de la posteridad solo lo confieren, por lo general, a aquellas mentes que han brillado en el rango más alto, el de Comandantes en Jefe. La razón es que aquí, de hecho, la exigencia de las facultades de razonamiento e intelectuales en general es mucho mayor.
Para conducir una guerra entera, o sus grandes actos, que llamamos campañas, hacia un término exitoso, debe haber un conocimiento íntimo de la política de Estado en sus relaciones superiores. La conducción de la guerra y la política del Estado coinciden aquí, y el general se convierte al mismo tiempo en estadista.
No le damos a Carlos XII el nombre de gran genio, porque no pudo subordinar el poder de su espada a un juicio y a una filosofía superiores; no pudo alcanzar por medio de ella un objeto glorioso.
No le damos ese título a Enrique IV (de Francia), porque no vivió lo suficiente como para estabilizar las relaciones entre los diferentes Estados mediante su actividad militar, ni para ocuparse en ese campo superior donde los sentimientos nobles y la disposición caballeresca tienen menos que ver con dominar al enemigo que con superar la disensión interna.