Por ejemplo, si la disposición de las tropas se hace meramente para descansar, una en la que no se espera una batalla, entonces predominan las condiciones de la marcha, y estas condiciones son principalmente la elección de caminos buenos y muy transitados.
Teniendo presente esta diferencia, elegimos un camino en un caso debido a los cuarteles y al terreno de acampada; en el otro, tomamos los cuarteles y los campamentos tal como son, debido al camino.
Cuando se espera una batalla, y todo depende de que alcancemos un punto determinado con una masa de tropas, entonces no debemos reparar en llegar a ese punto incluso por los peores caminos vecinales, si es necesario; si, por el contrario, nos encontramos aún en viaje hacia el teatro de la guerra, se eligen entonces los grandes caminos más cercanos para las columnas, y buscamos los mejores alojamientos y campamentos que se puedan conseguir cerca de ellos.
Ya sea que la marcha sea de un tipo o del otro, si existe la posibilidad de un combate, esto es, dentro de todo el ámbito de la guerra real, es una regla invariable en el arte militar moderno organizar las columnas de modo que la masa de tropas que compone cada columna sea apta por sí misma para entablar un combate independiente.
Esta condición se satisface mediante la combinación de las tres armas, una subdivisión organizada del conjunto y el nombramiento de un comandante competente.
Las marchas han sido, por lo tanto, la causa principal del nuevo orden de batalla, y son las que más se benefician de él.
Cuando a mediados del siglo pasado, especialmente en el teatro de operaciones en el que Federico II participó, los generales empezaron a considerar el movimiento como un principio inherente al combate, y a pensar en obtener la victoria mediante el efecto de movimientos