La pelea del yanqui con los caballeros
De vuelta en Camelot, otra vez. Una o dos mañanas más tarde encontré el periódico, húmedo aún por la rotativa, junto a mi plato en la mesa del desayuno. Pasé a las columnas de anuncios, sabiendo que allí encontraría algo de interés personal. Decía así:
De Par Le Roi.
Sepad que el gran señor e ilus- tre Cabaeëro, Sir Sagramor el Deseaᴚo, habiéndose dignado a tenier un encuen- tro conmigo, el ministro del Rey, Hank Morgan, al cual llaman El Jefee, para satisfa- cción de ofensas antiguamente inferidas, ambos se batirán en las listas, cerca de Camelot, hacia la cuarta hora de la mañana del decimosexto día del mes venidero. La bataeëlla será à l'outrance, puesto que dicha ofensa fue de índole mortal, no admitiendo transacción ordinaria.
De Par Le ᴚoi.
La referencia editorial de Clarence a este asunto venía a ser la siguiente:
Se observará, con un vis7azo a nuestras columnas de anuncios, que la comu- nidad va a ser favorec1da con un deleite de inusual interés en lo que respecta a torneos. Los n ombres de los artistas son garantía de un buen entretenimienTo. La taquilla se abrirá al mediodía del 13; la entra- da, 3 centavos; asieTos reservados, 5; los fondos se destinarán al hospital. E1 par real y toda la Corte esta- rán presentes. A excepción de estos, la prensa y el clero, la lista de cortesías queda estricta- mente suspen¶ida. Por la presente se advier- te a los concurrentes que no compren en- tradas a los revendedores; no serán válidas en la puerta. Todo el mundo conoce y quiere al Jefe, tod_o_ el mundo conoce y quiere a Sir Sag.; vamos, démosles a los muchachos una buena des- pedida. RecuErde, lo recaudado va para una gran y libre obra benéfica, y una cuya amplia be- nevolencia extiende su mano amiga, cálida con la sangre de un corazón amo- roso, a todos los que sufren, sin importar raza, credo, condición o color—la única obra de caridad establecida hasta ahora en la tierra que no tiene llave de paso político-religiosa en su compasión, sino que dice: ¡Aquí corre el arroyo, que vengan todos a beber! ¡Aflu- ncia general, todos a una! Trae- 1 al ¡unto vuestros donas y vuestras gomitas y pasadlo bien. Habrá pastel a la ven- ta en el terreNo, y piedras para partirlo; y limonada de circo—tres gotas de jugo de lima por barril de agua. N. B. Este es el primer torneojo bajo la nueva ley, la cu4l permite a cada combatiente usar el arma que prefiera. Conviene que tome nota de ʇɐɥʇ.
Hasta el día fijado, no se habló en toda Bretaña de otra cosa que de este combate. Todos los demás temas palidecieron hasta volverse insignificantes y desaparecieron de los pensamientos y el interés de los hombres.
No era porque un torneo fuese un gran acontecimiento, no era porque sir Sagramor hubiese encontrado el Santo Grial, pues no lo había hecho, sino que había fracasado; no era porque el segundo personaje (oficial) del reino fuese uno de los duelistas; no, todos estos rasgos eran corrientes.
Sin embargo, había sobradas razones para el extraordinario interés que este combate venía suscitando.
Nacía del hecho de que toda la nación sabía que aquello no iba a ser un duelo entre meros hombres, por decirlo así, sino un duelo entre dos poderosos magos; un duelo no de músculos, sino de mente, no de destreza humana, sino de arte y artificio sobrehumanos; una lucha definitiva por la supremacía entre los dos mayores encantadores de la época.
Se comprendía que las más prodigiosas hazañas de los caballeros más renombrados no podían ser dignas de comparación con un espectáculo como aquel; no podían ser sino un juego de niños, en contraste con esta misteriosa y terrible batalla de dioses.
Sí, todo el mundo sabía que iba a ser en realidad un duelo entre Merlín y yo, una medida de sus poderes mágicos contra los míos.
Se sabía que Merlín se había pasado días y días enteros y noches enteras imbuyendo las armas y la armadura de sir Sagramor con poderes sobrenaturales de ataque y defensa, y que le había conseguido de los espíritus del aire un velo vaporoso que volvería al portador invisible para su antagonista, aunque seguiría siendo visible para los demás hombres.
Contra sir Sagramor, así armado y protegido, mil caballeros no habrían podido lograr nada; contra él ningún encantamiento conocido podía prevalecer.
