como puntos que dominan el país. Era natural que este punto de vista se amalgamara con otro muy estrechamente vinculado a él, el de una defensa sistemática de las montañas, y que el asunto fuera así empujado aún más hacia los dominios de lo ilusorio; a lo cual se sumó que muchos elementos tácticos relacionados con la defensa de las montañas entraron en juego, y así la idea del punto más alto del camino fue pronto abandonada, sustituyéndola por el punto más alto de todo el sistema montañoso en general, es decir, el punto del divisor de aguas, como la clave del país.
Por aquel entonces, es decir, en la segunda mitad del siglo pasado, empezaron a cobrar boga ideas más precisas sobre las formas que la acción de las aguas imprime a la superficie terrestre; de este modo, las ciencias naturales echaron una mano a la teoría de la guerra a través de este sistema geológico, con lo que se rompieron todas las barreras de la verdad práctica y el razonamiento flotó a la deriva en el sistema ilusorio de la analogía geológica.
Como consecuencia de esto, hacia finales del siglo XVIII no se oía, o más bien no se leía, hablar de otra cosa que de las fuentes del Rin y del Danubio. Es verdad que esta plaga imperaba principalmente en los libros, pues solo una pequeña parte de la sabiduría libresca llega jamás al mundo real, y cuanto más absurda es una teoría, menos se realiza en la práctica; pero esto de lo que ahora hablamos no ha estado exento de consecuencias perjudiciales para Alemania en sus efectos prácticos, por lo que no estamos luchando contra un molino de viento, en prueba de lo cual citaremos dos ejemplos:
- primero, las importantes pero muy científicas campañas del ejército prusiano en 1793 y 1794 en los Vosgos, cuya clave teórica se encuentra en las obras de Gravert y Massenbach;
- segundo, la campaña de 1814, cuando, bajo el principio de esa misma teoría, un ejército de 200.000 hombres se dejó llevar de las narices a través de Suiza hasta el llamado mesetón de Langres.