Ahora bien, si los refuerzos que llegan son solo de una fuerza relativa, es decir, si no bastan por sí solos para medirse con el enemigo, difícilmente cabe esperar un resultado favorable de este segundo combate; pero si son tan fuertes que pueden emprender el segundo combate sin tener en cuenta el primero, entonces podrán, mediante un desenlace favorable, compensar o incluso superar al primer combate, pero nunca hacer que este desaparezca por completo de la cuenta.
En la batalla de Kunersdorf,(*) Federico el Grande en el primer asalto arrolló la izquierda de la posición rusa y capturó setenta piezas de artillería; al final de la batalla ambas cosas se perdieron de nuevo, y todo el resultado del primer combate fue borrado de la cuenta.
De haber sido posible detenerse en el primer éxito y posponer la segunda parte de la batalla para el día siguiente, entonces, incluso si el rey la hubiera perdido, las ventajas del primero habrían servido siempre de compensación frente a la segunda.
Pero cuando una batalla que se desarrolla de manera desfavorable es detenida y revertida antes de su conclusión, su resultado negativo de nuestro lado no solo desaparece de la cuenta, sino que se convierte también en el cimiento de una victoria mayor. Si, por ejemplo, nos figuramos exactamente el curso táctico de la batalla, podremos ver fácilmente que, hasta que esta concluye definitivamente, todos los éxitos en los combates parciales son solo decisiones en suspenso, las cuales, mediante la decisión principal, no solo pueden ser destruidas, sino transformadas en su opuesto. Cuanto más hayan sufrido nuestras fuerzas, más habrá gastado el enemigo por su lado; tanto mayor será, por lo tanto, la crisis para el enemigo, y más se hará notar la superioridad de nuestras tropas de refresco.