No dudo de que habrá muchos lectores que consideren superflua esta cuidadosa separación de dos cosas tan estrechamente vinculadas como la táctica y la estrategia, dado que no tiene un efecto directo sobre la conducción misma de la guerra. Admitimos, ciertamente, que sería una pedantería buscar efectos directos sobre el campo de batalla a partir de una distinción teórica.
Pero la primera tarea de toda teoría es aclarar los conceptos e ideas que se han mezclado y, por decirlo así, enredado y confundido; y sólo cuando se establece un entendimiento correcto en cuanto a nombres y conceptos, podemos esperar progresar con claridad y facilidad, y tener la certeza de que autor y lector verán siempre las cosas desde el mismo punto de vista.
La táctica y la estrategia son dos actividades que se interpenetran mutuamente en el tiempo y en el espacio, siendo al mismo tiempo actividades esencialmente diferentes cuyas leyes internas y relaciones mutuas no pueden ser comprendidas en absoluto por la mente hasta que no se establezca una concepción clara de la naturaleza de cada una de ellas.
Aquel para quien todo esto no es nada, debe o bien repudiar toda consideración teórica, o bien su entendimiento aún no ha sufrido a causa de las ideas confusas y desconcertantes que no se apoyan en ningún punto de vista fijo, que no conducen a ningún resultado satisfactorio, a veces áridas, a veces fantásticas, a veces flotando en vagas generalidades, que a menudo nos vemos obligados a escuchar y leer sobre la conducción de la Guerra, debido a que el espíritu de la investigación científica apenas se ha dirigido hasta ahora a estos temas.