Es verdad que en el momento de abandonar una posición peligrosa se han observado a menudo formalidades baladíes que causaron una pérdida de tiempo y, por tanto, resultaron peligrosas, mientras que en tales casos todo depende de salir del lugar con rapidez. Los generales experimentados consideran esta máxima muy importante.
Pero tales casos no deben confundirse con una retirada general tras una batalla perdida. Quien entonces piense en ganar ventaja mediante unas pocas marchas rápidas y recuperar así más fácilmente una posición firme, comete un gran error. Los primeros movimientos deben ser tan pequeños como sea posible, y es una máxima general no dejarse dictar las acciones por el enemigo.
Esta máxima no puede seguirse sin librar combates sangrientos con el enemigo pisándonos los talones, pero la ganancia bien vale el sacrificio; sin ella entramos en un ritmo acelerado que pronto se convierte en una huida precipitada y cuesta, tan solo en rezagados, más hombres que los combates de retaguardia, además de extinguir los últimos vestigios del espíritu de resistencia.
Una fuerte retaguardia compuesta de tropas escogidas, mandada por el general más valiente y apoyada por todo el ejército en los momentos críticos, un uso esmerado del terreno, fuertes emboscadas siempre que la audacia de la vanguardia enemiga y el terreno ofrezcan la oportunidad; en resumen, la preparación y el sistema de pequeños combates regulares: tales son los medios para seguir este principio.
Las dificultades de una retirada son naturalmente mayores o menores según se haya librado la batalla en circunstancias más o menos favorables, y según haya sido más o menos obstinadamente disputada. Las batallas de Jena y de La Belle-Alliance muestran cuán imposible puede llegar a ser cualquier intento de retirada ordenada si se agota hasta al último hombre frente a un enemigo poderoso.