CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 126 de 137
Table of Contents

CAPÍTULO I. Introducción

En el capítulo sobre la esencia y el objeto de la guerra trazamos, en cierta medida, su concepción general y señalamos sus relaciones con las circunstancias circundantes, para comenzar con una idea fundamental sólida. Echamos allí una ojeada a las múltiples dificultades con que tropieza el espíritu en la consideración de este tema, mientras posponíamos un examen más detenido de las mismas y nos deteníamos en la conclusión de que el derrocamiento del enemigo, y en consecuencia la destrucción de su fuerza combatiente, es el objeto principal de toda la acción de la guerra.

Esto nos puso en situación de mostrar en el capítulo siguiente que el medio de que se sirve el acto de la guerra es el combate únicamente. De este modo, creemos haber obtenido desde el principio un punto de vista correcto.

Habiendo examinado ya una a una todas las principales relaciones y formas que aparecen en la acción militar, pero que son extrañas al combate o se encuentran fuera de este, con el fin de determinar con mayor precisión su valor, en parte por la naturaleza de las cosas, en parte por las lecciones de la experiencia que la historia militar ofrece, de purificarlas y desarraigar de ellas aquellas ideas vagas y ambiguas que por lo general se mezclan con ellas, y también de poner de relieve el verdadero objeto del acto de la guerra, la destrucción de la fuerza combatiente del enemigo como el objetivo primordial que universalmente le pertenece; volvemos ahora a la Guerra en su conjunto, puesto que nos proponemos hablar del Plan de Guerra y de las campañas; y ello nos obliga a retornar a las ideas de nuestro primer libro

En estos capítulos, que van a tratar toda la cuestión, se contiene la estrategia, propiamente dicha, en sus rasgos más abarcadores e importantes.

Entramos en esta parte más íntima de su dominio, donde todos los demás hilos se encuentran, no sin cierto grado de timidez, la cual, por cierto, está más que justificada

Si, por un lado, vemos cuán sumamente sencillas parecen las operaciones de la guerra; si oímos y leemos cómo los más grandes generales hablan de ella, de la manera más llana y breve, cómo el gobierno y la gestión de esta máquina pesada, con sus cien mil miembros, se trata en sus labios como si solo hablaran de sus propias personas, de modo que todo el tremendo acto de la guerra se individualiza en una especie de duelo; si hallamos también los motivos de su acción vinculados a veces con unas pocas ideas sencillas, a veces con cierta exaltación de los sentimientos; si vemos la manera fácil, segura, podríamos decir incluso ligera, en que tratan el asunto y vemos ahora, por otro lado, el inmenso número de circunstancias que se presentan a la consideración de la mente; las largas, a menudo indefinidas distancias hacia las que se extienden los hilos del asunto y la cantidad de combinaciones que se anteponen a nosotros; si reflexionamos que es deber de la teoría abarcar todo esto sistemáticamente, es decir, con claridad y plenitud, y remitir siempre la acción a la necesidad de una causa suficiente, nos sobrevienen entonces un temor abrumador de ser arrastrados hacia un dogmatismo pedante, de arrastrarnos por las regiones inferiores de pesadas y absortas concepciones, donde jamás encontraremos a ningún gran capitán con su coup d'œil natural. Si el resultado de un intento de teoría ha de ser de esta clase, habría sido igual, o más bien, habría sido mejor no haber hecho el intento; eso solo podría acarrearle a la teoría el desprecio del genio, y el intento mismo pronto sería olvidado. Y, por otra parte, este coup d'œil fácil del general, este sencillo arte de formarse nociones, esta personificación de toda la acción de la guerra, es tan completa y absolutamente el alma del método correcto de conducir la guerra, que solo a través de este camino amplio es posible concebir esa libertad de espíritu que resulta indispensable si ha de dominarse a los acontecimientos, y no ser dominado por ellos.

Con algo de temor avanzamos de nuevo; solo podemos hacerlo siguiendo el camino que nos hemos trazado desde el principio.

La teoría debe arrojar una luz clara sobre la masa de objetos, para que la mente pueda orientarse más fácilmente; la teoría debe arrancar las malas hierbas que el error ha sembrado a manos llenas; debe mostrar las relaciones de las cosas entre sí, separar lo importante de lo trivial.

Donde las ideas se resuelven espontáneamente en un núcleo de Verdad tal como el que se llama Principio, donde por sí mismas se mantienen en una línea que forma una regla, la teoría debe indicarlo

Sea lo que fuere lo que la mente aprehende, los rayos de luz que en ella se despiertan mediante esta exploración entre las nociones fundamentales de las cosas, esa es la ayuda que la Teoría le presta a la mente.

La Teoría no puede dar fórmulas con las cuales resolver problemas; no puede confinar el curso de la mente a la estrecha línea de la necesidad por medio de Principios establecidos a ambos lados. Le permite a la mente echar un vistazo a la masa de objetos y a sus relaciones, y luego le concede la libertad de ascender a las regiones superiores de la acción, para actuar allí según la medida de sus fuerzas naturales, con la energía de todas esas fuerzas combinadas, y aprehender lo Verdadero y lo Correcto, como una sola idea clara que, brotando de bajo la presión unida de todas estas fuerzas, parecería ser más un producto del sentimiento que de la reflexión.

126