Estos hechos eran ciertos; respecto a ellos no había ninguna duda, ni razón para dudar.
No había más que una pregunta: ¿podría haber aún otros encantamientos, desconocidos para Merlín, que hicieran transparente para mí el velo de sir Sagramor y volvieran su cota de malla encantada vulnerable a mis armas?
Esta era la única cuestión por decidir en las listas. Hasta entonces, el mundo debía permanecer en suspenso.
Así pues, el mundo creía que aquí había un asunto de enorme trascendencia en juego, y el mundo tenía razón, pero no era el que tenían en mente. No, uno mucho mayor pendía de la suerte de este dado: la vida de la caballería andante. Yo era un campeón, era verdad, pero no el campeón de las frívolas artes oscuras; yo era el campeón del duro y poco sentimental sentido común y de la razón. Entraba en la lista de los torneos para destruir la caballería andante o ser su víctima.
Por inmensos que fuesen los terrenos de la feria, a las diez de la mañana del día 16 no quedaba en ellos ni un solo espacio libre fuera de las liza.
La gigantesca tribuna estaba revestida de banderas, banderines y ricos tapices, y abarrotada de varios acres de reyes tributarios de poca monta, sus séquitos y la aristocracia británica; con nuestra propia pandilla real en el lugar principal, y todos y cada uno de los individuos convertido en un prisma parpadeante de sedas y terciopelos llamativos; bueno, jamás vi nada que pudiera compararse con aquello, salvo un combate entre una puesta de sol del alto Misisipi y la aurora boreal.
El enorme campamento de tiendas abanderadas y de alegres colores en un extremo de las listas, con un centinela bien erguido en cada puerta y un brillante escudo colgado junto a él para el desafío, era otro espectáculo magnífico.
Como ven, allí estaba todo caballero que tuviera alguna ambición o algún sentido de casta; pues mi opinión sobre su orden no era ningún secreto, y así que esta era su oportunidad. Si ganaba mi combate contra sir Sagramor, otros tendrían derecho a retarme mientras yo estuviese dispuesto a responder.
Allí en nuestro extremo no había más que dos tiendas; una para mí, y otra para mis criados.
A la hora señalada el rey hizo una señal, y los heraldos, con sus tabardos, aparecieron y proclamaron los nombres de los combatientes y el motivo de la disputa.
Hubo una pausa, luego un vibrante toque de clarín, que era la señal para que saliéramos. Toda la multitud contuvo el aliento, y una ávida curiosidad brilló en todos los rostros.
Salió de su tienda el gran sir Sagramor, una imponente torre de hierro, majestuosa y rígida, con su enorme lanza erguida en el arcial y aferrada por su fuerte mano, el rostro y el pecho de su magnífico corcel acorazados en acero, su cuerpo cubierto de ricos arreos que casi arrastraban por el suelo—oh, una estampa de lo más noble.
Se elevó un gran grito de bienvenida y admiración.
Y entonces salí. Pero no obtuve ninguna exclamación. Hubo un silencio dubitativo y elocuente por un momento, luego una gran ola de risas comenzó a barrer aquel mar humano, pero un toque de clarín de advertencia truncó su curso. Yo iba con el más sencillo y cómodo de los trajes de gimnasta —mallas color carne desde el cuello hasta los talones, con abullonados de seda azul en las ingles— y con la cabeza descubierta. Mi caballo no superaba el tamaño mediano, pero era vivaz, de extremidades esbeltas, musculado con muelles de reloj y un auténtico galgo para correr. Era una preciosidad, brillante como la seda y tan desnudo como cuando nació, a excepción de la brida y la silla vaquera.
La torre de hierro y la espléndida colcha vinieron dando pesada pero graciosamente piruetas por las listas, y nosotros corrimos ligeros a su encuentro. Nos detuvimos; la torre saludó, yo respondí; luego dimos la vuelta y cabalgamos hombro con hombro hasta la tribuna principal, nos situamos frente a nuestro rey y nuestra reina, y les hicimos una reverencia. La reina exclamó:
«¡Válgame, señor jefe, vas a luchar desnudo, y sin lanza ni espada o...»
Pero el rey la detuvo y le dio a entender, con un par de frases cortas y educadas, que aquello no era asunto suyo.
