba un atajo a través de los campos, pantanos, colinas rotas y claros, podría interceptar a una compañía de viajeros que serían clientes inmejorables para profilácticos y colutorios.

Con su celo característico, Sir Madok se había lanzado de inmediato en su busca y, tras tres horas de horribles cabalgadas a campo traviesa, había dado alcance a su presa. ¡Y he aquí que eran los cinco patriarcas que habían sido liberados de las mazmorras la tarde anterior! Pobres ancianos, hacía por lo menos veinte años que ninguno de ellos sabía lo que era estar equipado con algún colmillo o resto de diente superviviente.

“Milrayas lo parta —dijo sir Madok—, y si no le saco brillo a estufas si logro dar con él, dejádmelo a mí; porque jamás ningún caballero que se llame Ossaise o como quiera que sea puede hacerme semejante afrenta y seguir con vida, si logro dar con él, de lo cual he jurado hoy un gran juramento al respecto”.

Y con estas y otras palabras, tomó á la ligera su lanza y se fue de allí.

A media tarde dimos con uno de esos mismos patriarcas en las afueras de un pobre pueblo. Estaba disfrutando del cariño de parientes y amigos a los que no había visto en cincuenta años; y a su alrededor, acariciándolo, había también descendientes de su propia sangre a los que nunca había visto hasta entonces; pero para él todos eran extraños, su memoria se había esfumado, su mente estaba estancada.

Parecía increíble que un hombre pudiera sobrevivir a medio siglo encerrado en un agujero oscuro como una rata, pero ahí estaban su vieja esposa y algunos viejos camaradas para dar testimonio de ello. Podían recordarlo tal como era en la frescura y la fuerza de su juventud, cuando besó a su hijo y lo entregó a los brazos de su madre para marcharse a aquel largo olvido.

La gente del castillo no sabía precisar con medio siglo de margen el tiempo que el hombre había estado encerrado allí por su delito no registrado y olvidado; pero esta vieja esposa lo sabía; y también su viejo hijo, que estaba allí entre sus hijos e hijas casados intentando asimilar a un padre que había sido para ella un nombre, un pensamiento, una imagen informe, una tradición, durante toda su vida, y que ahora de repente se materializaba en carne y hueso reales y se ponía ante su rostro.

Era una situación curiosa; sin embargo, no es por eso por lo que le he hecho un hueco aquí, sino por algo que me pareció todavía más curioso. A saber, que este asunto espantoso no provocó en este pueblo oprimido ninguna explosión de ira contra sus opresores.

Habían sido herederos y súbditos de la crueldad y la tropelía durante tanto tiempo que nada podría haberlos alterado salvo un acto de bondad.

Sí, he aquí una curiosa revelación, en verdad, de cuán hondo había sido hundido este pueblo en la esclavitud. Todo su ser se había reducido a un monótono y muerto nivel de paciencia, resignación, mudo y resignado[*nota: "uncomplaining" es sin quejas] acatamiento de lo que pudiera depararles esta vida.

Hasta su imaginación había muerto. Cuando se puede decir eso de un hombre, ha tocado fondo, supongo; no hay abismo más profundo para él.

Casi deseaba haber tomado otro camino. Esta no era la clase de experiencia con la que debía tropezar un estadista que estaba planeando una revolución pacífica en su mente. Pues era imposible evitar el inesquivable hecho de que, a pesar de toda la milonga amable y la filosofía en contrario, ningún pueblo del mundo ha conseguido jamás su libertad mediante palabrería beata y persuasión moral: siendo ley inquebrantable que toda revolución destinada a triunfar debe comenzar en sangre, sin importar lo que sirva después. Si la historia enseña algo, enseña eso. Lo que esta gente necesitaba, por tanto, era un Reinado del Terror y una guillotina, y yo era el hombre equivocado para ellos.

Dos días después, hacia el mediodía, Sandy comenzó a mostrar señales de entusiasmo y expectativa febril. Dijo que nos estábamos aproximando al castillo del ogro.

La sorpresa me causó una sacudida desagradable. El objeto de nuestra misión se había ido desvaneciendo poco a poco de mi mente; esta repentina resurrección hizo que por un momento pareciera algo muy real y sorprendente, y despertó en mí un vivo interés.

