Beowulf busca al dragón—Los recuerdos de Beowulf
Él planeó la venganza por la ruina del caudillo en días posteriores, convirtiéndose en enemigo de Eadgils el desdichado. El hijo de Ohthere entonces marchó con hueste por las anchas corrientes con guerreros y armas: con gélidos viajes de pena luego lo vengó, le quitó la vida al rey.
Así salió ileso de todas sus batallas, luchas peligrosas, el vástago de Ecgtheow, de sus audaces hazañas, hasta aquel día tan trascendental en que, empujado por el hado, marchó a luchar con el dragón.
Con once compañeros el príncipe de los gautas marchó lleno de furia a encarar al dragón de fuego: indagando había sabido cómo surgió la enemistad, el odio a sus héroes; el vaso de gemas muy famoso llegó a su custodia por mano del delator.
Aquel que en la turba era el décimo tercero de los héroes, causante del inicio de un conflicto tan amargo, cautivo y desdichado, con ánimo sombrío desde entonces debió señalar el lugar: marchó entonces sin ganas hacia el sitio donde conocía la cueva notable, la gruta bajo tierra, no lejos del océano, de la furia de los remolinos, que dentro estaba llena de joyas y filigranas; un guardián misterioso, guerrero armado, custodiaba el tesoro, viejo bajo la tierra; no era posesión fácil para ningún hijo de la tierra lograr acceder a ella.
Entonces el pródigo en valor, el atelingo, se sentó en el saliente del cabo, mientras el amigo de oro de los gautas saludaba benigno a sus compañeros de hogar: afligido estaba su espíritu, vaticinador de la muerte, vacilante; el Hado muy cerca de él, el cual tenía que apresar al viejo héroe, buscar su tesoro anímico, arrancando apartada su vida de su cuerpo: no por mucho tiempo estuvo oculta en la carne el alma del caudillo.
Habló Beowulf, hijo de Ecgtheow: «Superé en mis días de juventud no pocos combates, horas de asalto: todo eso lo recuerdo. Yo tenía siete inviernos cuando el príncipe de las joyas me acogió, alto señor de héroes, de manos de mi padre; Hrethel, el rey heroico, me tuvo a su cuidado, me dio tesoros y banquetes, acordándose de nuestro parentesco; no fui jamás para él menos querido, hombre de armas en los burgos, que los vástagos de su hogar, Herebald y Haethcyn y mi Hygelac».
Al mayor injustamente por actos de un pariente le fue tendido el lecho de muerte, pues a él Hæthcyn con su arco de cuervo, a su soberano protector, le disparó con una flecha, erró su blanco e hirió a su pariente, un hermano al otro, con lanza rociada de sangre: fue una lucha sin indemnización, terminada en malicia, triste para su espíritu; el príncipe del pueblo, sin embargo, tuvo que partir de la existencia sin venganza tomada.
Así para el héroe de blancos cabellos es dura la carga de ver a su hijo cabalgar siendo joven hacia la horca: entona entonces cantos, un canto de duelo, cuando su hijo cuelga para deleite del cuervo, y él, anciano y canoso, no puede ofrecerle ninguna ayuda.
Cada mañana la partida de su procreación se evoca constante: no le importa aguardar el nacimiento de un heredero en los muros de su burgo, puesto que aquel, por el dolor de la muerte, ha sufrido los hechos.
Contempla acongojado en la casa de su hijo el vino deshecho, los parajes expuestos al viento despojados de su estruendo; los jinetes duermen, los caballeros en la tumba; no hay son de la madera del arpa, alegría en los patios, cual antaño eran familiares.