Las trompetas volvieron a sonar; y nos separamos, cabalgamos hacia los extremos de la liza y tomamos posiciones. En eso, el viejo Merlín hizo su aparición y tejió una delicada red de hilos de gasa sobre sir Sagramor, lo cual lo convirtió en el fantasma de Hamlet; el rey hizo una señal, las trompetas tocaron, sir Sagramor empuñó su gran lanza y al instante siguiente ahí venía, atronando la pista con su velo ondeando a sus espaldas, mientras yo surcaba el aire silbando como una flecha para salir a su encuentro —afinando el oído al mismo tiempo, como si notara la posición y el progreso del caballero invisible por el sonido y no por la vista.
Un coro de gritos de aliento estalló para él, y una voz valiente lanzó una palabra de ánimo para mí: dijo:
“¡Tú puedes, largirucho!”
Era una apuesta segura que Clarence había conseguido aquel favor para mí, y proporcionado el lenguaje también. Cuando aquella formidable punta de lanza estuvo a vara y media de mi pecho, aparté a mi caballo sin esfuerzo, y el gran caballero pasó de largo, fallando el golpe por completo. Me llevé muchos aplausos esta vez. Dimos la vuelta, tomamos impulso, y allá fuimos de nuevo. Otro fallo para el caballero, un rugido de aplausos para mí. Esto mismo se repitió una vez más; y provocó tal torbellino de aplausos que sir Sagramor perdió los estribos, cambió de táctica al instante y se propuso como tarea acorralarme.
Pues no tenía la menor oportunidad en el mundo; aquello era un juego de las prendas, con toda la ventaja de mi lado; me apartaba de su camino con facilidad siempre que quería, y una vez le di una palmada en la espalda al pasar hacia la retaguardia.
Finalmente tomé la persecución en mis propias manos; y a partir de entonces, por mucho que girara, diera vueltas o hiciera lo que quisiese, jamás pudo volver a ponerse detrás de mí; se encontraba siempre al frente al terminar su maniobra.
Así que abandonó ese asunto y se retiró a su extremo de la liza.
Se le había ido por completo el genio, y perdiendo los estribos me lanzó un insulto que acabó con el mío. Deslicé mi lazo del arzón de la silla y agarré la madeja con la mano derecha. ¡Había que haberle visto venir esta vez!—era un viaje de negocios, desde luego; por su forma de marchar traía malas intenciones. Yo estaba sentado a caballo muy tranquilo, haciendo girar el gran lazo de mi soga en amplios círculos sobre mi cabeza; en cuanto se puso en marcha, fui hacia él; cuando la distancia entre ambos se redujo a cuarenta pies, envié las serpenteantes espirales de la cuerda a surcar el aire, luego me aparté a un lado, me volví y detuve a mi entrenado animal con las cuatro patas firmemente apoyadas en el suelo para soportar el tirón. ¡Al instante siguiente la cuerda se tendió con fuerza y sacó a sir Sagramor de la silla de un tirón! ¡Santo Dios, qué conmoción causó!
Sin duda, lo popular en este mundo es la novedad. Aquella gente nunca antes había visto nada de ese asunto de vaqueros, y los cautivó por completo de puro entusiasmo. Desde todas partes y por todos lados se elevó el grito:
“¡Otra! ¡otra!”
Me preguntaba de dónde habrían sacado la palabra, pero no había tiempo para andarse con divagaciones filológicas, porque todo el panal de la caballería andante era ahora un hervidero y mis perspectivas de negocio no podían ser mejores. En cuanto me soltaron el lazo y ayudaron a sir Sagramor a llegar a su tienda, recogí la cuerda floja, tomé posiciones y comencé a voltear el lazo alrededor de mi cabeza de nuevo. Estaba seguro de que me serviría tan pronto como pudieran elegir un sucesor para sir Sagramor, y eso no podía tardar mucho habiendo tantos candidatos hambrientos. En efecto, eligieron a uno de inmediato: sir Hervis de Revel.
¡Bzz! Ahí venía, hecho un demonio; lo esquivé: pasó como un rayo, con mis rizos de crin acomodándose alrededor de su cuello; un segundo más tarde, ¡fst!, su silla quedó vacía.
Conseguí otro bis; y otro, y otro, y aún otro más. Cuando hube sacado de combate a cinco hombres mediante el lazo, la situación empezó a parecer seria para los acorazados, así que se detuvieron y consultaron entre ellos. Como resultado, decidieron que era hora de prescindir de la etiqueta y enviar contra mí a su mejor y más grande adalid. Para asombro de aquel mundillo, enlacé a Sir Lamorak de Galis, y después de él a Sir Galahad. ¡Así que ya veis que ahora no había absolutamente nada que hacer, sino jugar su carta maestra—sacar a relucir al más soberbio de los soberbios, al más poderoso de los poderosos, al gran Sir Launcelot en persona!