El entusiasmo de Sandy aumentaba a cada instante, y el mío también, porque esa clase de cosas es contagiosa. El corazón me empezó a latir con fuerza. No se puede razonar con el corazón; tiene sus propias leyes y late por cosas que el intelecto desdeña.

Al poco rato, cuando Sandy se deslizó del caballo, me indicó que me detuviera y avanzó furtivamente, con la cabeza casi doblada hasta las rodillas, hacia una hilera de arbustos que bordeaba un desfiladero, los latidos se volvieron más fuertes y rápidos. Y siguieron así mientras alcanzaba su escondite y echaba un vistazo al otro lado del desfiladero; y también mientras yo me arrastraba hasta su lado de rodillas.

Tenía los ojos brillantes mientras señalaba con el dedo y decía en un susurro entrecortado:

“¡El castillo! ¡El castillo! ¡He aquí cómo se alza!”

¡Qué bienvenida decepción experimenté! Dije:

“¿Castillo? No es más que una pocilga; una pocilga con una cerca de zarzo alrededor”.

Parecía sorprendida y angustiada. La vivacidad se desvaneció de su rostro; y durante muchos momentos se quedó perdida en sus pensamientos y en silencio. Luego:

—No estaba encantado en otros tiempos —dijo de manera meditativa, como para sí misma—.

«¡Y qué extraña es esta maravilla, y qué espantosa, que para la percepción de uno esté encantado y revestido de un aspecto vil y vergonzoso; mas para la percepción del otro no esté encantado, no haya sufrido cambio alguno, sino que siga en pie, firme y majestuoso, ceñido por su foso y ondeando sus banderas en el aire azul desde sus torres! Y que Dios nos ampare, ¡cómo punza el corazón volver a ver a estos graciosos cautivos, y la tristeza ahondada en sus dulces rostros! Nos hemos demorado por el camino, y somos culpables».

Vi mi oportunidad. El castillo estaba encantado para mí, no para ella. Habría sido una pérdida de tiempo intentar disuadirla de su delirio, no se podía lograr; simplemente tenía que seguirle la corriente. Así que dije:

“Este es un caso común: el encantamiento de una cosa para unos ojos que la deja en su forma propia para otros. Ya has oído hablar de ello antes, Sandy, aunque no te haya tocado experimentarlo. Pero no se hace ningún daño. De hecho, es una suerte que sea así.

Si estas damas fueran cerdas para todo el mundo y para sí mismas, sería necesario romper el encantamiento, y eso podría ser imposible si uno no lograba averiguar el proceso particular del hechizo. Y peligroso también; porque al intentar un desencantamiento sin la llave verdadera, uno se arrepiente y convierte a sus cerdas en perros, y los perros en gatos, los gatos en ratas, y así sucesivamente, terminando por reducir tus materiales a la nada al final, o a un gas inodoro que no puedes seguir, lo que, por supuesto, viene a ser lo mismo.

Pero aquí, por buena suerte, los ojos de nadie salvo los míos están bajo el encantamiento, y por lo tanto no tiene importancia disolverlo. Estas damas siguen siendo damas para ti, para sí mismas y para todos los demás; y al mismo tiempo no sufrirán en modo alguno por mi delirio, pues cuando sé que un aparente cerdo es una dama, eso me basta, sé cómo tratarla”.

—Gracias, oh, dulce señor mío, hablas como un ángel. Y sé que habrás de librarlos, por cuanto estás dispuesto a grandes hazañas y eres tan buen caballero de tus manos y tan valiente para querer y para obrar como el que más haya sobre la tierra.

—No dejaré a una princesa en la pocilga, Sandy. ¿Son aquellos tres de allí los que, ante mis ojos desorientados, son porquerizos hambrientos—

—Los ogros, ¿han cambiado también? Es de lo más maravilloso. Ahora tengo temor; porque ¿cómo puedes golpear con tiro certero cuando cinco de sus nueve codos de estatura te son invisibles? Ah, ve con cuidado, noble caballero; esta es una empresa más poderosa de lo que pensaba.

