Un examen de oposición
Cuando el rey viajaba para cambiar de aires, o hacía un viaje oficial, o visitaba a un noble distante al que deseaba arruinar con el costo de su manutención, parte de la administración se mudaba con él. Era una costumbre de la época.
La Comisión encargada de examinar a los candidatos para puestos en el ejército vino con el rey al Valle, a pesar de que podrían haber tramitado sus asuntos igual de bien en casa. Y aunque esta expedición era estrictamente una excursión de placer para el rey, mantuvo algunas de sus funciones oficiales en marcha de todos modos. Tocó para curar la escrófula, como de costumbre; celebró audiencia en la puerta al salir el sol y juzgó casos, pues él mismo era el juez presidente del Tribunal del Rey.
Destacó notablemente en este último cargo. Fue un juez prudente y humano, y es evidente que hizo su sincero y más justo esfuerzo—según sus luces. Esa es una gran salvedad. Sus luces—me refiero a su crianza—a menudo tiñeron sus decisiones.
Siempre que había un pleito entre un noble o caballero y una persona de clase inferior, las inclinaciones y simpatías del rey estaban siempre del lado de la primera clase, lo sospechara o no. Era imposible que fuera de otro modo. Los efectos embotadores de la esclavitud sobre las percepciones morales del esclavista son conocidos y admitidos en todo el mundo; y una clase privilegiada, una aristocracia, no es más que una banda de esclavistas con otro nombre. Esto suena duro, y sin embargo no debería ofender a nadie —ni siquiera al noble mismo— a menos que el hecho en sí sea ofensivo: pues la afirmación simplemente formula un hecho. El rasgo repulsivo de la esclavitud es la cosa misma, no su nombre.
Basta con oír hablar a un aristócrata de las clases que están por debajo de él para reconocer —y en medida apenas indiferentemente modificada— el aire mismo y el tono del esclavista real; y detrás de estos se encuentran el espíritu del esclavista, la sensibilidad embotada del esclavista. Son el resultado de la misma causa en ambos casos: la vieja y arraigada costumbre del poseedor de considerarse a sí mismo como un ser superior.
Los juicios del rey cometían injusticias frecuentes, pero no era más que culpa de su educación, de sus simpatías naturales e inalterables. Estaba tan poco preparado para un puesto de juez como lo estaría la madre promedio para el puesto de distribuidora de leche a los niños hambrientos en época de carestía; sus propios hijos saldrían un poco mejor parados que los demás.
Un caso muy curioso llegó ante el rey. Una joven, huérfana y dueña de una considerable hacienda, se casó con un buen mozo que no tenía nada. Los bienes de la muchacha se hallaban dentro de un señorío perteneciente a la Iglesia. El obispo de la diócesis, un arrogante vástago de la alta nobleza, reclamaba las propiedades de la joven bajo el pretexto de que se había casado en secreto, defraudando así a la Iglesia en uno de sus derechos como señora del feudo: el anteriormente mencionado le droit du seigneur. La pena por negarse o eludirlo era la confiscación. La defensa de la joven se basaba en que el señorío recaía en el obispo, y el derecho particular aquí implicado no era transferible, sino que debía ser ejercido por el propio señor o quedaba anulado; y que una ley más antigua, de la propia Iglesia, prohibía estrictamente al obispo ejercerlo. Era un caso verdaderamente extraño.
Me recordó a algo que había leído en mi juventud sobre el ingenioso modo en que los concejales de la ciudad de Londres reunieron el dinero con el que se construyó la Mansion House.
Una persona que no hubiera tomado el sacramento según el rito anglicano no podía presentarse como candidato a sheriff de Londres. Por lo tanto, los disidentes no eran elegibles; no podían postularse si se lo pedían, ni podían ejercer si resultaban elegidos.
Los concejales, que sin duda alguna eran yanquis disfrazados, idearon este ingenioso ardid: aprobaron una ordenanza municipal que imponía una multa de 400 libras a cualquiera que se negara a ser candidato a sheriff, y una multa de 600 libras a toda persona que, tras haber sido elegida sheriff, se negara a ejercer.
Luego se pusieron manos a la obra y eligieron a un montón de disidentes, uno tras otro, y siguieron así hasta recaudar 15.000 libras en multas; y ahí sigue en pie la imponente Mansion House hasta el día de hoy, para recordarle al ciudadano sonrojado una época ya pasada y añorada en la que una banda de yanquis se coló en Londres y jugó a clase de cosas que le han valido a su raza una reputación única y turbia entre todos los pueblos verdaderamente buenos y santos que hay sobre la Tierra.