¿Un momento de orgullo para mí? Ya lo creo. Allá estaba Arturo, rey de Bretaña; allá estaba Ginebra; sí, y enteras tribus de pequeños reyes provinciales y reyezuelos; y en el campamento de tiendas de campaña, renombrados caballeros de muchas tierras; y asimismo el cuerpo más selecto conocido por la caballería, los Caballeros de la Tabla Redonda, los más ilustres de la cristiandad; y el hecho más grande de todos, el sol mismo de su brillante sistema estaba allí agazapado con la lanza en ristre, el punto focal de cuarenta mil ojos adoradores; y yo, enteramente solo, aquí estaba aguardándolo. Por mi mente cruzó la entrañable imagen de cierta operadora de West Hartford, y deseé que pudiera verme ahora. En ese momento, se vino abajo el Invencible, con la furia de un torbellino —el mundo cortesano se puso en pie y se inclinó hacia adelante—, los fatídicos anillos surcaron el aire en círculos, y antes de que pudieras pestañear ¡yo arrastraba a sir Lancelot por el campo de espaldas, y le tiraba besos con la mano a la tormenta de pañuelos ondeantes y al trueno de aplausos que me saludaba!
—Me dije a mí mismo, mientras enrollaba mi lazo y lo colgaba en el arbolito de la silla, y me sentía allí borracho de gloria—: «La victoria es perfecta; ningún otro se atreverá contra mí; la caballería andante ha muerto».
¡Imagínense ahora mi asombro —y el de todos los demás también— al oír la peculiar llamada de clarín que anuncia que otro competidor está a punto de entrar en las listas! Había un misterio aquí; no podía explicarme aquello.
A continuación, noté que Merlín se escurría de mi lado; ¡y entonces me di cuenta de que mi lazo había desaparecido! El viejo experto en juegos de manos lo había robado, sin duda, y se lo había metido bajo la túnica.
El clarín volvió a sonar. Miré, y allá venía Sagramor cabalgando de nuevo, con el polvo sacudido y el velo cuidadosamente arreglado. Troté a su encuentro y fingí encontrarlo por el sonido de los cascos de su caballo. Él dijo:
—¡Tienes buen oído, pero eso no te salvará de esto! —y se tocó la empuñadura de su gran espada—. Si no sois capaces de verla, debido a la influencia del velo, sabed que no es una lanza aparatosa, sino una espada... y creo que no podréis esquivarla.
Tenía la visera levantada; había muerte en su sonrisa. Jamás lograría esquivar su espada, eso era evidente. Alguien iba a morir esta vez. Si se adelantaba, ya sabía quién sería el cadáver. Cabalgamos juntos hacia adelante y saludamos a la realeza. Esta vez el rey estaba inquieto. Dijo:
“¿Dónde está tu extraña arma?”
—Es robado, majestad.
“¿Tienes otra a mano?”
“No, majestad, solo traje uno”.
Entonces Merlín intervino:
«No trajo más que una porque no había más que una que traer. No existe otra más que esa. Pertenece al rey de los Demonios del Mar. Este hombre es un impostor y un ignorante, pues de otro modo habría sabido que esa arma solo puede usarse en ocho combates, y luego se desvanece y regresa a su hogar bajo el mar».
—Pues bien, va desarmado —dijo el rey—. Sir Sagramore, le concederéis permiso para pedir prestado.
—¡Y yo le prestaré! —dijo sir Lancelot, acercándose cojeando—. Es tan valiente caballero de sus manos como cualquier otro que haya con vida, y él tendrá el mío.
Puso la mano en su espada para desenvainarla, pero sir Sagramor dijo:
“Detente, eso no puede ser. Él luchará con sus propias armas; era su privilegio elegirlas y traerlas. Si se ha equivocado, que caiga sobre su cabeza”.
—¡Caballero! —dijo el rey—. Estás abrumado por la pasión; esto perturba tu mente. ¿Matarías a un hombre desarmado?
—Si lo hace, tendrá que habérselas conmigo —dijo sir Lancelot.
—¡Se lo responderé a cualquiera que lo desee! —replicó con calidez sir Sagramor.
Merlín intervino, frotándose las manos y con su sonrisa más baja y ruin de satisfacción maliciosa:
«¡Bien dicho, muy bien dicho! Y ya es bastante parlamentar, que mi señor el rey dé la señal de batalla».