“Tranquila, Sandy. Todo lo que necesito saber es: ¿qué parte de un ogro es invisible?; así sabré cómo localizar sus órganos vitales. No tengas miedo, daré cuenta rápidamente de estos estafadores. Quédate donde estás”.

Dejé a Sandy allí arrodillada, con cara de cadáver pero valiente y esperanzada, y cabalgué hasta la pocilga, donde traté con los porqueros.

Me gané su gratitud al comprarles todos los cerdos por la suma global de dieciséis peniques, lo cual estaba bastante por encima de las últimas cotizaciones. Llegué justo a tiempo, pues la Iglesia, el señor del resto y el resto de los recaudadores de impuestos habrían aparecido al día siguiente para arrasar con casi todo el ganado, dejando a los porqueros muy cortos de cerdos y a Sandy sin princesas.

Pero ahora la gente de los impuestos podría cobrar en efectivo, y además les sobraría una ganancia.

Uno de los hombres tenía diez hijos; y contó que el año pasado, cuando un sacerdote vino y de sus diez cerdos se llevó el más gordo para los diezmos, su mujer se le abalanzó y le ofreció un niño diciendo:

“Bestia sin entrañas de misericordia, ¿por qué me dejas a mi hijo, pero me robas los medios para alimentarlo?”

Qué curioso. Lo mismo había sucedido en el Gales de mis días, bajo esta misma vieja Iglesia establecida, que muchos suponían que había cambiado de naturaleza al cambiar de disfraz.

Despedí a los tres hombres, luego abrí la puerta de la pocilga y le hice señas a Sandy para que se acercara, lo cual hizo; y no con calma, sino con la rapidez de un incendio en la pradera. Y cuando la vi arrojarse sobre aquellos cerdos, con lágrimas de alegría rodando por sus mejillas, y apretarlos contra su corazón, y besarlos, y acariciarlos, y llamarlos con reverencia por grandes nombres principescos, me sentí avergonzado de ella, avergonzado de la raza humana.

Tuvimos que llevar aquellos cerdos a casa —diez millas—; y ninguna dama fue jamás más caprichosa o impertinente. No se mantenían en ningún camino, en ningún sendero; se abrían paso por la maleza hacia todos lados y se desperdigaban en todas direcciones, sobre rocas, colinas y los terrenos más accidentados que pudieron encontrar. Y no se les debía golpear ni hablar con rudeza; Sandy no soportaba ver que los trataran de maneras indignas de su rango. A la vieja cerda más latosa del grupo había que llamarla mi Señora y vuestra Alteza, como a los demás. Es molesto y difícil corretear tras los cerdos con armadura. Había una pequeña condesa, con una argolla de hierro en el hocico y casi sin pelo en el lomo, que era el diablo en persona por su perversidad. Me dio una hora de persecución, por toda clase de terrenos, y al final terminamos justo donde habíamos empezado, sin haber avanzado ni una sola vara de terreno real. La agarré por fin de la cola y me la llevé a rastras mientras chillaba. Cuando alcancé a Sandy, estaba horrorizada y dijo que era sumamente poco delicado arrastrar a una condesa de la cola.

Llevamos los cerdos a casa justo al oscurecer; la mayoría de ellos. Faltaba la princesa Nerovens de Morganore y dos de sus damas de compañía: a saber, la señorita Angela Bohun y la Demoiselle Elaine Courtemains; la primera de estas dos era una cerdita negra con una mancha blanca en la frente, y la segunda, una de color marrón con patas delgadas y una ligera renguera en la caña delantera del lado de estribor; un par de las ampollas más fastidiosas de arrear que jamás haya visto. Entre los desaparecidos también había varias simples baronesas, y yo quería que siguieran desaparecidas; pero no, toda esa carne de salchicha tenía que ser encontrada; así que se envió a sirvientes con antorchas a peinar los bosques y las colinas con ese fin.

Por supuesto, toda la manada estaba alojada en la casa y, ¡cáspita!, bueno, jamás vi nada igual. Ni escuché jamás nada igual. Ni olí jamás nada igual. Era como una insurrección en un gasómetro.

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