El caso de la muchacha me pareció sólido; el del obispo era igual de sólido. No veía cómo iba a salir el rey de este atolladero. Pero salió. Adjunto su decisión:
“En verdad hallo poca dificultad aquí, siendo el asunto, por su simpleza, cosa de niños. Si la joven novia hubiera dado aviso, como por deber estaba obligada, a su señor feudal, legítimo amo y protector, el obispo, no habría sufrido pérdida alguna, pues dicho obispo habría podido obtener una dispensa que lo hiciera apto, por conveniencia temporal, para el ejercicio de su citado derecho, y así habría conservado ella cuanto tenía.
Mas, al faltar a su primer deber, por esa falta ha fallado en todo; pues quien, aferrándose a una cuerda, la corta por encima de sus manos, ha de caer; sin que sirva de defensa alegar que el resto de la cuerda está sano, ni de salvación ante su peligro, como habrá de comprobar. Por cierto, el caso de la mujer está podrido en su raíz.
Es fallo de este tribunal que ella confiscada deje en manos de dicho señor obispo todas sus haciendas, hasta el último maravedí que posee, y sea además condenada al pago de las costas.
¡Siguiente!”
He aquí el trágico final de una hermosa luna de miel que aún no cumplía tres meses.
¡Pobres jóvenes criaturas! Habían vivido estos tres meses sumergidos hasta los labios en comodidades mundanas.
Estas ropas y baratijas que llevaban puestas eran tan finas y delicadas como el margen más audaz de las leyes suntuarias permitía a las personas de su clase; y con estas bonitas ropas, ella llorando sobre su hombro y él tratando de consolarla con palabras esperanzadoras puestas al ritmo de la música de la desesperación, salieron del tribunal hacia el mundo sin hogar, sin cama, sin pan; vaya, los mismos mendigos de los caminos no eran tan pobres como ellos.
Bueno, el rey había salido del hoyo; y en condiciones satisfactorias para la Iglesia y el resto de la aristocracia, sin duda.
Los hombres escriben muchos argumentos buenos y plausibles en apoyo de la monarquía, pero el hecho es que donde cada hombre en un Estado tiene un voto, las leyes brutales son imposibles.
La gente de Arturo era, por supuesto, un material pobre para una república, porque habían estado degradados durante tanto tiempo por la monarquía; y, sin embargo, incluso ellos habrían sido lo suficientemente inteligentes como para acabar rápidamente con esa ley que el rey acababa de administrar si se hubiera sometido a su voto pleno y libre.
Hay una frase que se ha vuelto tan común en boca del mundo que ha llegado a parecer que tiene sentido y significado —el sentido y el significado implícitos cuando se usa—; es la frase que se refiere a tal o cual nación como posiblemente «capaz de gobernarse a sí misma»; y el sentido implícito de esta es que ha habido una nación en alguna parte, en algún momento u otro, que no era capaz de hacerlo, que no era tan capaz de gobernarse a sí misma como lo eran o lo serian ciertos especialistas autoproclamados para gobernarla.
Las mentes maestras de todas las naciones, en todas las épocas, han brotado en multitud opulenta de la masa de la nación, y solo de la masa de la nación —no de sus clases privilegiadas—; y así, sin importar cuál fuera el nivel intelectual de la nación, ya fuera alto o bajo, la mayor parte de su talento se hallaba en las largas filas de sus anónimos y sus pobres, por lo que jamás llegó el día en que no dispusiera de material en abundancia para gobernarse a sí misma. Lo que equivale a afirmar un hecho siempre demostrado por sí mismo: que incluso la monarquía mejor gobernada, más libre y más esclarecida se halla todavía por debajo de la mejor condición alcanzable por su pueblo; y que lo mismo es aplicable a los gobiernos afines de categorías inferiores, descendiendo en picada hasta la más baja.