El rey tuvo que ceder. La corneta promulgó la orden, nos separamos y cabalgamos hacia nuestros puestos. Allí nos quedamos, a cien yardas de distancia, frente a frente, rígidos e inmóviles, como estatuas ecuestres. Y así permanecimos, en un silencio profundo, al menos un minuto entero, todo el mundo mirando, nadie moviéndose.
Parecía como si el rey no se decidiera a dar la señal. Pero por fin levantó la mano, le siguió la nota clara de la corneta, la larga hoja de sir Sagramor trazó una curva brillante en el aire y era magnífico verlo venir. Me quedé quieto. Allá venía. No me moví.
La gente se entusiasmó tanto que me gritaba:
“¡Huye, huye! ¡Sálvate! ¡Esto es un asesinato!”
Jamás me moví ni un solo centímetro hasta que aquella aparición atronadora estuvo a menos de quince pasos de mí; entonces saqué de un manotazo un revólver de dragón de la cartuchera, hubo un destello y un estruendo, y el revólver volvió a estar en la cartuchera antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo que había pasado.
He aquí que pasaba un caballo sin jinete a galope tendido, y allá yacía sir Sagramor, totalmente muerto.
La gente que corrió hacia él se quedó mudo de asombro al descubrir que la vida se le había escapado en verdad al hombre y ninguna razón era visible de ello, ni daño alguno sobre su cuerpo, nada parecido a una herida.
Había un agujero en el pecho de su cota de malla, pero no le concedieron importancia a una minucia semejante; y como una herida de bala en ese lugar produce muy poca sangre, no apareció ninguna a la vista debido a la ropa y los ropajes bajo la armadura.
Arrastraron el cuerpo para que el rey y los aristócratas pudieran contemplarlo desde arriba. Estaban estupefactos de asombro, como era natural. Se me pidió que fuera a explicar el milagro. Pero me quedé plantado en el sitio, como una estatua, y dije:
—Si es una orden, iré, pero mi señor el rey sabe que estoy donde las leyes del combate exigen que permanezca mientras exista cualquier deseo de marchar contra mí.
Esperé. Nadie replicó. Entonces dije:
“Si hay alguien que dude de que este campo ha sido bien y justamente ganado, no espero a que me desafien, los desafío yo”.
—Es una noble oferta —dijo el rey—, y os sienta muy bien. ¿A quién nombraréis primero?
“¡A ninguno nombro, a todos desafío! ¡Aquí estoy, y reto a la caballería de Inglaterra a que venga contra mí, no en duelo singular, sino en masa!”
—¡Cómo! —gritaron una veintena de caballeros.
“Habéis oído el desafío. ¡Aceptadlo, o os declaro caballeros cobardes y vencidos, a todos y cada uno!”
Era un “farol”, ya sabes. En un momento así, lo más sensato es poner cara de valiente y jugar tu mano por cien veces lo que vale; cuarenta y nueve veces de cada cincuenta nadie se atreve a “ver” la apuesta, y te llevas las fichas. ¡Pero justo esta vez—bueno, la cosa pintaba fea! En un abrir y cerrar de ojos, quinientos caballeros se metieron en sus sillas de montar, y antes de que pudieras pestañear una desparramada caballada se puso en marcha y cargó al galope contra mí. Saqué las dos pistolas de las cartucheras y empecé a calcular distancias y medir probabilidades.
¡Pum! Una silla vacía. ¡Pum! Otra. ¡Pum, pum!, y abatí a dos. Bueno, nos jugábamos el todo por el todo, y lo sabía. Si gastaba el undécimo disparo sin convencer a esta gente, el duodécimo hombre me mataría, sin duda. Y por eso nunca me sentí tan feliz como cuando mi novena bala derribó a su hombre y percibí en la multitud la vacilación que presagia el pánico. Un instante perdido ahora podría arruinar mi última oportunidad. Pero no lo perdí. Levanté ambos revólveres y los apunté; la hueste detenida se mantuvo firme apenas durante un buen momento decisivo, y luego rompió filas y huyó.
El día era mío. La caballería andante era una institución condenada al fracaso. La marcha de la civilización había comenzado. ¿Cómo me sentía? Ah, jamás podrías imaginarlo.
¿Y el hermano Merlín? Sus acciones volvían a estar por los suelos. De algún modo, cada vez que la magia de zarandajas medía sus fuerzas con la magia de la ciencia, la magia de zarandajas salía perdiendo.