El rey Arturo había apresurado el asunto del ejército mucho más allá de mis cálculos. No había supuesto que se movería en el asunto mientras yo estuviera ausente; y así no había trazado un plan para determinar los méritos de los oficiales; solo había comentado que sería prudente someter a cada candidato a un examen riguroso y exhaustivo; y en privado pretendía armar una lista de calificaciones militares que nadie pudiera cumplir salvo mis muchachos de West Point. De eso se habría debido encargar antes de que me fuera; pues el rey estaba tan encandilado con la idea de un ejército permanente que no pudo esperar, sino que tuvo que ponerse a ello de inmediato y armar un plan de examen tan bueno como pudo inventar por su cuenta.
Ardía en impaciencia por ver qué era aquello; y por mostrar también cuán superior era el que yo presentaría al Tribunal Examinador.
Se lo insinué, con sutileza, al rey, y eso encendió su curiosidad.
Cuando el Tribunal estuvo reunido, le seguí; y detrás de nosotros venían los candidatos. Uno de estos candidatos era un brillante joven alumno mío de West Point, y con él venían un par de mis profesores de West Point.
Cuando vi la Junta, no sabía si llorar o reír. ¡El jefe de ella era el oficial conocido por los siglos posteriores como Norroy Rey de Armas! Los otros dos miembros eran jefes de oficinas en su departamento; y los tres eran sacerdotes, por supuesto; todos los funcionarios que tenían que saber leer y escribir eran sacerdotes.
Mi candidato fue llamado primero, por cortesía hacia mí, y el presidente del tribunal lo abordó con oficial solemnidad:
¿Nombre?
“Mal-estar.”
“¿Hijo de?”
“Webster.”
“Webster—Webster. M’m—mi—la memoria me falla para recordar el nombre. ¿Condición?”
“Tejedora.”
“¡Tejedor!—¡Dios nos guarde!”
El rey quedó estupefacto, desde su cúspide hasta sus cimientos; un amanuense se desmayó, y los demás estuvieron a punto de hacer lo mismo. El presidente se recomponte, y dijo con indignación:
“Es suficiente. Vete de aquí.”
Pero apelué al rey. Le supliqué que examinara a mi candidato. El rey estuvo dispuesto, pero la Junta, que era toda de gente noble, le suplicó al rey que los librara de la indignidad de examinar al hijo del tejedor. Sabía que de todos modos no sabían lo suficiente como para examinarlo, así que uní mis ruegos a los de ellos y el rey le cedió la tarea a mis profesores.
Había mandado preparar una pizarra, la colgaron ahora mismo, y comenzó el circo.
Era hermoso oír al muchacho exponer la ciencia de la guerra, y revolcarse en los detalles de batalla y sitio, de abastecimiento, transporte, minas y contraminas, grandes tácticas, gran estrategia y pequeña estrategia, servicio de señales, infantería, caballería, artillería, y todo acerca de cañones de sitio, cañones de campaña, ametralladoras Gatling, cañones rayados, ánimas lisas, práctica de mosquete, práctica de revólver—y ni una sola palabra de todo aquello podían entender estos peces gato ni por asomo, ya se comprende— y era un primor verle trazar con tiza en la pizarra unas pesadillas matemáticas que dejarían perplejos a los mismos ángeles, y hacerlo como si nada, además—todo sobre eclipses, y cometas, y solsticios, y constelaciones, y tiempo medio, y tiempo sidéreo, y hora de comer, y hora de acostarse, y cualquier otra cosa imaginable sobre las nubes o bajo ellas con la que pudieras hostigar o atosigar a un enemigo y hacerle desear no haber venido— y cuando el muchacho hizo su saludo militar y se hizo a un lado por fin, yo estaba lo bastante orgulloso como para abrazarlo, y toda esa otra gente estaba tan atónita que parecía en parte petrificada, en parte borracha, y por completo pillada in fraganti y sepultada bajo la nieve.
Juzgué que el pastel era nuestro, y por amplia mayoría.
La educación es algo maravilloso.
Este era el mismo joven que había llegado a West Point tan ignorante que, cuando le pregunté: «Si a un oficial general le matan el caballo debajo de él en el campo de batalla, ¿qué debe hacer?», respondió con toda la ingenuidad del mundo:
“Levantarse y cepillarse.”
Uno de los jóvenes nobles fue llamado en ese momento. Pensé en interrogarlo un poco yo mismo. Dije:
“¿Sabe leer su señoría?”
Su rostro se encendió de indignación y me soltó esto:
«¿Me tomas por un escribano? Creo que no soy de una sangre que...»
“¡Responde a la pregunta!”
Reprimió su ira como pudo y se las arregló para contestar: «No».
“¿Sabes escribir?”
Él quería resentirse de esto también, pero yo dije:
“Se limitará usted a las preguntas y no hará ningún comentario. No está aquí para airear su sangre ni sus gracias, y no se le permitirá nada por el estilo. ¿Sabe escribir?”
“No.”
“¿Te sabes la tabla de multiplicar?”
—No sé a qué os referís.
“¿Cuánto es nueve por seis?”
“Es un misterio que se me oculta debido a que la emergencia que requiere su comprensión no ha ocurrido en mis días de vida, y así, al no tener ninguna necesidad de saber esta cosa, permanezco desprovisto de tal conocimiento.”
“Si A le cambia a B un barril de cebollas, valuadas en dos peniques el bushel, por una oveja valuada en cuatro peniques y un perro valuado en un penique, y C mata al perro antes de la entrega por haber sido mordido por este, que lo confundió con D, ¿qué suma se le sigue debiendo a A por parte de B, y cuál de las partes paga por el perro, C o D, y quién se queda con el dinero? Si es A, ¿el penique es suficiente, o puede reclamar daños y perjuicios en forma de dinero adicional que represente el posible beneficio que podría haberse derivado del perro, y clasificable como incremento devengado, es decir, usufructo?”
“En verdad, en la sapientísima e inescrutable providencia de Dios, que obra de maneras misteriosas para realizar sus maravillas, jamás he oído cosa igual a esta pregunta para confusión de la mente y congestión de los conductos del pensamiento. Por lo cual os ruego que dejéis que el perro y las cebollas y esta gente de nombres extraños e impíos labren su propia salvación de sus penosas y maravillosas dificultades sin mi ayuda, pues en verdad su problema ya es bastante grave tal como está, mientras que si intentara ayudar solo dañaría más su causa y tal vez ni siquiera viviría para ver la desolación causada”.
“¿Qué sabes de las leyes de la atracción y la gravitación?”
“Si los hubiere, tal vez su gracia el rey los promulgó mientras yo yacía enfermo a principios de año y por ende no oí su pregón”.
—¿Qué sabe usted de la ciencia de la óptica?
“Conozco a gobernadores de provincias, y senescales de castillos, y alguaciles de condados, y a otros muchos cargos pequeños y títulos de honor semejantes, pero de ese al que llamáis Ciencia de la Óptica no había oído hablar antes; tal vez se trate de una nueva dignidad”.
—Sí, en este país.
¡Imagínate a este molusco solicitando solemnemente un cargo oficial, ¡de cualquier tipo bajo el sol! Vaya, tenía todas las trazas de un copista a máquina, si prescindes de la propensión a aportar correcciones no invitadas a tu gramática y puntuación.
Era inexplicable que no intentara brindar un poco de ayuda de esa índole a partir de su majestuosa reserva de incapacidad para el puesto. Pero eso no demostraba que no llevara dentro la madera para tal disposición, solo probaba que aún no era un copista a máquina.
Tras hostigarlo un poco más, solté a los profesores sobre él, quienes lo descosieron por completo bajo las reglas de la guerra científica y lo hallaron vacío, por supuesto. Sabía algo sobre la guerra de la época —andarse por las ramas a la caza de ogros, corridas de toros en la liza del torneo y cosas por el estilo—, pero por lo demás estaba vacío e inservible.
Luego tomamos cartas en el asunto con el otro joven noble, que era el gemelo del primero en cuanto a ignorancia e incapacidad. Se los entregué al presidente de la Junta con la tranquila certeza de que su pan se había vuelto masa. Fueron examinados siguiendo el orden de precedencia anterior.
—¿Nombre, si le place?
“Pertipole, hijo de sir Pertipole, barón de Barley Mash”.
“¿Abuelo?”
“También sir Pertipole, barón de Puré de Cebada”.
“¿Bisabuelo?”
“El mismo nombre y título.”
“¿Tatarabuelo?”
“No tuvimos ninguno, ilustre señor, pues el linaje se extinguió antes de remontarse tanto en el tiempo”.
“No importa. Es de buenas a primeras cuatro generaciones, y cumple con los requisitos de la regla.”
—¿Qué regla cumple? —pregunté.
“La regla que exige cuatro generaciones de nobleza o de lo contrario el candidato no es elegible”.
“¿Un hombre que no puede aspirar a un grado de teniente en el ejército a menos que pueda demostrar cuatro generaciones de noble descendencia?”
“Así es; ni el teniente ni ningún otro oficial pueden recibir su cargo sin ese requisito.”
“Vaya, vamos, esto es algo asombroso. ¿De qué sirve una cualificación semejante?”
—¿De qué sirve? Es una pregunta difícil, noble señor y Jefe, puesto que llega al extremo de impugnar la sabiduría incluso de nuestra propia santa Madre Iglesia.
—¿Cómo es eso?
“Pues ella ha establecido la misma regla respecto a los santos. Por su ley, ninguno puede ser canonizado hasta que haya yacido muerto cuatro generaciones”.
—Ya veo, ya veo; es lo mismo. Es maravilloso. En un caso, un hombre yace medio muerto durante cuatro generaciones —momificado en la ignorancia y la desidia—, y eso lo capacita para mandar sobre gente viva y tomar su bienestar y su desgracia en sus impotentes manos; y en el otro, un hombre yace acostado con la muerte y los gusanos durante cuatro generaciones, y eso lo capacita para un cargo en el campamento celestial. ¿Aprueba la gracia del rey esta extraña ley?
El rey dijo:
“Pues bien, la verdad es que no veo nada extraño en ello. Todos los puestos de honor y de provecho pertenecen, por derecho natural, a aquellos que son de sangre noble, y así estas dignidades en el ejército son de su propiedad y lo serían sin esta ni ninguna otra regla.
La regla no es más que para fijar un límite. Su propósito es mantener fuera a la sangre demasiado reciente, la cual traería el desprecio sobre estos cargos, y los hombres de elevado linaje volverían la espalda y desdeñarían tomarlos.
Culpable sería yo si permitiera esta calamidad. Vos podéis permitirla si tal es vuestra intención, pues tenéis la autoridad delegada, mas que el rey lo hiciese sería una locura de lo más extraña e incomprensible para cualquiera”.
“Me rindo. Adelante, señor rey de armas del Colegio Heráldico”.
El presidente continuó de la siguiente manera:
—¿Mediante qué ilustre hazaña en honor del Trono y del Estado se elevó el fundador de vuestra gran estirpe a la sagrada dignidad de la nobleza británica?
“Él construyó una cervecería.”
«Señor, la Junta considera que este candidato cumple a la perfección con todos los requisitos y cualificaciones para el mando militar, y deja su caso abierto para una decisión tras el debido examen de su competidor».
El competidor se presentó y demostró por sí mismo exactamente cuatro generaciones de nobleza. Así que hasta ahí había un empate en cuanto a títulos militares.
Se hizo a un lado un momento, y sir Pertipole fue interrogado más a fondo:
—¿De qué condición era la esposa del fundador de vuestro linaje?
«Pertenecía a la más alta hidalguía terrateniente, mas no era noble; era graciosa, pura y caritativa, de vida y carácter intachables, a tal punto que, en estos aspectos, era la igual de la mejor dama del reino».
“Ya basta. Retírate”.
Volvió a llamar al noble rival y le preguntó: «¿Cuál era el rango y la condición de la bisabuela que otorgó la nobleza británica a vuestra ilustre casa?».
“She was a king’s leman and did climb to that splendid eminence by her own unholpen merit from the sewer where she was born.”
“Ah, esta, en verdad, es la verdadera nobleza, esta es la correcta y perfecta amalgama. El puesto de teniente es vuestro, noble señor. No lo tengáis en poco; es el humilde peldaño que os conducirá a grandezas más dignas del esplendor de un linaje semejante al vuestro.”
Me encontraba en el abismo sin fondo de la humillación. ¡Me había prometido un triunfo fácil y que rozaría el cenit, y este era el resultado!
Casi me daba vergüenza mirar a los ojos a mi pobre y decepcionado cadete.
Le dije que se fuera a casa y tuviera paciencia, que aquello no era el fin.
Tuve una audiencia privada con el rey y le hice una propuesta. Le dije que era muy correcto poner al frente de aquel regimiento a oficiales de la nobleza, y que no podría haber hecho cosa más sabia.
También sería una buena idea añadirle quinientos oficiales; de hecho, añadir tantos oficiales como nobles y parientes de nobles hubiera en el país, aunque al final hubiera cinco veces más oficiales que soldados rasos en él; y convertirlo así en el regimiento de élite, el regimiento envidiado, el regimiento del Rey, con derecho a luchar por su cuenta y a su manera, y a ir adonde quisiera y venir cuando le pluguiera, en tiempos de guerra, y ser sumamente distinguido e independiente. Esto haría de aquel regimiento el deseo más ferviente de toda la nobleza, y todos quedarían satisfechos y felices.
Luego formaríamos el resto del ejército permanente con materiales corrientes, y pondríamos al frente a don nadie, como correspondía—don nadie seleccionados sobre la base de la mera eficiencia—, y haríamos que este regimiento cumpliera estrictamente las reglas, sin permitirle ninguna libertad aristocrática de restricciones, y lo obligaríamos a hacer todo el trabajo y la lucha constante, de modo que cada vez que el Regimiento del Rey estuviera cansado y quisiera marcharse en busca de un cambio, registrar por ahí entre los ogros y pasárselo bien, pudiera irse sin inquietud, sabiendo que los asuntos quedaban en buenas manos a su retaguardia y que el negocio continuaría en el viejo establecimiento, exactamente igual que de costumbre.
El rey quedó encantado con la idea.
Cuando me di cuenta de aquello, me sugirió una valiosa idea. Me pareció ver por fin el modo de salir de una vieja y pertinaz dificultad. Verán, los parientes de la estirpe de Pendragon eran de vida larga y muy prolíficos. Siempre que nacía un niño en alguna de estas familias —y ocurría bastante a menudo—, había una alegría desaforada en los labios de la nación y una pena piadosa en su corazón. La alegría era dudosa, pero el dolor era sincero. Porque el acontecimiento significaba otra solicitud de subsidio real. Larga era la lista de estos miembros de la realeza, y constituían una carga pesada y en constante aumento para el tesoro, además de una amenaza para la corona. Sin embargo, Arturo no podía creer este último hecho, y no quería escuchar ninguno de mis diversos proyectos para sustituir los subsidios reales por otra cosa. Si lo hubiera convencido de que de vez en habría costeado el sustento de uno de estos vástagos lejanos de su propio bolsillo, habría podido armar un gran revuelo al respecto, y eso habría tenido un buen efecto en el país; pero no, no quería ni oír hablar de tal cosa. Tenía una especie de pasión religiosa por el subsidio real; parecía considerarlo una especie de botín sagrado, y no se le podía irritar de ninguna manera tan rápida y segura como atacando esa venerable institución. Si me atrevía a insinuar con cautela que no había otra familia respetable en Inglaterra que se humillara hasta el punto de pedir limosna—, en fin, hasta ahí llegaba siempre; él me cortaba en seco en ese punto, y de manera tajante, además.
Pero creí ver mi oportunidad por fin. Formaría este regimiento de élite exclusivamente con oficiales, sin un solo soldado raso. La mitad se compondría de nobles, que ocuparían todos los puestos hasta el de Mayor General, y servirían gratis y pagando sus propios gastos; y estarían encantados de hacerlo al enterarse de que el resto del regimiento consistiría exclusivamente en príncipes de sangre real. Estos príncipes de sangre oscilarían en rango desde Teniente General hasta Mariscal de Campo, y recibirían suntuosos sueldos, equipamiento y manutención por parte del estado. Además —y este fue el golpe maestro—, se decretaría que a estos grandes príncipes se les dirigiera siempre la palabra con un título deslumbrantemente vistoso e imponente (que inventaría próximamente), y que ellos y solo ellos en toda Inglaterra fueran llamados así. Por último, todos los príncipes de sangre tendrían libre elección: unirse a ese regimiento, obtener ese gran título y renunciar a la asignación real, o quedarse fuera y recibir una asignación. El toque más elegante de todos: los príncipes de sangre aún no nacidos pero inminentes podrían nacer dentro del regimiento y empezar con buen pie, con un buen sueldo y un puesto permanente, previo aviso de los padres.
Todos los muchachos se unirían, de eso estaba seguro; por lo tanto, todas las concesiones existentes serían renunciadas; que los recién nacidos se unirían siempre era igualmente seguro.
En el plazo de sesenta días, aquella pintoresca y extraña anomalía, la Concesión Real, dejaría de ser un hecho vivo y pasaría a ocupar su lugar entre las curiosidades del pasado.